Los sonidos del subdesarrollo urbano
Sea en La Paz, Santa Cruz, Cochabamba, Tarija o Trinidad los síntomas resultan claros: malos y hasta pésimos servicios básicos, ausencia de áreas verdes, suciedad, inseguridad, y todo tipo de contaminación en permanente aumento. Si revisamos lo que pasa en Tarija, a momentos hasta parecemos,...
Sea en La Paz, Santa Cruz, Cochabamba, Tarija o Trinidad los síntomas resultan claros: malos y hasta pésimos servicios básicos, ausencia de áreas verdes, suciedad, inseguridad, y todo tipo de contaminación en permanente aumento. Si revisamos lo que pasa en Tarija, a momentos hasta parecemos, literalmente, acelerando para ubicarnos en un nivel de pobreza ejemplar. Y la culpa no necesariamente se la debe cargar a las autoridades actuales o pasadas. En general, estos procesos constituyen una suma de lenidad y desidia institucionales añadida a una idiosincrasia plagada de malas costumbres e irresponsabilidad. Idiosincrasia que suele adquirirse con el paso del tiempo perdiendo sanos valores del pasado. En esta oportunidad citemos uno de los factores que demuestran el retraso en el que viven los bolivianos en general, y los tarijeños en particular: la contaminación sonora. Si ésta fuese una ciudad en desarrollo y encaminada a tener una creciente calidad de vida, se conjuraría algo tan destructivo como el ruido. Seguramente quienes han visitado algunas de las urbes más desarrolladas del planeta guardarán un particular recuerdo ambiental: oficinas, calles, vehículos de servicio público, aeropuertos y hasta terminales de ómnibus donde se cultiva un respetuoso y muy bajo nivel de ruido. Ciudades como Curitiba en Brasil o Zurich (Suiza), al margen de diversas otras virtudes, destacan por su saludable control del ruido. Es posible conversar amenamente casi en cualquier lugar. Las horas de la noche merecen un respeto proverbial. Las fiestas y conciertos tienen horarios, lugares y volúmenes respetados disciplinadamente por todos. Las zonas de paseo parecen bendecidas por un silencio sólo roto por los sonidos de la naturaleza. Para dar ese paso a favor de una vida mucho más sana no hacen falta grandes inversiones, sino voluntad y consciencia compartidas entre ciudadanos y autoridades. Y no se trata de un asunto lírico. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha fijado niveles específicos de precaución. Según la OMS, áreas urbanas donde el ruido empieza a superar los 55 decibles resultan nocivas para la salud humana. Los daños que las urbes bulliciosas ocasionan a sus habitantes resultan sorprendentes. Se ha llegado a relacionar los traumas acústicos con la hipertensión en adultos y problemas cognitivos y de aprendizaje en los niños. El oído humano empieza a dañarse y puede sufrir lesiones si se lo expone regularmente a más de 130 decibeles. Y eso no exime a las discotecas, aunque algunos acá piensen que a más volumen más calidad. Una tabla de valoraciones sobre los grados de ruido señala que el tráfico (motores de varios motorizados en una arteria) genera más de 80 decibeles. Los escapes abiertos de las motocicletas llegan a superar los 110 decibeles. Los conciertos de rock y equipos de amplificación en espacios abiertos bordean los 125 decibeles. Un martillo mecánico agrede con 130, un avión despegando, con 150 y una detonación de explosivos, con 180 decibeles. ¿Qué tal si realizamos una simple revisión de los acumulados de ruido que castigan a Tarija? En plazas como la Luis de Fuentes o la Sucre lo normal resulta la combinación de alarmas de seguridad, motocicletas con escape abierto, amplificadores (incluso oficiales), motores de diversos vehículos, paso de aviones, bocinazos, etc. La avenida Paz constituye otro canto a la bestialidad. Pensar en zonas como la Terminal o el Mercado Central sabe al infierno acústico. Transitar el área del Mercado Campesino, subir la calle General Trigo, intentar un paseo ameno por el parque Bolívar, lo propio. Para redescubrir el goce del silencio natural ahora se requiere huir hacia Santa Ana y alguna que otra área cada vez más lejana. Incluso Tomatitas ya se convirtió en una especie de bulliciosa feria de chicherías y mugre a campo abierto. Tarija no sólo ha perdido gran parte de sus áreas verdes mientras parece hasta esfumarse el anhelo de preservar los Bosques de Aranjuez. Tarija no sólo ve morir los últimos vestigios de las ricas flora y fauna que rodeaban al Guadalquivir. Este, otrora, inspirador “valle florido” no sólo ve morir contaminado a su río emblema. Ahora, además, se convierte en una desesperante y tortuosa urbe de construcciones deformes y bulla acumulada. Ojalá autoridades y ciudadanía lograsen consumar un pacto contra la contaminación acústica y en general, un pacto, por la recuperación de la belleza chapaca. De lo contrario, dentro de algunas décadas seremos un gran villorio con altos índices de sordera, hipertensión y niños con alteraciones neurológicas.


