Desconfianza y recelo

Cuando, además, se nos dice que va a invertir en exploración petrolera una transnacional que se etiqueta como española y que fue esa, precisamente, la empresa con problemas en un país vecino porque no cumplió con las inversiones comprometidas, el recelo y la desconfianza aumentan.Y,...

Cuando, además, se nos dice que va a invertir en exploración petrolera una transnacional que se etiqueta como española y que fue esa, precisamente, la empresa con problemas en un país vecino porque no cumplió con las inversiones comprometidas, el recelo y la desconfianza aumentan.Y, adicionalmente, ese coro permanente de “fans” de las inversiones extranjeras, que viven clamando porque esas inversiones lleguen a Bolivia, ojalá que sin dificultarles el acceso y mejor aún sin ponerles ningún control. Cuando eso sucede, nuestra desconfianza crece.Porque no somos candorosos y sabemos que las inversiones de capital, donde sea que se realicen, lo que buscan no es el desarrollo social de ese lugar, ni mucho menos, sino simple y llanamente su propia utilidad, la del capital, que así se formó y así creció, históricamente.Por eso no batimos palmas al enterarnos de lo que informó en estos días la agencia oficial de noticias, que “Repsol Bolivia participará en los próximos años en inversiones por 349 millones de dólares en exploración de hidrocarburos”.Hemos tenido muchas malas experiencias con el petróleo, a veces sin que el tal petróleo existiera realmente, porque era solamente imaginario. Entre esas experiencias está inclusive una guerra que no podemos ni queremos olvidar.Precisamente para intentar frenar a esas voraces “Siete Hermanas” fue que aquí, en Latinoamérica, concretamente en Venezuela, donde comenzó la iniciativa de organizar a los países petroleros y liberarlos, por lo menos un poco, de las inversiones privadas. Así nació la OPEP.Y ahora que se supone que estamos mejor organizados gracias a las iniciativas bolivarianas, ahora que hemos “sobrevivido” a varias “nacionalizaciones” de nuestros hidrocarburos, no podemos quedarnos tranquilos cuando vemos que esas sospechosas “inversiones” vuelven a filtrarse.Últimamente llegamos a creer que integraríamos regionalmente nuestras vulnerables políticas mineras y petroleras nacionales, para defendernos un poco mejor de la voracidad de las Siete Hermanas, o de sus primas o sobrinas, que se fusionan, cambian de nombre, pero no de mañas.Y para colmo de males, la mentada “inversión” que estamos comentando, es de una empresa que dice ser de ese pobre país europeo que está más quebrado que un bulto de canela: es decir, de España.De allí, de la península, últimamente solo llegan noticias deprimentes, sobre corrupción en la administración pública, sobre desatinos (por decir lo menos) de la “familia real” y sobre hechos similares, que hacen aparecer la tragedia ferroviaria reciente, relativamente como un “mal menor”.Entonces, con todos esos elementos de juicio, a nadie le extrañará que seamos recelosos con las anunciadas inversiones en el sector petrolero. Pero el recelo no soluciona nada. Habría que organizarse y actuar.Ese es ahora el desafío.


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