Desarmados ante la vida
El común de la gente sufre todas esas carencias y reclama, con razón, que se corrijan. Ni puede hacer más ni le corresponde, pero no es adecuado que autoridades del sector y hasta profesionales mejor informados concentren sus observaciones en la gestión de servicios y muy pocos presten...
El común de la gente sufre todas esas carencias y reclama, con razón, que se corrijan. Ni puede hacer más ni le corresponde, pero no es adecuado que autoridades del sector y hasta profesionales mejor informados concentren sus observaciones en la gestión de servicios y muy pocos presten atención a la política de salud. El exministro de Salud, Guillermo Cuentas, indicó que la inversión promedio para salud en Bolivia es de 202 dólares por habitante, en tanto que en Uruguay es de 1.474 dólares, lo que representa que nuestro país se halla en el último lugar de inversión estatal de la región.Las palabras se reflejan en hechos, pues en el hospital de Yacuiba, Rubén Zelaya, no hay jeringas para vacunar a los pacientes ni hilo para para suturar heridas. Los justificativos de las instituciones responsables abundan y a la vez deslindan responsabilidad.Sumado a esto, la falta de medicamentos también es evidente como lo es también la reducción de recursos humanos. Como este ejemplo hay muchos otros que se reflejan en las máquinas de hemodiálisis arruinadas, en el tomógrafo en mal estado, en los rostros malhumorados de los galenos, entre otros. El ex ministro también de Salud, Javier Torres Goitia, afirma que el auge económico que hemos vivido, gracias al aumento de precios de las materias primas que exportamos ha terminado y no hemos hecho más que volcar la riqueza a obras suntuarias que no han contribuido ni pueden contribuir al desarrollo.El crecimiento económico del país como fruto de los buenos ingresos del gas, vertiginoso en los últimos 9 años, contrasta con la inversión en salud y educación que siguen con promedios inferiores al 10% de acuerdo a los datos del Presupuesto General del Estado (PGE 2014). Sumado a esto, las enfermedades continúan apareciendo y activándose de la mano de la modernidad, del cambio climático y de otros factores. La Organización Mundial de la Salud (OMS) prevé para el 2030 centenares de miles de muertes por año en el mundo, debido al efecto de cambio climático. Nos referimos a las muertes resultantes de las catástrofes naturales, de la desnutrición o, incluso, del aumento de la presencia de enfermedades infecciosas. Las consecuencias del calentamiento del planeta ya son perceptibles, como lo destaca el informe 2015 de la Comisión de Salud y Cambio Climático del Lancet. Estas consecuencias son muy injustas al final, los más afectados son también los más vulnerables, los más pobres, los más jóvenes, los más viejos y las mujeres.Frente a dichas amenazas sanitarias, sólo queda lamentarnos: la salud no está fuertemente incorporada en las agendas ni en las decisiones internacionales. Salvar nuestro planeta es, sobre todo, preservar la salud y el bienestar de mujeres y hombres que habitan en él. Actuar contra el cambio climático no significa sólo salvar vidas, sino incluso brindar la oportunidad de realizar avances en la salud. Lo que debería ser una evidencia es, hoy en día, muy frecuentemente ocultado.El aumento global de la temperatura podría expandir los ecosistemas propicios al desarrollo de enfermedades como la malaria. Hoy en día, alrededor de un tercio de la población mundial ya está expuesta a esta enfermedad que mata cada año a unas 600.000 personas, principalmente niños con menos de cinco años y mujeres embarazadas. De la misma manera, el calentamiento del planeta modifica de manera similar la epidemiología de la leishmaniasis. El aumento de las temperaturas, del régimen pluviométrico, así como de la humedad, influye en la distribución, la tasa de supervivencia y el tamaño de las poblaciones de los vectores de esta enfermedad, que afecta a 1,3 millones de nuevos individuos. Se establece así un vínculo entre el fenómeno El Niño y la incidencia de leishmaniasis en América Latina.Estos hechos deben ser suficientes para dictar una línea clara y definida: es necesario apoyar sin demora la movilización de toda la comunidad de la salud, involucrar agentes públicos y privados, comenzando por las empresas de las ciencias de la vida, cuya responsabilidad es contribuir para el progreso de la salud. En tanto esto no ocurra todos continuaremos desarmados ante la misma vida.


