¿Es Rodrigo Paz masista?
La distorsión entre lo que el presidente dice, hace y la gente percibe es grande, y le está pasando factura
Rodrigo Paz ganó la primera y la segunda vuelta en las elecciones presidenciales bolivianas de 2025 tras haber sabido interpretar mejor que nadie la coyuntura política de ese momento: un MAS desahuciado y una alternativa de “derecha” escasamente renovada le abrió las puertas del éxito al acumular el voto esencialmente popular. Los mapas de votación están disponibles en la página web del Tribunal Supremo Electoral.
Paz sumó su “capitalismo para todos”, su “Bolivia, Bolivia, Bolivia, Bolivia”, su legalización de autos chutos, perdonazo tributario, créditos al 3%, su “no soy enemigo de los ricos pero soy más amigo de los pobres” y sus 270.000 kilómetros recorridos por Bolivia en cinco años al potencial electoral de Edmand Lara, genuinamente conectado a esos nichos populares agotados del masismo.
Ni bien empezó a gobernar, Paz rompió con Lara, dejó de viajar por comunidades y su primera norma económica fue liberar a los ultrarricos del impuesto a las grandes fortunas, más simbólico que otra cosa. El gobierno monocolor y “meritocrático” fue dejando pistas sobre sus prioridades. Lara acabó en un container. El voto popular se alejó.
Así, los perdedores de las elecciones le abrieron inicialmente los brazos, pero ni bien olieron sangre, empezaron a exigir: “el gradualismo es un error”, “el shock es necesario”, “liberalizar”, “cerrar empresas”, reducir el déficit”; “despedir masistas”.
Una fuerte corriente de opinión insiste en que Rodrigo Paz es eminentemente un masista camuflado y por supuesto un “zurdo”; mientras su asesor de cabecera e ícono de la ultraderecha continental, Fernando Cerimedo, empuja en la alineación total con Estados Unidos y particularmente, el trumpismo.
Rodrigo Paz efectivamente no es masista aunque tenga buenas relaciones con muchos miembros del MAS, por sus largos años haciendo política en el país. ¿Pero gobierna como masista?
En términos generales, “Gobernar como masista” sería algo así como combinar popularidad electoral, Estado fuerte, redistribución social, liderazgo centralizado, alianzas corporativas y relato épico nacional-popular.
En ese sentido, el gobierno de Paz intenta implementar un relato nacionalista (que topa con decisiones matrices que cuestionan la propia soberanía) y es eminentemente centralista (el gobierno es el que va a dar “la platita” a las gobernaciones y municipios), pero está lejos de tener hegemonía electoral, capacidad para tejer alianzas corporativas más allá de los grandes grupos empresariales; se supone que apuesta a un Estado chico aunque no se hagan reformas de fondo y la redistribución no es prioridad (el bono Pepe es de apenas 50 bolivianos al mes) ya que la mayor parte de la carga recae sobre los sectores populares.
¿Por qué entonces se le acusa de masista? Varios analistas señalan a una combinación de factores, esencialmente en lo comunicacional, pues el presidente es el que lleva el peso y trata de establecer polarización entre “buenos” y “malos” atribuyéndose una superioridad moral que ya fue empleada por el gobierno populista del MAS.
Además, también se señalan factores en la gestión económica: el PGE mantiene datos de déficit y proyecciones de inflación, se ha apostado por un endeudamiento masivo en organismos internacional y se mantienen posiciones cercanas al prebendalismo.
La distorsión entre lo que dice, lo que hace y lo que la gente percibe es grande, y ese puede ser quizá el primer problema (no el principal) que tenga que abordar el gobierno. La indefinición es problemática a la larga.





