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La revancha de Jaime Paz Zamora

El expresidente se "auto exilió" en Tarija y siempre tuvo la sensación de que lo jubilaron demasiado pronto

Nacional
  • Jesús Cantín
  • 26/10/2025 00:00
La revancha de Jaime Paz Zamora
La revancha de Jaime Paz

Habré entrevistado a Jaime Paz Zamora media docena de veces. Alguna en patota en la plaza por su cumpleaños del 15 de abril o el aniversario de la matanza de la calle Harrington. Un par de veces por teléfono sobre temas internacionales muy puntuales sobre los que quería hablar, como el tema del mar, y una vez en El Picacho, su cuartel general, su casa de campo en las tierras de Méndez que convirtió en residencia fija tras dejar la Presidencia en el 97 y donde un día se vio más o menos atrapado para siempre con esa sensación de que le quedaba al menos una década para dar.

Fue la primera vez que lo veía. Hará quince años, recién haciendo armas de notero en un país que no era el mío y que era complejo de narices. Su hijo Rodrigo Paz acababa de desembarcar en la presidencia del Concejo Municipal de Cercado después de dos legislaturas movidas en el Congreso. Un cambio de aires propicio quién sabe si para que Jaime le diera sentido al “exilio” más raro de los que vivió o para seguir preparando “el camino” hacia un objetivo muy ambicioso.

A los 70 años un político sudamericano está en plena forma, pero la política de los partidos había temblado de tal manera en los albores del siglo XXI y la irrupción del MAS había tenido tanta fuerza que uno de los principales protagonistas de la política boliviana del último tercio del siglo XX, resistencia incansable de las dictaduras, vicepresidente de la UDP, presidente del MIR cruzando charcos de sangre y  promotor de innumerables iniciativas para conectar a Bolivia con el mundo, había quedado encerrado en el sur del país, en Tarija, la tierra que no lo vio nacer – porque los hijos de militares nacen donde pueden – pero que siempre fue su lugar en el mundo.

Paz Zamora ni siquiera había logrado ganar la prefectura de Tarija en 2005 - primera vez que se elegía por voto popular -, y cuya aventura ya había sido una suerte de degradación para un ego presidencial destacado como el de Jaime. Tras encajar la derrota y sufrir algunos otros momentos personales difíciles – y también vitales, como el ensanchamiento de su familia – mi jefe de entonces, que había sido cuate de Rodrigo de toda la vida – o al menos en sus estancias en Tarija, y hasta su suplente en una de las dos legislaturas de diputado que ganó, consideró que era buena idea sacarlo del ostracismo, o al menos entretenerlo un rato: “hablen del accidente de avión” me encargó.

Nos fuimos hasta el Picacho en taxi trufi con mi fotógrafo, que había sido más bien adenista de toda la vida. El internet de 2011 no era el de ahora ni había IA. Apenas Wikipedia. Tampoco es que tuviera mucho tiempo en aquellas épocas en que el periodismo se hacía sin WhatsApp y se hacían horas sin talento en las puertas de la Asamblea. Charlé con mi suegro, con mi suegra, anote un par de cosas y allá que fuimos. Había llegado hasta aquí unos años antes y había estudiado el MAS, al Evo, al “Lineras”, las cosas de 2003, la Guerra del Pacífico, la del Chaco y la colonia más o menos; el MIR obviamente no era mi especialidad.

-          “Lo de que ganó el tercero”

-          ¡Ah! Ok. Anotado.

Llegamos, tocamos, pasamos. La inconsciencia es atrevida. O la ignorancia. Jaime nos recibió en pantalón cortos en su porche con bancos de madera con el pedrusco del río que da nombre al lugar al fondo. La señora del jugo se acercaría 250 veces. Jaime Paz siempre habló como si la Bolivia moderna empezara con él. En el avión no quería extenderse demasiado así que despachamos la entrevista en diez minutos mientras nos mostraba el ala del avión – creo recordar – que aún conservaba. Desde la entrada había olido mis zetas así que nos pusimos a charlar de Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero y un incipiente Podemos que venía a revolucionar la izquierda europea.  De cada una salía un hilo de descrédito hacia un MAS y un Evo Morales a quien consideraba de alguna manera un usurpador.

Su pasión por la política internacional siempre ha sido extraordinaria. Una vez, unos años más tarde, llegó una amiga francesa nacida en Etiopía y nos lo encontramos en Pizza Pazza, le dijo que era fan de Mitterrand y para que queremos más. Charlaron de la bomba atómica, del mayo del 68, de Angola y del Che en no sé qué idioma. El uno en su salsa, la otra alucinando de que un presidente saliera de copas sin seguridad ni nada.

Mi fotógrafo se empezó a cansar de las batallitas con Fujimori, de la negociación de la hidrovía, de San Alberto y San Antonio y de que casi todas las cosas que hubieran pasado en Bolivia tuvieran el sello de Jaime Paz, según su relato. Jaime estaba particularmente orgulloso de vivir en una hacienda sin muro perimetral ni seguridad del Estado. “El único expresidente del mundo” repetía con orgullo sin que ni él ni yo tuviéramos especial interés en corroborar ese dato.

El Picacho siempre ha sido un escenario legendario. Negociaciones, farras, conspiraciones. Jaime, de presidente, bajaba a caballo a recibir a Carlos Menem en el aeropuerto Oriel Lea Plaza y cabalgaban de regreso al Picacho ante la expectación de la gente. Gobernó Goni, gobernó Banzer. Más negociaciones, más fiestas, más reuniones y llegó el MAS. El tiempo fue pasando y el MAS no. Las fiestas se acabaron, las negociaciones prácticamente también. Las reuniones acababan en punto muerto: el MAS no se iba.

Jaime hablaba sin parar, y entre críticas y razonamientos metía el “entronque histórico”, su tesis política para la redención de Bolivia entroncando la revolución nacional del 52 con el marxismo y la Izquierda Revolucionaria (socialdemócrata) del MIR y que Evo no entendió (aunque la practicó después). Me fui con harta tarea para casa y la sensación de que aquel hombretón no estaba donde quería estar pero que no le quedaba más remedio que seguir contando aventuras para reivindicar su propia historia.

“Este quiere ser presidente” farfulló mi compañero fotógrafo de vuelta en el trufi.

Unos años después, en 2014 plasmó una suerte de primera candidatura de su “entronque” entre lo que quedaba del MIR (el UNIR de Montes en Tarija) y los supervivientes del MNR (con Johnny Torres de jefe nacional), ni más ni menos que con Tuto Quiroga como candidato. El ensayo no salió bien, pero tampoco mal. Jaime recuperó vitalidad y vigencia, se metió después en el equipo de voceros de la demanda marítima en La Haya y hasta se lanzó a por un último baile en 2019, justamente con el PDC y con una propuesta no tan distinta a la que ha encarnado su hijo en este viaje, aunque acabó cediendo la sigla a Chi Hyun Chung ante la imposibilidad de la empresa.

En paralelo, Rodrigo Paz, que había hecho algo de base territorial en las interminables reuniones del Concejo Municipal, se hizo alcalde en 2015 con la venia de Óscar Montes para acabar curtiéndose en las artes de la política con los enorme cantidad de problemas que gestiona un alcalde cada día y el cuero que se forja al sacudirte a tu (otro mentor) al que le quedaban muchos más hálitos de vida de los que se imaginaban.

Jaime seguía queriendo ser presidente, pero también Rodrigo. Tanto monta, monta tanto.

En 2020, en cuanto vio una puerta abierta, Rodrigo se fue como senador de Carlos Mesa. Cinco años para resignificarse como senador y actor político nacional mientras la vieja guardia del MIR seguía persiguiendo el sueño de recuperar el poder y asumía que el plan B era ya el plan A.

Cerimedo, el “profesor de la hija de Rodrigo” con quien se reunía casualmente en el Tinto de La Paz sentenciaba  en televisión argentina el otro martes que habían “reventado a Durán Barba”, pero nada hubiera sido posible sin la piedra angular de Jaime Paz Zamora, que no es solo estrategia o conocimiento, sino un ego y una convicción que ha sabido transmitir.

El Picacho volvió a ser importante. El “Hasta la Victoria Siempre” con que cerró la informal campaña de primera vuelta en redes para su hijo cuando todo era más liviano y sorprendente fue algo así como el colofón. La oración en la capilla antes del día D, el último empujón.

El domingo 19 de octubre padre e hijo votaron juntos en las tierras de Méndez y marchó a La Paz. Al filo de las 22.00 Rodrigo apareció en el atril escoltado por su esposa y sus hijos.  Quizá nerviosos.

A esas horas, el viejo Paz que derramó lágrimas al conocer el resultado oficial ya estaría delineando planes y retomando proyectos donde los dejó hace más de tres décadas. El Paz Zamora padre es hoy un hombre feliz; el Paz Zamora político, que siempre sintió que le habían arrebatado algo también.

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