De “ciudad fétida” a desierto fétido
Una frase de cierta periodista dedicada a temas turísticos desató en 2013 una ola de ayes, protestas, lamentos y, sobre todo, amenazas. “Oruro es una ciudad fétida”, aseveró entonces la presentadora de televisión Milena Fernández en el programa “Del cielo al infierno”. Cuestionó...
Una frase de cierta periodista dedicada a temas turísticos desató en 2013 una ola de ayes, protestas, lamentos y, sobre todo, amenazas. “Oruro es una ciudad fétida”, aseveró entonces la presentadora de televisión Milena Fernández en el programa “Del cielo al infierno”. Cuestionó así la ausencia de una política de turismo en Bolivia. Incidió, como ejemplo, en la poca inversión en hotelería e infraestructura en la Capital del Folklore del país, donde se celebra la mundialmente célebre entrada de Carnaval.Fernández dijo que ningún turista quiere quedarse en Oruro a diferencia de la gente que visita ciudades de otros países con expresiones musicales semejantes. La reflexión concluyó en que si esa ciudad continúaba en las mismas condiciones, desatendida por sus autoridades, tendría miles de visitas solamente en Carnaval. Inmediatamente reaccionó la denominada “orureñidad”, básicamente dirigentes cívicos y políticos, especialmente la entonces alcaldesa, Rocío Pimentel. Ésta exigió a Fernández disculpas públicas bajo la amenaza de enjuiciarla. Una activista cívica aseguró que quienes ensucian y generan malos olores en Oruro son los visitantes del interior. Otra aseguró: “Oruro, tiene sus problemas, es cierto, pero lamentablemente esto hay que discutirlo en otro nivel, porque si no todo el país pensará que Oruro es un urinario y listo. Por favor solicitamos que se pida disculpas a Oruro”.La indignada protesta se extendió por semanas y llegó a generar titulares destacados en la prensa orureña. A Fernández más de una voz le advirtió intimidantemente que “tenga cuidado si vuelve a Oruro”. El caso, en boca de algunas autoridades y dirigentes cívicos, alcanzó categoría de cuestión de Estado. Los procesos se iniciaron y llegaron a estrados judiciales, los fiscales actuaron diligentemente ante la presión de la “orureñidad”.La reacción alcanzó ribetes tan exagerados que Milena Fernández compareció frente a acosos mediáticos y no pudo contener sus lágrimas. Decentemente pidió disculpas y explicó sus percepciones. Pese a ello, la presión de algunos dirigentes y políticos llegó a niveles de saña enfermiza. Una comisión especial debió mediar para evitar que Milena acabe tras las rejas.Dos años después, y en vísperas de una nueva entrada de Carnaval los aromas orureños parecen no haber cambiado mucho. Y este tipo de problemas no escapa a la mayoría de las ciudades bolivianas donde los problemas de aseo urbano y alcantarillado son frecuentes. Lo que sí constituye noticia notable, y de carácter mundial, es la desaparición del segundo lago más grande de Bolivia: el Poopó que ocupó un área de 2.337 kilómetros cuadrados y albergó a más de 400 especies de fauna.Durante casi una década contados grupos de valerosos ecologistas orureños intentaron alertar al país de este ecocidio. Pero sus reclamos fueron ahogados, incluso con represión. Cuesta creer que ninguna alcaldesa o alcalde, ningún senador, ningún comité cívico haya salido en defensa del Poopó. Nadie salió a verter amenazas contra quienes lo destruían día a día con toneladas de desechos tóxicos. No hubo fiscales diligentes iniciando procesos contra las empresas transnacionales y cooperativas que mataron al lago. No hubo “valientes” concejales, asambleístas ni cívicos advirtiéndoles que “tengan cuidado cuando vengan a Oruro” o que “Oruro se respeta”. No, nada, sólo resignación y silencio parecido a la complicidad.Que este caso sirva de lección para los falsos orgullos que a veces lanzan ayes por nimiedades mientras callan frente a desastres. Ojo que en Tarija lo que pasa con los ríos Guadalquivir y el Pilcomayo frecuentemente recuerda a lo que pasaba hace una década con el Poopó.Esperemos que las ciudades bolivianas dejen de ser ciudades con mayores o menores niveles de fetidez, pero sobre todo que no se conviertan en desiertos fétidos de tóxicos y contaminación. Estas causas llaman para sí a los mejores.





