El péndulo de la impunidad

sintetizadas en fórmulas de “perdón y olvido” y, en cambio, en todo el mundo, se percibe ahora un enjuiciamiento mayor a las responsabilidades gubernamentales. La condena de Jacques Chirac, el pasado jueves, en Paris, fue una muestra de ello.La condena de Chirac, además, no fue por...

sintetizadas en fórmulas de “perdón y olvido” y, en cambio, en todo el mundo, se percibe ahora un enjuiciamiento mayor a las responsabilidades gubernamentales. La condena de Jacques Chirac, el pasado jueves, en Paris, fue una muestra de ello.La condena de Chirac, además, no fue por crímenes de lesa humanidad, que suelen provocar juicios espectaculares, sino por “simple” malversación de fondos públicos y abuso de confianza, algo que es rutina en muchos países. (Y el que esté libre de culpa que tire la primera piedra).Chirac declarado culpable de malversación de fondos, abuso de confianza y prevaricación, porque doce años atrás, cuando era alcalde de París, el Ayuntamiento contrató a varias personas para trabajar en esa institución, pero, según la acusación de la Fiscalía, fueron utilizadas para labores en el partido Agrupación para la República, fundado por Chirac.Jacques Chirac, según quienes lo conocen, lo ha sido todo en la historia más reciente de Francia. En 1968 fue secretario de Estado con Pompidou; luego, primer ministro con Giscard y, después, con Mitterrand; pasó por la alcaldía de París (entre 1977 y 1995) y llegó a la presidencia, que ejerció entre 1995 y 2007. Fue una eminencia.Pero una eminencia de pasado turbio. Siendo presidente se libró del banquillo cuando saltó el escándalo (Alain Juppé, estrecho colaborador suyo, fue condenado en 2004 por un asunto similar a 14 meses de prisión, que no llegó a pisar nunca: ahora es ministro de Exteriores). Chirac se libró del oprobio cuando los fiscales decidieron retirar los cargos. Pero fue una impunidad efímera, porque otros jueces, los de un tribunal ordinario, consideraron probados los hechos y lo sentenciaron a dos años de prisión exentos de cumplimiento por su edad avanzada. Chirac, de 79 años, se convirtió así en el primer exjefe de Estado francés condenado por la Justicia. Un buen ejemplo, del que debieran tomar nota los jueces de varios países.Y no solo los jueces ordinarios, sino también aquellos que manejan los delitos gubernamentales como “persecución política”. Los delitos gubernamentales ajenos, por supuesto. Y por eso han podido “descansar en paz”, entre otros, dictadores como Pinochet, Stroessner o Banzer, mientras algunos no descansan sino que aún disfrutan de sus rentas mal habidas, como Goni, Bombón y otros que conocemos muy de cerca.Seguramente el “caso Chirac” provocará muchos más comentarios e inclusive ya aparecieron algunos tratando de encontrar paralelo entre él y el dictador panameño Manuel Antonio Noriega, que es muy distinto, porque este último fue durante muchos años aliado de los estadounidenses, hasta que dejó de serles útil y acabó como ya todos saben: con condenas en Estados Unidos, en Francia y ahora en su natal Panamá. Ese es un caso también digno de estudio pero distinto al de Chirac

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