El deshumanizado trabajo humano

Es cierto que el trabajo forma parte de la literatura de la vida. Uno va injertando sudores en el cuerpo hasta descubrirse como obrero e intimar con el más recóndito lenguaje del hacer. Por la existencia perennemente hay que hacer algo, es ley de vida. Ganársela para merecérsela, que se dice....

Es cierto que el trabajo forma parte de la literatura de la vida. Uno va injertando sudores en el cuerpo hasta descubrirse como obrero e intimar con el más recóndito lenguaje del hacer. Por la existencia perennemente hay que hacer algo, es ley de vida. Ganársela para merecérsela, que se dice. Al fin y al cabo, siempre es lo mismo, el amor que pongamos es lo que importa. “Dichoso el que gusta las dulzuras del trabajo sin ser su esclavo” —dijo Benito Pérez Galdós—, y cuánta razón tiene. Aunque empieza a despuntar lo saludable que es la conciliación familiar, aún no suele pasar de ser un mero pregón político, puesto que está muy enraizado el servilismo en la sociedad, y la oferta del indecente trabajo en el mercado laboral. Consecuencia de todo ello: que una parte de la engañada clase obrera no puede coger el sueño porque su trabajo pende de un hilo y la otra, sumida en la desesperación, acrecienta las estadísticas de los brazos hundidos. Otros y unos, unos y otros, se ahogan en la insatisfacción y el desespero. Esta es la triste realidad, la única verdad, por más que quieran taparles los ojos con metáforas siderales.


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