La nueva diferencia social: transgénico versus ecológico
Fue llamado “AquAdvantage Salmon”. Para recrearlo los científicos usaron las hormonas de otros dos peces, entre ellos, el salmón chinook que vive en el océano Pacífico. Tras la etapa de experimentación y pruebas se convertirá en el primer producto animal transgénico en acabar en el...
Fue llamado “AquAdvantage Salmon”. Para recrearlo los científicos usaron las hormonas de otros dos peces, entre ellos, el salmón chinook que vive en el océano Pacífico. Tras la etapa de experimentación y pruebas se convertirá en el primer producto animal transgénico en acabar en el plato de las familias estadounidenses.La FDA ha calificado al “AquAdvantage Salmon” como “Nutritivo” y “seguro para el consumo humano”. En un comunicado explicó que este salmón fue modificado genéticamente para crecer más rápido y alcanzar mayor tamaño que cualquier otro pez. El pez transgénico podrá por ello ser vendido en el mercado antes que sus compañeros “silvestres”.Hasta ahí todo, como suele suceder en estos casos, suena a buenas noticias y prodigio científico. Pero, ya en este anuncio pomposo surgió un primer punto de polémica: varias organizaciones de consumidores demandaron que al salmón transgénico se le aplique un etiquetado especial y se identifique como producto “genéticamente modificado”. La respuesta, como ya ha pasado en varios casos, ha sido una negativa entre melosa y leguleya. La FDA valoró que los consumidores quieran saber qué comen, pero –arguyó- no hay ley que obligue a la empresa a colocar una advertencia.Esta exigencia, que pareciera fácilmente aplicable, choca desde hace décadas con el rechazo de instituciones oficiales en EEUU. A partir de ello se agiganta exponencialmente la sombra del poder transnacional sobre la FDA. Las polémicas que ha librado tras aprobar el consumo de otros productos genéticamente modificados pusieron su prestigio por los suelos.Las denuncias de diversos investigadores y periodistas develaron por ejemplo el sistema de “puertas rotatorias”. Se lo denominó así porque funcionarios de empresas como Monsanto pasaban a trabajar para la FDA y tras aprobar determinados productos volvían a Monsanto. Y claro, las aprobaciones derivaron en las denuncias más graves, aquellas que advertían sobre daños causados a la salud de los consumidores.Luego surgieron fieros debates entre científicos y juristas de ambos frentes. Pero la “bendición” final de la polémica FDA se cerraba con un “no hay suficiente evidencia de que este producto cause…en los consumidores”. Y esa “bendición” se convirtió luego en la credencial para invadir los mercados especialmente de los pueblos del tercer mundo.Así en Paraguay, Uruguay, India, México, Argentina y Bolivia, entre otros, se multiplicó la producción de transgénicos. De principio se volvieron en dependientes de las transnacionales propietarias de la patente. Luego, observaron crecientes problemas medioambientales, crisis sociales y, muy frecuentemente, problemas de salud.Y claro, en las potencias y en selectos grupos sociales quienes tienen los bolsillos adecuados hoy consumen lo ecológico. Evitan así cualquier riesgo ligado a transgénicos sea por su constitución o por los agroquímicos con los que se garantiza su desarrollo. Han generado el particular negocio de lo que escapa a la masificación transgénica. Mientras tanto, el poder transnacional ha encontrado colosales nichos de mercado en el hambre, los campos de los pobres y los biocombustibles. La comida en general se va convirtiendo en su nuevo monopolio global, aún a costa de la salud de millones.Valga recordar que las propias transnacionales tienen su otro gran brazo de acción y monopolio en la producción de fármacos. Y, claro, es la FDA la que les da el visto bueno. En suma, cooptan el circuito producción transgénica, comida chatarra o basura, los males que generan y los fármacos con que se combaten. Sin duda, cualquier día, llegará a nuestros mercados el salmón transgénico. Pero, a estas alturas, será uno más entre decenas de los productos que los bolivianos consumen ajenos a sus riesgos y resignados a sus precios. Pena que por lo menos, no se haya fomentado la producción ecológica. Pena que la pasada bonanza haya servido para dar la bienvenida oficial al negocio transgénico en las otrora tierras fértiles del oriente y el Chaco bolivianos.


