Nostalgia de una utopía

No es la primera vez que utilizo esta frase en una de mis cotidianas reflexiones. Es que me resulta sumamente difícil haber creído firmemente en algo y sentirme desilusionado… cada vez más. Nuestra convicción democrática nunca fue de discurso, estaba alimentada de un accionar. De ahí, la...

No es la primera vez que utilizo esta frase en una de mis cotidianas reflexiones. Es que me resulta sumamente difícil haber creído firmemente en algo y sentirme desilusionado… cada vez más. Nuestra convicción democrática nunca fue de discurso, estaba alimentada de un accionar. De ahí, la cárcel, las torturas, el exilio. Muchos fuimos críticos militantes de esa clase política que –pensábamos– había sido desterrada para siempre. Votamos por Evo en la primera elección; peleamos por el cambio que se preconizaba y lo defendimos a rajatabla. Nos hicimos de enemigos que nos tildaban de desclasados. Nuestra utopía, sin embargo, era más fuerte que el qué dirán.Sinónimo de unidad –porque todo es equilibrio y estabilidad–, la cosmovisión andina, que supuestamente estaba subyacente en el programa de gobierno, poco a poco fue abandonada. La protección de la naturaleza, requisito indispensable para el vivir bien, dio paso a prioridades desarrollistas que desnaturalizaron el fundamento filosófico inicial. Se optó por la confrontación, algo reñido con el concepto de que los opuestos no se enfrentan, sino que se complementan.Paulatinamente, fueron aflorando elementos típicos de la clase política que, utópicamente, se pretendía reemplazar. El fantasma de la corrupción asomó tempranamente y se quedó agazapado en las altas esferas gubernamentales.Se ensayó un modelo de elección de los administradores de justicia que despreciaba la meritocracia y priorizaba el compromiso político y la impostura. El modelo hizo aguas y el propio Gobierno reconoció ese error que es una tarea que aún no se ha enfrentado con real voluntad política. Sin un verdadero plan de gobierno, pero sí con una estrategia de poder, todos los valores por los que el pueblo boliviano luchó durante décadas, no sólo contra las dictaduras, sino contra modelos económicos opresores, se  diluyeron en un exagerado afán de perpetuarse en el poder. Se trastrocaron los fundamentos democráticos que encuentran en la alternabilidad, en el manejo de la cosa pública la única garantía para superar senderos nocivos para la sociedad en su conjunto, como son la corrupción institucionalizada o la deleznable comercialización de la justicia.La mayoría creímos en la utopía del cambio, de ahí los resultados de las elecciones desde hace 10 años con una innegable ventaja para el partido del señor Presidente. Es cierto, hay mucho positivo que mostrar en estos 10 años de gobierno, sería injusto negarlo, pues nos ha beneficiado a todos. Lamentablemente, todos esos avances languidecen frente a una forma de gobernar que concita, cada vez más, el rechazo del pueblo. Independiente de las cifras finales, el resultado del referendo de este fin de semana refleja el hartazgo del modelo de gobierno prevaleciente. Este país reconoce a sus líderes, pero rechaza la autocracia. El señor Presidente dice que gobierna escuchando al pueblo; pues bien, éste ha hablado y ha dado un mensaje contundente sobre la necesidad de diálogo, concertación y armonía entre bolivianos. Ahora procede, en estos cuatro años que restan –periodo  suficiente de estabilidad política–, rectificar rumbos, especialmente si ya se avizoran los tiempos de las vacas flacas…Me comentaba mi nieto que hubiera sido más honesto de parte del Gobierno hacer un referendo para cambiar el sistema político y adoptar la monarquía. Con la candidez y honestidad de un joven estudiante, el mismo se cuestionaba y decía que si bien las monarquías son sinónimo de estabilidad política, ello no garantiza que sean buenos gobiernos.El proceso de cambio cambió. Nuestra utopía –la de tener un país digno, sin exclusiones, unido y con oportunidades para todos–se ha desbaratado. Un ahora conspicuo hombre de este Gobierno lo describía así: “Son los que hablan de varias naciones, sueñan con un antiguo país, fingen ser socialistas, se dicen indigenistas, pululan en las crisis, violan las leyes, son cínicos y violentos, anuncian la guerra y dicen ser de la cultura de la paz, son petulantes y  soberbios, están en el occidente, incrustados en el Gobierno y creyéndose los más, son unos cuantos”. El poder cambia a los hombres. El jacha uru que suponíamos había llegado se extravió en su despegue. No estamos pudiendo alcanzar el unancha, el dominio de nuestras pasiones y deficiencias, en detrimento del Qhapaq Ñan, el camino justo hacia la armonía de la complementación de los opuestos. Claro que queremos cambio. El cambio era y es necesario para superar la  exclusión de tantos y, por tanto, tiempo. Eso sí, cambio para un bienestar e inclusión de absolutamente todos. Esa es, ideologías aparte, nuestra responsabilidad y nuestra utopía porque, como diría el poeta cubano Fernández Retamar, “después de todo, compañeros, quién sabe si sólo los muertos no son hombres de transición”. Por todo esto y mucho más es que me invade una tremenda nostalgia de mi utopía. *es abogado internacionalista


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