A “salto de mata”

Las calles se constituían en los espacios en las que los niños y jóvenes se reunían para compartir juegos y amores… sin prisa y sin sustos. A tal extremo llegaba la confianza en los otros, que gran parte de las casas tenían en su “puerta de calle”, un orificio por donde salía una...

Las calles se constituían en los espacios en las que los niños y jóvenes se reunían para compartir juegos y amores… sin prisa y sin sustos. A tal extremo llegaba la confianza en los otros, que gran parte de las casas tenían en su “puerta de calle”, un orificio por donde salía una “pita” (cordón/hilo) que atada a la chapa permitía a cualquiera, con solo jalarla, ingresar sin mayor trámite a la casa del vecino. Pero como nada es inmutable en la vida, Tarija cambió. La ciudad creció sin ninguna planificación, la población se incrementó, se acrecentaron las desigualdades sociales y se empezaron a formar importantes conglomerados de personas que conviven, cotidianamente, con carencias elementales que afectan su calidad de vida y generan un sentimiento de exclusión social y desapego. Está ampliamente demostrado que existe una directa correlación entre la inequidad económica y social, y la incidencia de violencia letal. Las altas tasas de desempleo juvenil, la debilidad crónica de las instituciones de seguridad y justicia y la urbanización no regulada, son los factores considerados “claves” para el desarrollo de la violencia y el crimen.Los problemas que actualmente confrontamos en la capital tarijeña son diversos y entre ellos, ha surgido con bastante fuerza, la inseguridad ciudadana. Todos los días nos enteramos de casos de robos, atracos, heridas por armas blancas, uso de armas de fuego y un largo etcétera que ha cobrado la vida de no pocas personas. A la par que la violencia y el delito aumentan en la ciudad también crece, peligrosamente, la indiferencia de quienes la habitamos; pareciera que nos hemos acostumbrado a estos hechos. Mientras no nos toque o no toque a uno de los nuestros, preferimos mirar al costado y hacer de cuenta que nada pasó. Estamos perdiendo la capacidad de conmovernos; la pasividad y la indiferencia, lastimosamente, están pasando a ser una característica de la población tarijeña.Si bien hay múltiples causas que pueden explicar, aunque no justificar, el aumento de la violencia y el delito en nuestro medio, es importante destacar que existen también razones relacionadas con la falta de respuesta adecuada por parte de las instituciones llamadas por ley a tomar cartas en el asunto. Su incapacidad para abordar de manera integral esta lacra se vuelve contra ellas erosionando su imagen y credibilidad y lo que es peor, las vuelve parte del problema.Lo cierto es que hay mucho por hacer para controlar la violencia y la inseguridad en Tarija, cada institución desde su ámbito. Y hay también múltiples experiencias exitosas en el mundo de las que hay que aprender. Alumbrado público en toda la ciudad, de preferencia con luz blanca. Mayor patrullaje en las calles. Mantenimiento adecuado de las plazas, parques y espacios públicos. Más control al consumo de bebidas alcohólicas en las calles. Supervisión permanente de los bares y cantinas. Son algunas de las recomendaciones que se dan para los alcaldes que quieren trabajar por la seguridad de sus ciudadanos, tengan o no policías bajo su mando. El buen funcionamiento de los servicios de mantenimiento urbano de luminarias y parques importa igual o más que policías armados y patrulleros con alta tecnología, según la experiencia colombiana.Contar con información actualizada y confiable sobre los hechos delictivos y criminales es otro de los aspectos recomendados para implementar programas focalizados que nos garanticen que van a dar resultados. La improvisación, en éste como en todos los ámbitos de la gestión pública, no hace más que malgastar los escasos recursos con los que se cuenta sin disminuir ni un ápice la inseguridad ciudadana.¡Tomar acciones ahora! ¡Aprender de las experiencias exitosas! No esperar a que la situación sea insostenible y no consolarnos con que Tarija todavía no tiene los niveles de criminalidad de otras ciudades latinoamericanas, deberían ser algunas de las  premisas que pongan a las autoridades a trabajar y a la población a no dejarse engatusar con el cuento de que “cada uno se tiene que cuidar”.Tener la posibilidad de vivir sin miedos es también un ¡derecho humano fundamental!


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