La Isla de la Libélula: La libertad de Samanta

Así tomó una chalina, un suéter, un buzo, un abrigo y unas alpargatas. Se hizo un moño y salió rápidamente a la acera de su casa, no sin antes agarrar una escoba. En sus fachas cualquiera de sus mejores amigos de la universidad habría pensado que salía a dar una vuelta como toda una bruja...

Así tomó una chalina, un suéter, un buzo, un abrigo y unas alpargatas. Se hizo un moño y salió rápidamente a la acera de su casa, no sin antes agarrar una escoba. En sus fachas cualquiera de sus mejores amigos de la universidad habría pensado que salía a dar una vuelta como toda una bruja y esa idea la hacía sonreír aunque a la fuerza.Mientras barría-a su loca manera- recordaba su infancia y aquellos días en los que no había problemas o al menos ella los ignoraba.  Muchos de sus amigos habían intentado convencerla de que la libertad es un abanico de opciones limitadas. Sin embargo, ella siempre insistía en que era más libre que una libélula. De eso pasaron cinco años y ahora comprende que no puede ser tan libre como quisiera y sin dudarlo eso le pesa. Hoy es uno de esos días en los que Samanta haría todo por volver a sus 18 años, a aquellos días cuando podía sentarse en la acera sin preocupaciones, leerse un poema y soñar despierta con cada verso.  Pero el tiempo ha pasado y no hay duda de que Samanta reniega de su cautiva condición… sin embargo, desde hoy ha decidido jugarse sus mejores cartas con la estrecha libertad que le otorgan los días… Ya son las seis de la mañana y ha terminado su tarea matutina. Samanta entra a su casa, se quita la ropa mojada, se pone un viejo deportivo y busca desesperada entre sus antiguos libros, de entre éstos saca un empolvado poemario, lo toma y sale inmediatamente a su acera. Se sienta, lee el primer poema y en media lectura el rington de su celular interrumpe su paz. Ya sabe que debe irse a continuar con sus labores diarias. Y así, con una sonrisa resignada, guarda su libro, se lava la cara y ya está lista para afrontar su día.


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