Pérdida de productividad
Muchas veces me refiero a la pérdida de productividad cuando hablo sobre las consecuencias de ciertas enfermedades. Obviamente, cuando una persona está en el hospital no puede realizar su trabajo y, por lo tanto, deja de generar ingresos. Sin embargo, la definición es más compleja y la pérdida de productividad se presenta también en otras circunstancias.
En primer lugar, cuando un trabajador está ausente, causa retrasos en la producción o en las ventas y la empresa experimenta una disminución en su rendimiento. También se produce pérdida de productividad cuando un empleado acude al trabajo enfermo. Después de todo, con un dolor de cabeza u otra molestia, es difícil desempeñarse con la misma dedicación y eficiencia que una persona sana.
Otro aspecto que suele incluirse en las estimaciones es el costo del cuidador secundario. Cuando un miembro de la familia está enfermo, dedicamos tiempo a atenderlo y reducimos nuestras horas de trabajo. En algunos casos, esto implica tomar días libres adicionales; en otros, incluso abandonar temporal o definitivamente el empleo.
El caso más evidente de pérdida de productividad es la muerte prematura. Toda persona genera, de alguna forma, valor productivo a lo largo de su vida, por lo que, si fallece antes de tiempo, esa contribución se interrumpe.
Una vez identificado el problema, es necesario estimar su valor monetario. Para ello se puede utilizar, por ejemplo, el Producto Interno Bruto (PIB) per cápita o el salario medio. En el caso de una muerte prematura, surge una cuestión adicional: ¿debemos considerar todos los años de vida perdidos? Desde la perspectiva individual, sí; desde la perspectiva empresarial, no necesariamente. Al fin y al cabo, la empresa buscará un reemplazo, y el tiempo que tarde en encontrarlo y ponerlo al día dependerá del perfil del puesto: a veces serán unas pocas semanas y, en otros casos, varios meses. Durante todo ese tiempo, la pérdida de productividad es inevitable.
Ahora bien, las enfermedades no son la única causa. Existen otras situaciones que también impiden que las personas trabajen, como los atascos de tráfico, los bloqueos o las largas filas en trámites y servicios.
En resumen, la productividad es fundamental tanto para la economía de un país como para el bienestar de las familias. Si una persona no puede trabajar por una razón que puede prevenirse, es responsabilidad de toda la sociedad —y, en especial, de sus gobiernos— analizar cómo mejorar y reducir estas pérdidas.


