La isla de la libélula Destrucción creadora
Una tarde cualquiera, en un lugar cualquiera; Lourdes y Marcos comprendieron que había llegado ese momento. La jornada irrevocable estaba ante sus ojos. Llorar, gritar, sentir esa impotencia, despedirse, salir corriendo y resignarse al fin…Pero la decisión ya estaba tomada…sus corazones...
Una tarde cualquiera, en un lugar cualquiera; Lourdes y Marcos comprendieron que había llegado ese momento. La jornada irrevocable estaba ante sus ojos. Llorar, gritar, sentir esa impotencia, despedirse, salir corriendo y resignarse al fin…Pero la decisión ya estaba tomada…sus corazones cansados no hallaron la salida y exprimían petróleo de sus venas, sus ojos se apagaron por las palabras que dormían en sus cabezas y los sueños se les cayeron como arena de las manos porque ellos decidieron abrirlas. Entonces, se tomaron del brazo, caminaron por entre los árboles de un gran bosque, se sacaron fotografías, se dijeron que se amaban locamente, tallaron sus iniciales en el tronco de un árbol como cuando tenían quince años, y entonces vivir sí importaba… Pero cuando la rutina terminó y se vieron a los ojos se dieron cuenta que odiaban por haber amado tanto y morían de amor cada vez que odiaban. Sus almas estaban hundidas en una decisión, y rondaban alrededor de ellos suplicantes…pero ya era tarde…Ambos se sumergieron en sus errores y magnificaron sus tropiezos sin mirar más allá.Al costado de la carretera, los autos pasaban velozmente como si contaran los segundos; rojos, blancos, negros, amarillos... y esto les presionaba aún más. A seis metros y de reojo, un alcohólico miraba a la pareja mientras husmeaba comida entre la basura.Lourdes se sentó en una roca y recordó que en sus pies heridos aún había pedazos de metas y en su vientre una imagen del niño que, ahora, jamás tendría. Esto la acobardaba, pero rápidamente venía a su mente el pasado, los engaños y las dificultades. Entonces…volvía a retomar su decisión. Marcos… sólo pidió acompañarla en su nuevo camino y se repetía a sí mismo que no tenía nada que pensar, pues la había amado tanto que quería irse con ella. Fue así que se sentaron ambos mirando el horizonte surcado por franjas anaranjadas, se abrazaron, se dijeron que se amaban locamente y antes de mirarse a los ojos nuevamente, en un solo tiempo, dos disparos les quitaron la vida.Mil preguntas quedaron en el aire olor a pólvora… ¿Y si los errores tuvieran explicación? ¿Sí podríamos abrir nuestra mente y confiar una vez más? ¿Si podríamos eliminar los prejuicios? Si podríamos hacer todo esto la vida sería más sencilla. Pero la rueda ha girado una vez más, sin tiempo para responder las mil interrogantes.


