El giro venezolano y la historia no aprendida
El domingo en la República de Venezuela por primera vez en 17 años y tras 19 comicios, la oposición obtuvo una aplastante victoria electoral. La crisis económica descompuso la fortaleza política del chavismo y se produjo lo inevitable y recurrente en la historia latinoamericana. Pese a un...
El domingo en la República de Venezuela por primera vez en 17 años y tras 19 comicios, la oposición obtuvo una aplastante victoria electoral. La crisis económica descompuso la fortaleza política del chavismo y se produjo lo inevitable y recurrente en la historia latinoamericana. Pese a un destacable 40 por ciento de apoyo al oficialismo, es muy probable que dentro de tres años, el giro político complete su vuelta. El Gobierno venezolano desde hace ya tres años denunció una “guerra económica” en su contra y acusó al imperialismo de sus problemas. Sin embargo, cuando el propio caudillo de esa singular irrupción de rebeldía apostó por desafiar al sistema, se debía considerar que la respuesta no serían precisamente flores y besos. Es más, Venezuela, como la mayoría de los países del continente, gozó de casi una década de ingresos económicos sin precedentes. Y, al margen de cualquier y segura agresión externa a su estabilidad económica, tenía como prioridad un sobrio e inteligente manejo de esos ingresos. Sin duda, el chavismo no asumió debidamente esa prueba. Se repitieron los patrones de uso dispendioso de los recursos entre el asistencialismo populista, la mala planificación del desarrollo alternativo y la corrupción. Y cuando las cuentas ya no cuadraban, se repitió la fatalidad del endeudamiento externo. Finalmente llegó lo predecible: inflación, desabastecimiento, déficit… Resulta paradójico que teniendo un manejo tan admirable de la historia, Hugo Chávez y quienes lo secundaron no hayan asimilado debidamente esas viejas lecciones. Y si el eje de la estabilidad de un régimen sufrió semejante quiebre, la conducción sufrió uno más fuerte aún. Indudablemente, la muerte de Chávez debilitó su poder. Y ahí suma otra especie de lección no aprendida. La clásica mitocracia, a la que los latinoamericanos solemos ser tan afectos, volvió a demostrar su obvia fragilidad. El régimen bolivariano apostó por el caudillism0, antes que por la construcción de liderazgos colegiados y debidamente jerarquizados. El destino, el imperialismo, la reacción o lo que sea sólo tuvo que apuntar a la fugaz vida del solitario e “irremplazable” líder.Sólo resta augurar que otras viejas experiencia no se repitan, que Sísifo no aparezca una vez más como fantasma continental. Quizás esa irrupción de eclosiones sociales que revolucionaron el continente desde las urnas durante la primera década de este siglo haya marcado la distinción. Ojalá este giro que empieza a acentuarse de sur a norte también sea fruto de una asimilación de lecciones del pasado a favor de las grandes mayorías. El hecho de que la derecha vaya retornando a través de los votos y no de las balas ya marca por lo menos un consuelo.Sin duda, más pronto que tarde, observaremos lo que de esperanza renovada pueda surgir. ¿Qué significa que la oposición venezolana hoy tenga 112 de 167 diputados? Simplemente que cuando se instale la Asamblea Nacional dentro de tres semanas, el Poder Ejecutivo y el poder Legislativo serán dos polos políticos opuestos. La oposición podrá intervenir leyes, impugnar políticas económicas, revisar tratados internacionales, promover cambios en la Constitución, renovar el Tribunal de Justicia. Podrá incluso instaurar juicios de responsabilidades y hasta llamar un referéndum revocatorio. Lo clásico en estos casos en Latinoamérica han sido confrontaciones desgastantes resultas en el límite de la estabilidad de un país o más allá. Han sido recortes de mandatos o golpes de Estado encubiertos o explícitos. ¿Se repetirá la historia? ¿La habremos aprendido?


