Crónica
Excepción con corolario Cerimedo
El presidente Paz insistió en mostrar a los movilizados como un grupo reducido vinculado al narcoterrorismo, pero no decretó Estado de Excepción
La estrategia de dividir para vencer es más vieja que Julio César, pero el “corolario Cerimedo” aporta unas variables particulares, probablemente no testeadas en entornos reales, que por el momento no le están dando resultado al presidente Rodrigo Paz Pereira, que sigue en pie, aunque ya ostenta récord de “presidencia sitiada” al menos en este siglo.
Después de dos semanas de dar vueltas con la Ley de Estados de Excepción – que se empezó a abrogar el 25 de mayo en la efeméride chuquisaqueña – el discurso del lunes volvió a ser una arenga a la resistencia mientras se incidía en la amenaza prácticamente amortizada por los grupos “de la otra resistencia”, que tras cuatro días de feriado largo (y aprovisionamiento de ambas partes) amanecieron el lunes con más de 80 puntos de bloqueo en seis departamentos.
El “corolario Cerimedo” (el super - asesor personal del presidente y tótem de la guerra digital de la ultraderecha en Latinoamérica sigue muy presente, aunque se entretenga estos días con la post campaña peruana) no solo divide entre “buenos” y “malos”, sino que busca reducir a la población movilizada, que son “los malos”, a un pequeño grupo sin importancia, descrito además por sus vínculos con el “narcoterrorismo” que encarnaría Evo Morales y que los estaría utilizando, es decir “malos y tontos”. El presidente hizo referencia a ese concepto narcoterrorista en 13 ocasiones en su discurso de 19 minutos.
Paz no se guardó nada: criminalizó a “los chapareños” en El Alto y La Paz – aunque luego matizó sobre las organizaciones “limpias” de la región – y apeló al corazón del “comerciante de bien” que quiere vender “su hamburguesita en La Ceja”; también cuestionó que se hable de ministros coordinando con civiles su participación en operativos de las fuerzas del orden – como sucedió en San Julián – e insistió en que hay “demandas legítimas” que quieren atender.
Curiosamente ese grupo tan minoritario lleva más de un mes cercando La Paz sin que nadie los detenga con un solo punto en su pliego: la renuncia del presidente. Nadie pidió “losetas” o “cloacas”, por lo que disponer 100 millones de dólares a préstamo para eso está muy bien, pero no contribuye a solucionar el conflicto.
¿A quién se le habrá ocurrido poner gasolina de Mayaya en un frasco y exhibirlo como el futuro gasífero de La Paz?
La excepción
En dos semanas de trajín, todos los bolivianos han entendido que la Ley que se promulgaba es la que regula los Estados de Excepción – que en palabras simples es lo que permite suspender libertades y disparar -, pero que para ponerlo en vigencia el presidente tiene que firmar un Decreto que parecería que Paz no quiere firmar: “con esto ustedes ya se hacen cargo del plan” les vino más o menos a decir a los militares presentes en ese acto.
Paz habla de paz, de corredores humanitarios y de diálogo. Una y otra vez.
Los apelados
Al que le faltó tiempo para responder fue, obviamente, a Evo Morales que parece revivir recurrentemente aquel día de 2019 cuando aceptó huir a México destruyendo su “leyenda”: apeló a organismos internacionales y volvió a movilizar a los suyos para protegerle. Una cosa es no huir y otra dejarse atrapar. Los interculturales miran a los cuarteles y Evo quiere que el mundo lo mire a él, aunque los bloqueos los protagonizan los Tupac, las Bartolinas y la COB, con quienes gobernó.
Estos últimos no hicieron más declaraciones que las de sus cabildos. Los bloqueos siguen y la demanda no son losetas. La gente de La Paz ha cambiado de estado de ánimo media docena de veces en los últimos 20 días y no hay arenga ni estribillo: todos se cansan.
El otro bloque clave es el cruceño, que observa y observa y presiona. Lo de San Julián no gustó en el Comité Cívico. Y obvio que hay quien está calculando las opciones de reavivar el gran “fantasma” de la secesión. A ambos lados.
La Asamblea tiene poco más que hacer; Policías y militares esperan órdenes; los movilizados están atrapados en lo orgánico de sus decisiones y el Gobierno comunica en sus redes, con su alcance y su resonancia. En algún momento pasará algo. Y no será el Mundial.








