Lucho Aldana y el violín en la cueca chapaca

El violín es un instrumento de conquista, “tiene un poder de subyugar bárbaro”, y quien mejor para decirlo que Luis Aldana, don Luchito como se lo conoce aquí en Tarija. Él mismo fue subyugado por el violín antes de los seis años, cuando vivía en la comunidad Quebrada de Santa Rosa, donde nació. “Tenía un vecino que después de trabajar en el campo, por las tardes, sacaba su violín y tocaba temas de la región. Siempre que lo hacía yo iba a escucharlo, a veces con permiso de mi papá, a veces sin permiso”.
Ese campesino lugareño, Eliodoro Rodríguez le fabricó su primer violín, “uno chiquitito, com’ pa’ que yo toque”.


Así fueron sus inicios con el violín, un instrumento que luego se convirtió en su sello personal, una vez que se dedicó a tocar profesionalmente.
“El violín no necesita maestro para aprender a tocar, solo necesita talento. Si no hay talento no se puede”, asegura y comenta que antes, todos aprendían a tocar el violín mirando.
Más adelante, cuando ya tenía 9 o 10 años, su fama de violinista motivó que para las celebraciones campesinas vinieran a solicitarlo para amenizar las fiestas. “Hemos venido para que nos preste a su hijo para que toque el violín, no hay quien toque”. Mi papá sólo les encargaba que no me vayan a hacer tomar. Yo feliz tocaba, pero los campesinos para que no me duerma me daban canelados y siempre volvía a la casa medio entonado, no sé cómo no me volví consuetudinario”.
En el Chaco siempre hubo sequía, desde que don Luchito recuerda, esa región ganadera sufrió los embates de la falta de agua por lo que era muy común sacar al santo en procesión porque el santo asoleado hace llover”, en esas ocasiones igual lo buscaban para que toque las marchitas religiosas que se tocaban durante las rogativas, que invariablemente incluían el bombo y el violín. A los 18 años dejó su vida campesina y se fue a hacer el cuartel a Villa Montes, recuerda que, en esa etapa de su vida, igual el violín estuvo presente en su actividad de recluta. “Vino un contingente de Sucre y los soldaditos tocaban el charango y yo el violín, y causábamos admiración cada que tocábamos”.


Aldana siguió tocando el violín, aunque siempre prestado, porque su pequeño violín, el primero que poseyó acabó destruyéndose por el paso del tiempo.
“Me dan ganas de llorar cuando me acuerdo…”, comenta cuando recuerda que cada que su violín se arruinaba o rompía, don Eliodoro se lo componía, usaba una planta que se llama orquídea y que crece en los árboles como una planta parásita, de allí sacaba lo que se conoce como “choclo de mono” una parte de la planta que se ponía a la calda del fuego y se usaba para pegar. “Con eso me lo pegaba mi violín cada vez, pero cuando me hice grande me fui olvidando y al fin se destruyó”.
Una vez profesional y antes de formar parte de Los Montoneros de Méndez, don Luchito se dio cuenta de que aprendió a tocar con “graves errores” y decidió “autoinstruirse”. “Me compré métodos y aprendía desde la forma correcta de agarrar el violín, me costó muchísimo” asegura el músico.
Según explica, el manejo del arco es lo más difícil de lograr “el que lo logra puede amansar indios”, ilustra.
Hubo un momento en que le daba vergüenza agarrar mal el violín y el arco. “Yo era de esos que agarran el arco com’pa’ garrotear perros”, cuenta y muestra como apoyaba el violín en el pecho y agarraba el arco con el puño cerrado.
Don Lucho perfeccionó su manera de tocar el violín pero considera que su manera de tocarlo es criolla “A la gente le gusta más lo que yo toco que lo que tocan los jóvenes que han estudiado música, y bueno, con tal que haga bailar…qué me importa”, dice con su habitual sentido del humor.
Su primer violín le costó tres sueldos y era uno de fabricación checa, se lo trajo de Europa Jacinto Ojeda, padre de la Catedral de Tarija, quien una vez lo oyó tocar y se ofreció a comprárselo.
Los Montoneros de Méndez
Es así que, por el año de 1967, Lucho Aldana, ya en Tarija, pasa a conformar el grupo los “Montoneros de Méndez”. “Como yo no tengo buena voz para cantar…entonces yo entré a tocar el violín, tocaba cuecas, chacareras, todo”. De este modo se creó la introducción para la cueca con el violín. “Nilo Soruco, Hugo Monzón, ellos comenzaban a puntear con la guitarra, y yo le hacía la introducción con el violín, eso era desconocido para ellos”.
Esa fue una innovación importante a la cueca chapaca, que nunca antes se tocó con violín y que causó mucho impacto en aquella época. “Nosotros somos los pioneros en esto, aunque se rasquen- sentencia-. Esto impactó positivamente en el público, en la gente, pero no en los críticos que nos decían: “¿Y ustedes por qué pu’ tocan el violín…acaso no saben tocar guitarra? Y Hugo Monzón que era el más pensador les decía: ¿Y ustedes por qué no tocan el violín, acaso no saben tocar el violín?”
Los Montoneros de Méndez no sólo fueron pioneros en la introducción del violín a la cueca chapaca sino también en la forma de hacer sus presentaciones. “Nosotros hemos sido los primeros en bailar en público, zapatear la chacarera, eso antes no se hacía”.
Además, Aldana considera que Los Montoneros de Méndez le han devuelto la identidad chapaca a los tarijeños. “Antes ‘chapaco’ era un gentilicio para denominar a la gente del campo y era ofensivo, ahora con que gusto dicen: soy chapaco, y con orgullo”.
El grupo folclórico se fundó en 1967 y rápidamente se hicieron conocer por el público a nivel nacional. “Después de un festival en Oruro fuimos a grabar a La Paz, vino Discolandia, nosotros no fuimos a ofrecernos, ellos vinieron y fuimos a La Paz y mientras grabábamos hemos aprovechado para tocar en las peñas, ¡Huy, nos hemos llenado de plata, las peñas llenitas!
En 1971 fueron invitados a Chile a donde fueron a grabar un disco con todo pagado. Allí les pasó algo curioso cuando buscaban un auto que los lleve a Arica, se encontraron con un chofer muy amable que se ofreció llevarnos. Una vez que llegaron se dieron cuenta de que uno de ellos, Samuel, se había olvidado su maleta en el vehículo.
“No sabíamos qué hacer y hemos recorrido Arica buscando el auto y de pronto lo hemos visto y el Lamparita (Samuel), quería hacerlo parar y se ha lanzado un clavado delante del auto. El chofer ha frenado asustado, que pasa, qué pasa. La valija seguía ahí atrás, él ni se había dado cuenta que nos habíamos olvidado”.
Posteriormente recibieron una invitación para participar en las “Melodías de Verano” en Rostov, en la ex Unión Soviética. Allí estuvieron dos meses tocando y recorriendo el país. “Cuando llegamos, todo bien, fríamente calculado, en el aeropuerto de Moscú nos esperaba un intérprete, pero resulta que en Rostov había tormentas eléctricas así que nos explicó que nos íbamos a atrasar dos horas, así que cuando llegamos a Rostov no había nadie esperando, todos estaban en el concierto. Nadie nos explicaba nada. Esperamos un rato y nada…nadie hablaba ruso, Nilo un poco, pero nadie le daba pelota, al fin había que hablar fuerte para ver si alguien sabía castellano y andábamos gritando: Queremos ir al baño… ¿Dónde es el baño para ir a meyar?… por todo el aeropuerto, y nada. (…) Al fin apareció un rusito que nos entendió un poco y llamó para averiguar y luego nos mostró en su reloj, así con señas, la hora en que vendrían por nosotros y nos quedamos a esperar, pero las chicas ya estaban llorando”.
“A esa hora en punto vinieron y nos llevaron al festival, llegamos y todos cenando, ahí había una mesa que decía bolivianos en ruso. Ahí se nos ha hecho la gloria, hasta las rusas se enamoraban de nosotros, y nosotros… ni como declararse”.

El canto social durante las dictaduras
Una de las principales características de Los Montoneros de Méndez fue su identificación como un grupo que expresaba a través de sus canciones la protesta social.
“Nosotros éramos mitad canto a la florcita y mitad canto social”, explica para hablar de la vivencia del grupo durante las dictaduras que soportó Bolivia en las décadas de los 60, 70 y 80. “Nuestra casa era la DOC donde ahora está el Cabildo, nos detenían, querían llevarnos a La Paz, mi mujer organizaba grupos de mujeres y se oponían a que nos lleven y nos soltaban, a los días o semanas otra vez venían: ‘póngase su paletó porque no los vamos a llevar, decía, otra vez”.
Pese a ello siguieron con su actividad musical. “Hemos hecho giras en plena dictadura, una vez en Potosí nos han detenido, los mineros se han enterado y han venido y casi se lo han comido vivo al jefe del DOC, hasta que nos han hecho soltar”.
En otra ocasión estuvieron de gira por Camiri, lugar donde cantaron “La guerrillera”, antes explicaron que hablaban de la época de la independencia, pero igual, al día siguiente fueron detenidos. En ese lugar estaba también Regis Debray, el francés que colaboró con la guerrilla del Che. Allí nos han tratado bien, nos han invitado empanadas y cervecitas, nos han hablado mal de Debray, nos han dicho que por qué cantamos la guerrillera, que saben que no es de esa guerrilla, que sigamos nuestra gira, pero prohibido cantar esa canción y nos han soltado”.
Aparte del indudable aporte del grupo a las luchas sociales de la época, Lucho Aldana concluye destacando la labor de Los Montoneros de Méndez en el rescate de la música tarijeña, llevándola a todo el país, de modo que hoy, en toda Bolivia se baila la chacarera y otros bailes tarijeños.

El poder subyugador del violín

El violín juega un papel muy importante en la vida campesina del Chaco tarijeño, ligado indisolublemente a la invasión, ya que según Lucho Aldana, fue el instrumento que con su melodía permitió conquistar a los guaraníes.
Los Incas intentaron conquistar a los guaraníes y no pudieron, luego llegaron los españoles y vencieron a los Incas, pero tampoco pudieron conquistar a los indígenas del Chaco. “Los españoles entraron con sus arcabuces y no pudieron, la flecha podía más, pero luego vinieron los jesuitas y entraron con la Biblia y el violín”.
Según Aldana, los indígenas escuchaban en la noche el violín y poco a poco se fueron dejando conquistar, a través de la religión católica. “Los españoles amansaron a los indígenas con el violín” y tanto fue así que cuando establecieron las misiones, los jesuitas “mezquinaban los indígenas a los españoles que querían llevárselos para que sean sus peones”. Durante muchos años, en el Chaco, la gente del campo tocaba el violín, lo fabricaban ellos mismos, según querían, “del tamaño que querían, no tenían una medida” y generalmente lo tocaban por las tardes, después de concluir las labores del campo.
“En aquellos tiempos, la gente tocaba el violín siempre en las fiestas campesinas, se escuchaba la caña, el erque, pero también el canto, las coplas, en cambio hoy uno va y de gana lleva el violín, porque ahí está la grabación y los parlantes”.