Tesoros escondidos

La edad más indicada para hacer fortuna con ellos es la adolescencia, pero resultan también muy valiosos en la infancia, y en cualquier etapa de la edad adulta. Tienen la virtud de refrescar las espesas, sofocantes siestas del mes de agosto, como sabrían calentar las largas noches de invierno...

La edad más indicada para hacer fortuna con ellos es la adolescencia, pero resultan también muy valiosos en la infancia, y en cualquier etapa de la edad adulta. Tienen la virtud de refrescar las espesas, sofocantes siestas del mes de agosto, como sabrían calentar las largas noches de invierno si alguien pudiera disfrutarlos en una casa que no estuviera cerrada. Yo lo sé porque los busqué, los encontré hace muchos años y los poseo todavía, los poseeré por siempre jamás. Otros tesoros se gastan, se agotan, procuran una felicidad efímera, un placer transitorio. Mi tesoro, en cambio, es inmortal. No sabe marchitarse. En la casa donde pasé los veranos de mi infancia había muchos libros, una biblioteca de estación, más bien de aluvión, volúmenes amontonados durante años sin orden ni concierto. Recuerdo novelas de Simenon, de Agatha Christie, best sellers de los setenta del siglo, muy famosos entonces. Todos los veranos vuelvo a sentir la llamada de la selva, el eco de los tambores que suenan al pie de los volcanes, el estruendo de las trompetas que preceden a las cargas de caballería. Todos los veranos vuelvo a leer, al menos, uno de aquellos libros.


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