Basura infinita
en el tren de Gotemburgo a Estocolmo, cae en mis manos un artículo de periódico sobre los trabajos que están realizando para abrir túneles y cuevas en lo más hondo de la montaña finlandesa, donde van a almacenar residuos nucleares por un tiempo prácticamente infinito. Por lo menos, por un...
en el tren de Gotemburgo a Estocolmo, cae en mis manos un artículo de periódico sobre los trabajos que están realizando para abrir túneles y cuevas en lo más hondo de la montaña finlandesa, donde van a almacenar residuos nucleares por un tiempo prácticamente infinito. Por lo menos, por un periodo no inferior a 100 mil años. Aunque los residuos radiactivos son más peligrosos –más mortíferos- los primeros mil años, debe garantizarse su conservación durante 3.000 generaciones”. Así comienza un capítulo de Arenas movedizas, su último libro, el novelista y dramaturgo sueco Henning Mankell, creador, entre otras obras, de la serie de novela negra Wallander. El libro fue publicado en castellano en septiembre de 2015, exactamente un mes antes que el escritor muriera, menos de dos años después de que le diagnosticaran cáncer de pulmón. En Arenas movedizas Mankell se expresó con una combinación de memorias, reflexiones y testamento literario, discurriendo sobre temas absolutamente personales con otros de preocupación universal como, por ejemplo, el destino de la basura nuclear que el mundo está produciendo. El escritor se pregunta: ¿cómo es posible garantizar la conservación de residuos peligrosos para la vida humana por un espacio de tiempo de 100 mil años, cuando los edificios más antiguos construidos por el hombre tienen 5.000 o 6.000 años como máximo? ¿Cómo pueden expedir una garantía de algo que ninguno de los que vivimos hoy podrá controlar? Para encontrar que no hay respuesta, al menos no una razonable: tratar de ver más allá de 100 mil años en el tiempo supone lograr un equilibrio entre lo que podemos imaginar gracias a conocimientos reales y lo que podemos intuir con nuestra imaginación y creatividad gracias a experiencias míticas. En ese libro casi póstumo, doliente y maravilloso, el creador de Wallander se interroga y nos interpela ¿qué dejaremos detrás de nosotros? (…) ya hemos decidido cuál será el recuerdo más claro de nuestra civilización. Cuando todas las manifestaciones de nuestra civilización hayan desaparecido, quedarán dos cosas, la nave espacial Voyager, en su eterno Voyajer por el espacio exterior, y los residuos nucleares en el corazón de la roca. Imposible no pensar en la lentitud con la que se eliminan las substancias radiactivas ni en los peores desastres nucleares: Three Mile Island (Estados Unidos, 1979), Chernóbil (Unión Soviética, 1986) y Fukushima (Japón, 2011). Ahora, en 2015, el Gobierno boliviano nos amenaza con instalar un centro nuclear en El Alto. Uno más de los sueños de grandeza de un estilo de gobierno de caudillaje bárbaro. Como Suecia, Finlandia, Estados Unidos, Rusia y Japón no nos llegan ni a los talones, seguramente las autoridades bolivianas ya tienen resuelto qué harán con los desechos. ¿Qué generoso vientre de nuestras montañas va a albergarlos? ¿O lo haremos a la boliviana, “metiéndole nomás” y que la población actual y nuestros descendientes de las futuras mil generaciones se las arreglen como puedan?*es comunicadora social.


