Los mitos de la violencia hacia las mujeres

Hay varios. El primero, tiene que ver con el lugar más inseguro para las mujeres, cualquiera sea su edad y condición socioeconómica; el segundo, identificar como causa el consumo de alcohol o drogas y, el tercero, que la violencia se circunscribe únicamente a la agresión física o violación...

Hay varios. El primero, tiene que ver con el lugar más inseguro para las mujeres, cualquiera sea su edad y condición socioeconómica; el segundo, identificar como causa el consumo de alcohol o drogas y, el tercero, que la violencia se circunscribe únicamente a la agresión física o violación sexual.

El lugar más inseguro para las mujeres es su propia casa. Un abrumador porcentaje de hechos violentos suceden ahí y, más grave aún, a cargo de hombres que tienen alguna relación con las mujeres. En Estados Unidos, por ejemplo, 8 de cada 10 casos de violación, son perpetrados por personas que conocen a la víctima.

Hablamos, en realidad, de agresiones sexuales que, por lo general, van acompañadas de otras violencias físicas y sicológicas. Los medios no informan sobre la violencia sexual de pareja que, según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud, varía entre un 10 y un 50 por ciento en la mayoría de los países y el tema, por lo tanto, pasa desapercibido como un hecho de violencia o peor todavía, la sociedad no lo considera como un hecho violento en contra de las mujeres.

Todos los organismos y organizaciones dedicadas al estudio de este flagelo de la humanidad señalan, sin excepciones, que es muy preocupante la edad en que niñas son forzadas sexualmente por estas situaciones que, obviamente, se agravan en áreas de conflicto por guerras, migraciones masivas y otros fenómenos sociales de estos tiempos. Un promedio del 28% en niñas y el 14% en niños, según la OMS.

En Bolivia, los medios dedican espacio a la información de violaciones sexuales pero, lamentablemente, no van más allá de la descripción, cada vez más explícita, de la violación; casi ninguno indaga ni sobre las causas y menos sobre las otras formas de violencia que sufren las mujeres y sobre los que hay numerosos estudios y estadísticas alarmantes.

El segundo mito que hay que desvirtuar es que el consumo de alcohol y drogas es una causa para la violencia. Definitivamente no lo es. Es un detonante pero no una causa. Es probable que, bajo los efectos de ellos, los violentos consideren que su superioridad está garantizada y actúen en consecuencia, pero las violaciones y agresiones no se producen porque el sujeto está borracho o drogado.

El tercero, es que las violaciones sexuales, tan difundidas en sus distintas formas (las ‘manadas’ por ejemplo), son las únicas formas de violencia contra las mujeres. Nada más alejado de la verdad.

Un listado pavoroso y sobrecogedor de estas violencias incluye: trata y tráfico de mujeres, especialmente niñas; explotación sexual comercial; feminicidios; embarazos no deseados; matrimonio infantil precoz y forzado; mutilación genital femenina y servicios domésticos no remunerados, entre otros. Profundizar en cada uno de ellos, solo arroja más espeluznantes estadísticas que nos llevan a cuestionarnos sobre las razones que producen semejantes horrores.

La trata y tráfico de personas es el negocio más lucrativo después de armas y narcotráfico. Según la OIT, en 2019 más de 21 millones de personas se encuentran en esa condición. De esa cantidad, que duplica el número de habitantes de Bolivia, más de 10 millones de niños y niñas son explotados sexualmente. La socióloga Ximena Machicao señala que es un negocio “tan lucrativo, porque a diferencia de las armas y las drogas, solo es necesario lavar el cuerpo para volverlo a usar”.

El tema de embarazos no deseados tampoco es menor ni es uno que tiene que ver solo con mujeres o con las violencias que los generan. Es un problema de salud pública y debiera ser abordado como tal. Generan abortos inseguros con las consecuencias de muertes o impedimentos de por vida. No es un tema de mujeres; es un tema de salud pública y lo estamos abordando con debates éticos y morales que no hacen otra cosa que ocultar las cifras y datos de esta lacerante realidad.

200 millones de mujeres, veinte veces la población de Bolivia, han sufrido la práctica, supuestamente cultural, de la mutilación genital femenina en 30 países. Y no es cuestión de países africanos, hay en América Latina, comunidades que la practican como una “costumbre ancestral”.

Los servicios sin remuneración también son formas de violencia. Las mujeres, se ven en la obligación de ejercer tareas que contribuyen no solo al bienestar de las familias sino al Producto Interno Bruto del país y no tienen reconocimiento ni pago. Importantes investigadoras feministas han comenzado a abordar el tema como “economía del cuidado” y a ponerle los datos que hacen al aporte silencioso, invisible de las mujeres en los hogares.

El origen de todas estas violencias – y otras no mencionadas – está en prácticas culturales aprendidas en los siglos de evolución humana. Ninguna es innata y no tiene que ver en absoluto con la diferencia de sexo sino con los roles que asignamos a hombres y mujeres y que, a lo largo de los años, hemos ido asumiendo como naturales. No son naturales. No son legítimas. Se reproducen como supuestas construcciones sociales bajo un régimen de poder masculino que es, en realidad, lo que hay que cuestionar. De eso se trata el género. De contar con una herramienta de análisis que explique y, lleve a la acción de cambio, por qué se producen estas violencias, discriminaciones y desigualdades. De nada vale conocerlas. Hay que comprender sus causas y cambiarlas.

 

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