Cuando los monstruos son los padres

En el mundo miles de niñas como Abigail son sujeto de este tipo de crímenes, que años antes no imaginábamos que algún día sucederían en nuestro país. Sin embargo, estamos en el año 2016 y los infanticidios llueven. Abigail es la niña número 34 víctima de infanticidios en Bolivia, pues...

En el mundo miles de niñas como Abigail son sujeto de este tipo de crímenes, que años antes no imaginábamos que algún día sucederían en nuestro país. Sin embargo, estamos en el año 2016 y los infanticidios llueven. Abigail es la niña número 34 víctima de infanticidios en Bolivia, pues durante este año La Paz registró 15 casos, Oruro 8, Santa Cruz 4, Cochabamba 3, Tarija 3 y Chuquisaca 1. Potosí, Pando y Beni no tienen registro de ningún caso, según datos de la Dirección Nacional de Protección a Víctimas y Testigos. Pero cuando dejamos de ver a estos inocentes niños como cifras y nos adentramos por un minuto en sus vidas, un escalofrío se apodera de nuestro cuerpo y pensamos en nuestros hijos y en qué puede pasar por la cabeza de esos monstruos que golpean a seres tan indefensos, que en muchos casos apenas balbucean un “mamá”.  Y también pensamos en aquellos niños y niñas que sobreviven al maltrato y llegan a jóvenes.  ¿Cuánto les habrá marcado esta situación? ¿Podrán ellos llevar una vida normal? Son preguntas que nos hacemos a diario. Un día, a los 18 años, Lola pidió a su padre a gritos que la matase. Ese día, él, “un ser estricto, con mucho genio y la mano muy larga”, dejó de pegarle. Pero tuvieron que pasar muchos más, hasta la muerte de su progenitor, para que Lola contase su historia y comenzara a considerar anormal haber sido una niña maltratada. Durante su infancia y su adolescencia, lo normal para ella era la violencia, y excepcional, el trato que recibían sus primos, niños queridos por sus padres. Desde que tiene uso de razón recuerda palizas, bofetadas, tirones de pelo o patadas que aguantaba hecha un ovillo en el suelo; hasta pellizcos en los pechos cuando se desarrolló. A los golpes se añadía el maltrato psicológico, una letanía de reproches que siempre incluía dos mensajes: “Eres una puta mierda”. “No vales ni para violarte”.Hoy, a los 36 años, esta mujer rompe a llorar al desgranar sus recuerdos. Como, por ejemplo, querer a rabiar a su padre aunque la pegase. ¿Cómo mirar la vida a través de sus ojos? Sin duda es complicado, porque tendríamos que ser ella para sentir lo que se siente y tal vez entonces podríamos despertar de nuestro letargo y hacer algo realmente efectivo para parar este flagelo. Por ahora se aplica la lógica de que si no me toca a mí no siento, no me preocupo, no me molesto. Sin embargo, cuando conocemos la noticia de un infanticidio los mensajes de madres indignadas llueven en las redes sociales y entonces nos enrabiamos, sentimos lastima y hasta lloramos. Pero, ¿cuánto dura esto? Dos días o una semana como máximo. Y mientras vamos olvidando lo sucedido miles de niños -encerrados en cuatro paredes- son víctimas de ese maltrato sórdido que tanto censuramos. Son acallados por adultos agresivos, por madres sumisas y por sociedades que los vuelven invisibles...¿Invisibilidad?, es la palabra más repetida por todos quienes se ocupan -se preocupan- de este fenómeno. Las mujeres luchan en defensa de sus derechos, pero los menores tienen que hacerlos valer a través de los adultos. ¿Saben cuán grave es esto? Los niños siguen considerándose mayoritariamente propiedad de los padres. Existe una gran impunidad que envuelve al padre que maltrata, pero también están los errores en la cadena de protección al menor: El maltrato infantil sigue siendo invisible.  Se necesita que las denuncias prosperen: algunos niños que llegan al hospital en situación crítica deberían tener un expediente previo, añadido a esto cada caso debería ser investigado a fondo. Pero antes de llegar a esta situación extrema debe primar la denuncia del vecino, del familiar, de la maestra, de quien vea indicios de violencia. Es cierto, que lo que se recomienda aquí no es suficiente porque como todo problema estructural dependerá de la educación que demos a nuestros hijos, que un día serán padres, y dependerá de nuestras autoridades y funcionarios.  Pero que esto no nos desaliente, por lo pronto eduquemos bien y estemos alertas a denunciar porque cuando los monstruos son los padres el pobre niño se vuelve invisible y queda sujeto a un oscuro destino.


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