Que sea sólo una exageración
En el peor de los casos, el partido se muestra como una de las escasas oportunidades para ganar algún o algunos puntos. En el mejor, el principio de una repuntada fruto de la consolidación de un plantel que dará mucha o, por lo menos, alguna batalla en el resto del certamen. El rival será...
En el peor de los casos, el partido se muestra como una de las escasas oportunidades para ganar algún o algunos puntos. En el mejor, el principio de una repuntada fruto de la consolidación de un plantel que dará mucha o, por lo menos, alguna batalla en el resto del certamen. El rival será Venezuela, a quien otrora mirábamos de menos y el sólo hecho de empatar sonaba a derrota boliviana. Pero, hace dos eliminatorias los venezolanos emparejaron y, luego, superaron niveles. En 2009 se llevaron tres puntos de La Paz y en 2013 empataron. Como locales nos derrotaron en las dos eliminatorias (4-3 y 1-0). Es decir, que hace más de seis años que no les ganamos. En desempeños en otros certámenes (juveniles y copas América) la “vino tinto” nos lleva incluso más ventaja. Pero pese a todo, Venezuela, incluido un actual bajón, aún se muestra como la más accesible de las nueve rivales. Por lo tanto, si Bolivia pierde este 13 de noviembre en casa, lo crítico ya no será la casi descontada y precoz eliminación del viaje a Rusia. Lo tormentoso será incluso el riesgo de no sacar siquiera puntos en el certamen, algo sin precedentes en el propio torneo. ¿Si no es ante Venezuela y de locales ante quién? Prácticamente todas las otras selecciones se hallan a gran distancia y en varios casos en marcada remontada. Sobran argumentos para hablar a estas alturas de Brasil, Chile, Uruguay, Colombia y Argentina. Qué decir de Ecuador que le ganó a la bicampeona mundial en casa. Mientras que Perú y Paraguay, pese a algunos tropezones, en los últimos meses demostraron un nivel de alta competencia en varias oportunidades. De hecho, Paraguay debutó en la eliminatoria ganando a Venezuela como visitante. El caso es que Bolivia no pudo empezar peor el actual proceso premundialista. En los últimos cuatro meses nuestro representativo ha sufrido más goleadas que en casi tres décadas. Seis derrotas (cuatro por goleada), un empate y un triunfo marcan el registro de coyuntura. A ello se suma un polémico cambio de técnicos, una mafiosa guerra dirigencial y el desarme del equipo base, incluidas tres sonadas renuncias. Si añadimos nuevas disputas y lesiones, sólo pareciera quedar como opción para el aficionado taparse los ojos antes del siguiente partido eliminatorio. Pero bueno, la esperanza queda, y, claro, los milagros, las sorpresas que da la vida, etc.Como sea, si alguna vez se pensó que el fútbol boliviano no podía tocar más fondo, el riesgo que hoy advertimos parece demostrar lo contrario. Si algo ultra catastrófico le pasa a la selección, no será ni de lejos culpa de los futbolistas o el entrenador. Baste para desmentirlo el brillante paso del ex técnico de la verde, por el fútbol de Ecuador. O quede vigente el talento de más de uno de nuestros futbolistas que juegan en el exterior, no por nada se los llevan. La crisis del fútbol boliviano, en virtual exhibición internacional por la coyuntura de la eliminatoria, constituye otra de las grandes miopías de la década. No hubo espíritu de unidad ni sensatez ni en autoridades, ni mucho menos en dirigentes, y se dejó que se precipite imparablemente. Sin buscar modelos más lejos, en todo el entorno sudamericano, en países de lo más disímiles política y socialmente, surgieron ejemplos de trabajo. Nadie los tomó en cuenta de manera seria y decidida. Pese a ser un país eminentemente futbolero, donde el que más y el que menos, disfruta este deporte, primó una absoluta irresponsabilidad organizativa. Muy probablemente se viene un nuevo golpe y más duro para el deporte más popular del país, y no sólo pensando en el próximo partido. Ya es difícil saber si de tantos, este golpe ya duela en el endurecido cuero de la dirigencia y las autoridades. Y a estas alturas resta la esperanza en salvar algunos puntos y en que, ojalá, este editorial resulte sólo una marcada exageración.


