La Isla de la Libélula : La niña

sus negros y ondulados cabellos gritaban bajo los efectos del duro fijador, las tiernas uñas de sus manos, por primera vez,  habían sido pintadas de rojo carmesí y como para darse el toque final se puso unas enormes pestañas, se   enfundó en su blanco guardapolvo y se trepó en dos...

sus negros y ondulados cabellos gritaban bajo los efectos del duro fijador, las tiernas uñas de sus manos, por primera vez,  habían sido pintadas de rojo carmesí y como para darse el toque final se puso unas enormes pestañas, se   enfundó en su blanco guardapolvo y se trepó en dos enormes tacones de alfiler que se había comprado su madre. A sus once años se disfrazó de lo que quería ser: “una mujer”, como ella manifestaba. Ese día caminó por las angostas y desgastadas calles de la ciudad y a fuerza de tropezones y de miradas indecentes llegó al colegio. Cuando la vio la maestra; de inmediato, llamó a la casa de la niña y entre risas y burlas de sus compañeros se la entregó a su madre.Su madre al verla no la regañó, corrió hacia ella, le despintó el rostro, le sacó los tacones de alfiler, la alzó en brazos y abrazadas lloraron juntas el precio de su primera coquetería. En ese momento no hubo risas, ni  burlas, el ambiente se llenó  del indulgente amor de una madre que lo perdona todo.


Más del autor