El ocaso de los brujos
Con ávido empeño de exhibir mirada aguda y pulso firme, nombra cuatro causantes del fracaso oficial: la unidad de los opositores; al “debilitamiento de la función sindical”; a las redes sociales y a que la gente “sospecha de los procesos muy largos”. De todos, el único que se...
Con ávido empeño de exhibir mirada aguda y pulso firme, nombra cuatro causantes del fracaso oficial: la unidad de los opositores; al “debilitamiento de la función sindical”; a las redes sociales y a que la gente “sospecha de los procesos muy largos”. De todos, el único que se identifica con cierta sinceridad es el último, aunque sin confesar lo ineficaz de su propio intento personal de aliviarlo, con el uso de la eufemística “re-postulación” y de una campaña economicista y conservadora. La mayor ayuda con la que cuenta para su nuevo ensayo es la fuerte influencia mediática que concuerda con su idea de ultrasimplificar y abaratar las explicaciones de lo que realmente ocurrió el 21 de febrero. Sus hipótesis son así el justo contrapunto a las que se popularizan por los medios, que atribuye el fiasco a la novia, a la corrupción del Fondo campesino y, desde luego, a las redes sociales digitales.Cada uno de ellos tiene su peso, siempre que no se olvide que los más importantes son el avance paulatino, pero implacable, de la contracción económica; de las señales de gran corrupción (desde las redes de extorsión, a las miles de contrataciones directas y todo lo demás) emitidas en años; de los registros de abusos y atropellos contra colectivos e individuos; de la degradación del sistema de representación sindical y social y, desde luego, del gran recelo colectivo contra el ansia de prórroga continua.El que más votos le costó proviene del recorte de ingresos y recursos, que tratan de ocultar apelando a un enorme e irreflexivo endeudamiento, para costear la ficción de una invulnerabilidad inexistente. Esa negación, que anida en los gritos de que habrá un segundo tiempo para anular e ignorar los resultados del referendo, refuerza la amenaza de que la conducción económica se despegue cada día más de las necesidades reales del país, para atender y sustentar un plan megalómano y orientado a cubrir huellas e impedir la rendición de cuentas sobre el desvío de recursos colectivos para engordar cuentas y bolsillos particulares. Ahora que el MAS encarna al poder establecido y constituido, concentra todos sus esfuerzos en asfixiar y cerrar el paso a las expresiones de autonomía social que, en su momento, le abrieron el camino a su ascenso. Los brujos que ayer rendían culto al poder constituyente, a la movilización y a la capacidad social de criticar e interpelar, hoy tratan de encontrar formas de paralizarla. Están los más viejos y burdos recursos de anunciar y denunciar conspiraciones y planes de asesinato, de achacar a la oposición política una capacidad de la que carece completamente y gracias a la cual el oficialismo controla a su antojo a un Legislativo, doblegado y mendicante, como siempre, ya que en vez de disputarle bancas en la elección de 2014, se dedicó a fallidas y costosas campañas de candidatos inviables. Ese panorama no ha cambiado si observamos cómo el potencial candidato opositor que obtiene mayor intención de voto hoy sentenciaba el mismo día del referendo que Bolivia sería “una nación atrapada en su propio fracaso histórico, (no sólo) de quienes la gobiernan, (sino) en el de ella misma”.Los aprendices de encantadores buscan desesperadamente una segunda vuelta –que empieza con la manipulación de la reforma de la justicia- para exorcizar sus yerros, tratando de ignorar que, con o sin redes sociales digitales y novelones, el progreso de la coyuntura de escasez, la erosiva presión de las corporaciones que sustentan su poder y las contradicciones y apetitos internos del propio MAS son sus principales enemigos, al igual que una actitud cada vez más vigilante y exigente de una sociedad que no se rinde a sus enredados e inútiles conjuros.*es docente e investigador


