La migración en Tarija fue un pan de cada día desde antaño y hoy aún tiene una fuerza importante debido a la falta de empleo y al poco incentivo agrícola. Antiguamente, en la Tarija de antaño, el problema se centraba en la falta de centros de formación profesional, empresas, fábricas o actividad económica. De acuerdo a Lucía Méndez, quien tiene ya 90 años, tiempo atrás pocas eran las opciones de capacitación.

De esta manera de acuerdo a lo escrito por Agustín Morales Durán -en su libro “Estampas de Tarija”- el más valioso material humano constituido por la juventud en todos sus niveles (intelectuales, estudiosos, obreros, artesanos y campesinos) tenía que forzadamente buscar otros horizontes. El objetivo era encontrar un mejor porvenir, privando a la ciudad y campiñas circundantes, así como a los pueblos de provincia, de lo más preciado de su población.

Esto sucedía ya desde antes de la Guerra del Chaco, pero según Morales después fue mucho peor, pues los contactos con otras personas incentivaron mayores ansias de superación y nuevas necesidades en los jóvenes. Esto a pesar del amor a Tarija, forzó a dejar la tierra.

Cuentan también que aquel contingente de muchachos que no podía llegar al bachillerato en el único establecimiento existente tenía que acudir a los pocos talleres para aprender un oficio, que también eran limitados, pues aparte de sastrería, zapatería, carpintería y peluquería, había uno o dos más, a lo mucho.

Por lo tanto en esas épocas (1930) los padres tenían que pagar a los maestros; carpinteros, sastres y demás para que enseñen a sus hijos el oficio. Según cuenta Lucía una vez aprendido esto migraban hacia Salta o Jujuy, donde había mayores oportunidades. También resultaba común entre la gente artesana y de modesta clase migrar hacia aquellas ciudades o provincias, para no retornar.

Ésta era una de las causas por las que poco aumentaba la población por esas épocas. Muchos migraban a Buenos Aires y La Plata, para ingresar a sus universidades que gozaban de prestigio; otros pocos lo hacían a Sucre y La Paz, mientras que las jovencitas únicamente emigraban a la Capital para ingresar a la acreditada Escuela Normal de Maestros.

Según el escritor esta juventud retornaba para las vacaciones, alegrando la ciudad, pero cuando alcanzaba la profesión de abogado, médico, dentista o profesor que fueron Ias principales, pocos volvían a la tierra, porque sabían de antemano las escasas posibilidades de ocupación que les esperaban.

En lo que respecta al campesinado de las comarcas aledañas. En ciertas épocas del año, especialmente después de las cosechas, aquellas quedaban desiertas, ya que el chapaco sin ningún aliciente de trabajo en su misma tierra corría el riesgo de comerse su escasa producción.

Los campesinos que emigraban trabajaban en Argentina en ingenios azucareros, plantaciones o empresas agrícolas. De acuerdo a Agustín Morales todo este cuadro se mantuvo inalterable hasta la Guerra del Chaco, y fue en el año 1940 cuando las colonias de residentes tarijeños en las provincias del norte argentino y las principales ciudades del vecino país resultaron cada vez más numerosas.

El pasar de los años

Aunque en los últimos tiempos los cambios en lo económico y también en lo político han detenido parte de la migración, en cierta medida el problema continúa, pues la falta de empleo y el poco incentivo agrícola son una constante.

En la actualidad, en todas las comunidades rurales hay gran ausencia de jóvenes. Los motivos que los alejan se centran en la falta de empleo, contrabando que genera competencia desigual a la producción local y mejores oportunidades de estudio.

Muchos de los padres en el campo consideran que sus hijos deben instruirse para tener una vida mejor. “Uno quiere lo mejor para ellos y por eso los manda a estudiar pero luego ya nos quedamos solos”, explica Luisa quien vive en El Saire, una comunidad de la provincia Arce.

Lo mismo ocurre en comunidades como Paicho, Tomayapo y otras de la zona alta de Tarija en las que la migración es muy frecuente y al visitarlas se puede escuchar la queja de los adultos mayores, quienes aseguran que ya no tienen ayuda para cosechar el durazno.