Los desnudos y la política
Las estatuas romanas cubiertas púdicamente en los Museos Capitalinos durante la visita a Roma del presidente iraní Rouhani, por exigencia de protocolo de Teherán, han dado lugar a numerosos comentarios sobre los usos y costumbres en torno al desnudo en las obras de arte y en general....
Las estatuas romanas cubiertas púdicamente en los Museos Capitalinos durante la visita a Roma del presidente iraní Rouhani, por exigencia de protocolo de Teherán, han dado lugar a numerosos comentarios sobre los usos y costumbres en torno al desnudo en las obras de arte y en general. Sobre la reciente y curiosa tarea de vestir estatuas se han derramado litros de tinta fogoneando interesantes debates especialmente en la prensa europea. ¿Debe primar lo “políticamente correcto” ante las exigencias moralistas del fanatismo religioso? El último cubrimiento oficial de partes pudendas de las estatuas le cupo ordenar al líder de la izquierda italiana Mateo Renzi para la mejor comodidad espiritual del alto estadista y líder religioso persa. A primera vista, la exigencia del prelado y la benevolencia del anfitrión demostraron que la estupidez humana está más extendida de lo que comúnmente se cree. Aunque no cabe descartar que el gobernante italiano, conmovido por la fama de piadoso de su contertulio, haya querido ahorrarle a éste tan lujuriosas tentaciones. Este tema me hizo recordar un entrevero semejante de épocas pasadas. Resulta que en la era soviética, conocida como la del inmovilismo o el estancamiento, el secretario general del partido, el ucraniano estalinista Leonid Ilich Brezhnev, recibió la visita del primer ministro de Tanzania. El encuentro de Estado se completó con la presentación del ballet nacional de ese país africano en Moscú. Algunos de los bailes contemplaban el cuadro de hermosas bailarinas de color ébano que movían sus fuertes y modélicas estructuras anatómicas al ritmo sensual de los tambores. El secretario general del partido, que además de su filiación política fue militar, dictó un ukase conminando a que las bailarinas cubrieran sus bellos, turgentes y móviles bustos porque las costumbres soviéticas de entonces consideraban la desnudez artística como una inmoralidad contrarrevolucionaria. Los africanos tuvieron que aguantar que sus jóvenes artistas fueran obligadas a cubrirse las tetas. La respuesta a las atenciones ocurrió meses más tarde. La visita de Leonid al país africano contemplaba la presentación de una parte del celebérrimo ballet del teatro Bolshoi. Esta vez los rusos se tuvieron que chupar el limón. Los tanzanios obligaron por aquello de los “usos y costumbres” a que los cuadros del Lago de los Cisnes del maestro Tchaicovsky tuvieran que ser interpretados por la primerísima y las primeras bailarinas con sus menos contundentes, pero igualmente hermosos senos al desnudo. A esta altura de mi vida, no estoy seguro si esta historia correspondiera a Tanzania o a otro país del África occidental. Pero mis recuerdos de la anécdota están bien conservados y no son ninguna calumnia contra los soviéticos. Aunque debo confesar que, como lector empedernido, por entonces me atiborraba del libro rojo del gran timonel y cualquier ofensa a los “revisionistas” era bienvenida en nombre del pensamiento de Mao.Hay que precisar, pidiendo las indulgencias debidas, que la antipatía hacia los soviéticos era común entre los estudiantes que regresamos de esa Europa, conmovida a la sazón por los aires de la revolución imposible del 68. Pero estos asuntos pertenecen a otros papeles. Un entuerto en materia de desnudos y política más cercano en el tiempo nos hace pensar que unir las dos temáticas a veces termina mal. Me refiero al desnudo que acabó con la vida política del segundo heredero del MIR, conocido como Jaimiño. El hecho de desnudarse frente al objetivo de cámaras de TV -en este país tan pacato en sus desventuras- fue la causa eficiente del temprano ocaso político del émulo local de las estatuas greco romanas.*es periodista





