El discurso de odio en las redes sociales
La diferencia es que en los medios la premisa es comprobar lo dicho antes de publicarlo y no insultar a nadie.En las redes sociales, esto tiene una lógica distinta. Pues todos los días encontramos a alguien que falla –de eso se trata al vivir- y todos nos sumamos al regocijo grupal que nos...
La diferencia es que en los medios la premisa es comprobar lo dicho antes de publicarlo y no insultar a nadie.En las redes sociales, esto tiene una lógica distinta. Pues todos los días encontramos a alguien que falla –de eso se trata al vivir- y todos nos sumamos al regocijo grupal que nos proporciona el vapuleo público. Un día tras otro.Es cierto que las redes sociales son parte de la contingencia diaria. Temas como el aborto, la migración o las medidas del Gobierno se prestan para discusiones entre usuarios de Facebook, Twitter e Instagram que, por lo general, no se conocen entre sí. Empero, aunque estos espacios son entendidos como un medio de difusión de información, también están las discusiones en donde se pueden encontrar todo tipos de comentarios, prejuicios y críticas, que evidencian el enojo de la gente y en muchos casos el “odio”.No obstante, hay un problema con la educación pero, sobre todo, con la mala educación. Y es que el tema de los insultos es caso aparte. Hay muchas personas que no saben que injuriar es un delito y que amenazar de muerte también lo es. Nos parece normal que exista un “tribunal inquisitorio” que envíe gente a la hoguera del ciberespacio para que ardan entre insultos y manifestaciones calumniosas, porque es más pesado tener que acudir a denunciar que criticar, muchas veces, bajo el anonimato.En innumerables ocasiones, la espontaneidad y la rapidez de las redes sociales hacen que no se piense realmente de forma racional lo que se está escribiendo, y que casi sin darnos cuenta subamos una foto o escribamos palabras de las que rápidamente nos podemos arrepentir, pero de las que ya no hay vuelta atrás. Para la gran mayoría resulta más fácil entrar en discusiones e insultar a distancia que cara a cara, ya que no tienen a otra persona en frente que les ayude a moderar su discurso, a pausar para que se pueda defender, a comprobar cómo responde, a intentar empatizar. En las redes sociales los mensajes se suceden uno detrás de otro, sin parar, y muchas veces sin pensar en las consecuencias.La libertad de expresión con la que gozamos en Internet influye en la gran magnitud de mensajes de odio. El hecho de ser anónimo facilita la difusión de grupos racistas, las descalificaciones y los diálogos intolerantes entre personas. Además, aquellas que se sienten frustradas o impotentes en su día a día, suelen tender a comportarse así con el resto de personas para intentar sentirse más poderosos mientras los ofenden y humillan. Quizá las redes magnifiquen dichos mensajes, pero lo que no debemos olvidar es que aunque no se expresase abiertamente, no significaría que no haya grupos de personas que no sientan ese odio y ganas de hacer daño a los demás.Precisamente eso es lo que deberíamos intentar cambiar, fomentando una educación en valores como la tolerancia, la libertad y el respeto a la diversidad. Sin odio ni en las redes sociales, ni en la vida real.De ninguna manera, se pone en discusión la libertad de expresión que es absolutamente legítima ni mucho menos el uso de las redes sociales. Sin embargo, es necesario preguntarnos ¿hasta qué punto se hace valer la libertad de expresión? La RAE define este concepto como el “derecho a manifestar y difundir libremente el propio pensamiento”, pero ¿tiene límites? De acuerdo al filósofo John Stuart Mill -autor de un dicho muy conocido popularmente- “la libertad de expresión es un acto libre mientras no se le haga daño al prójimo”. Lamentablemente, vivimos en la época en la que moda es poner a alguien en el centro y desahogar, con dardos envenenados, nuestras frustraciones. El único consuelo que te ofrecen en la red es que mañana le tocará a otro. Pero tal vez sea a ti.





