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Mediterráneo: El vacío de la polarización
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Estimados y estimadas
En este debate permanente sobre lo que es la democracia y sus contrapesos, los sistemas acaban siendo importantes. Una cosa es votar cada cuatro o cinco años y olvidarte hasta la próxima vez; otra es que el electo sea el que se olvida. En países con sistema parlamentario donde el control al Gobierno es casi semanal, se hace más difícil olvidarse de lo prometido en campaña que en sistemas presidencialistas, como el nuestro, donde las estrategias comunicacionales parecen basarse en rediseñar escenarios incluso agitando fantasmas que apenas respiran.
Hay países con regímenes presidencialistas que tienen sistemas de renovaciones parciales de las cámaras a medio término, como en Estados Unidos o en Argentina. Siendo legislaturas cortas de cuatro años, elegir diputados y senadores a mitad del gobierno permite ajustar los rumbos, incluso aquellos con extremo poder, se ven reforzados o todo lo contrario. No es casual que Donald Trump haya “cambiado de estrategia” con su política xenófoba materializada en el ICE o que Milei tomará ciertas decisiones entre la derrota en Buenos Aires y la renovación del Congreso.
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Hay países, tanto con regímenes presidencialistas como parlamentarios, en los que los parlamentos tienen el poder de remover al ejecutivo, siempre de acuerdo a unas normas y unos procedimientos, sea una moción de censura – como con la que entró Pedro Sánchez al poder en España en 2018 – o una moción de vacancia – como las tantas que se utilizan en Perú cada vez que el presidente no pasa por el aro del Congreso.
En Bolivia no se ha reglamentado nada parecido por el momento, aunque la redacción del artículo 170 de la Constitución permitiría desarrollar una ley ponderando qué se entiende por “impedimento definitivo”, y aunque ese mismo artículo habla del revocatorio de mandato, el procedimiento aún no se ha aplicado con éxito desde que existe la CPE.
En Bolivia tampoco existen elecciones de medio mandato, y las autonómicas se desarrollan apenas seis meses después de la elección presidencial, por lo que generalmente no sirven para evaluar la popularidad del gobierno ni su rumbo, puesto que además, se viene constatando que el factor del liderazgo local es clave en ese tipo de elecciones.
Aun así, el correctivo que ha recibido el Gobierno en estas elecciones ha sido bastante nítido y ni los más alineados de los analistas son capaces de disimularlo. Paz optó por concurrir a una elección donde se disputaba el control territorial sin tener estructura propia y entrando en colisión con su propio relato en el que llamaba a construir un nuevo camino desde la pluralidad. El resultado ha sido el triunfo en Trinidad y Beni y el control de la Gobernación de La Paz escándalo mediante, al retirarse el partido del candidato que debía concurrir a la segunda vuelta.
Paz tiene a su favor el tiempo, y, se supone, un compromiso de no reelección al que no ha vuelto a hacer referencia desde la campaña. Pero en un clima de protesta social creciente con demasiados temas abiertos y no resueltos, los resultados han tocado su legitimidad, que siempre fue de alguna manera prestada. Leer bien los resultados será clave para el futuro de un gobierno que necesita abordar reformas estructurales, que necesariamente deben poner en el centro un planteamiento político de largo plazo (lo que sería la ideología y que Paz niega sistemáticamente) y debe desarrollar táctica y estratégicamente de forma adecuada.
El plan mesiánico y de la polarización radical, convirtiendo a todos los críticos en masistas, y que es el favorito de su asesor de cabecera, el ícono ultraderechista Fernando Cerimedo, no parece estar dando resultados, y en un país donde normalmente se ajustan en la calle los déficits democráticos, será bueno hacer los ajustes pertinentes.
En esa línea hoy complementamos este Mediterráneo con todas las red flags instaladas en Perú, donde de nuevo el conteo se ha vuelto un infierno y la democracia se ha puesto en entredicho; con el “contexto Trump”, donde sus propios aliados empiezan a estar agotados de la imprevisibilidad y también sobre el escenario preelectoral en Brasil.
¿Qué pasa con Trump?
¿Qué pasó?
Empezó como una broma, pero la posibilidad de que fuera viable, justamente, lo ha hecho: Convertir a Trump en un activo tóxico.
El presidente de Estados Unidos inició su segundo mandato como un huracán; la Unión Europea se amilanó; Naciones Unidas quedó netamente desarticulada. La ofensiva arancelaria, el apoyo absoluto a las salvajadas de Israel, la extracción de un presidente dibujado como dictador inexpugnable, el abandono de Ucrania sin ningún cargo de conciencia… todo parecía estar a su alcance… hasta que alguien dijo basta.
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Las ultraderechas nacionalistas europeas ya tenían conflictos internos ante la ofensiva de un Donald Trump abusivo que exigía subordinación con humillación. Orbán, su fiel aliado en Hungría, perdió la elección clamorosamente. El mensaje era nítido y aun cruzó una línea más: los ataques contra el papa León XIV acabaron con la paciencia de Meloni.
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¿Ahora qué?
El impacto global de sus amenazas y decisiones han pasado de ser “contingencias” a ser problemas. La guerra inconclusa con Irán, que no puede ganar y no quiere terminar, ha puesto en aprietos a muchos países sin que además se acepte su participación en la mediación.
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El problema no atañe solo a Europa, Trump ha exigido obediencia en diferentes territorios y particularmente en “su hemisferio”, América Latina, sin que ninguno de los países que se han subordinado a ello hayan recibido contraprestaciones claras.
Y es que el “trato preferente” con Estados Unidos, que se resume en casi nada, incluye también el alejamiento de China como socio estratégico de la región. Si la estrategia se profundiza, muchos proyectos quedarán en stand by sin financiación, y aunque es obvio que el gigante asiático tiene intereses muy concretos en la región de los que también hay que protegerse, hay que tener estrategias de sustitución inmediatas.
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De la migración mejor ni hablamos
¿Y qué hay de lo nuestro?
La Bolivia de Rodrigo Paz fue la última y más entusiasta democracia sudamericana en apostar visiblemente por Estados Unidos, sin que eso haya significado ningún cambio relevante más allá de legión de asesores y expertos que recomiendan hacer cosas. Y Starlink. Y quién sabe si Palantir.
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Trump está hoy pensando en sus elecciones de medio tiempo de noviembre. Paz ya no es una novedad. Los países del entorno empiezan a tomar sus propios rumbos. Bolivia sigue entrampada en su crisis económica esperando que terceros la resuelvan… Y lo cierto es que la inestabilidad de Trump y su particular “seguridad jurídica” verbal no se hace demasiado confiable.
Brasil, el epicentro global
¿Qué pasó?
Brasil lleva meses electoralizado, pero en la recta final, la temperatura va a escalar: Brasil es el actor clave en América Latina; el exponente principal de la izquierda socialdemócrata que de una u otra forma plantea un concierto global distinto dentro del viejo orden (el de la ONU), pero también un peso pesado dentro de los BRICS, que plantea una alternativa con menos ruido pero más viabilidad que otras iniciativas tipo “Escudo de América”, y en esas, todo lo que pase en el corto plazo, hay que leerlo en clave brasilera.
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Por ejemplo, el escenario electoral en Brasil se ha visto alterado por un shock externo: la escalada del conflicto en Medio Oriente —particularmente tras la ofensiva impulsada por Donald Trump y Benjamin Netanyahu contra Irán— que derivó en el cierre del estrecho de Ormuz y una subida global del petróleo.
Aunque Brasil es productor energético, su dependencia de importaciones (alrededor del 30%) lo expone a esta volatilidad. El impacto ha sido inmediato: aumento de costos, presión inflacionaria y deterioro en la percepción económica.
El gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva reaccionó rápido consciente de lo que se venía en medio del intento de reelección: eliminó impuestos, aumentó subsidios, amplió programas sociales y subió el uso de biocombustibles, lo que le permitió registrar un impacto menor.
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Comunicacionalmente se esforzaron por “externalizar la responsabilidad”, pero inevitablemente, crece la percepción negativa sobre la economía y cae la intención de voto del oficialismo siendo el gran favorecido Flávio Bolsonaro.
¿Ahora qué?
Los análisis locales señalan que Brasil entra en una fase de alta incertidumbre política con tres variables críticas: la escasa tolerancia de los brasileros a que las cosas vayan mal; el riesgo a que las cuentas públicas se desestabilicen y aparezcan picos de inflación y que todo esto derive en la lógica del rechazo frente a la adhesión.
Además, Lula enfrenta sus propios límites: su edad, su “transversalidad” que ha incorporado mucha moderación y el peso evangélico se cruzan con la narrativa. En síntesis, se prevé que lo inmediato pese mucho más que lo acumulado.
¿Y qué hay de lo nuestro?
Tanto el momento económico de Brasil como el futuro político impacta en Bolivia. El incremento de precios energéticos, por ejemplo, permite tener mayores márgenes de beneficio en lo poco que todavía se exporta y puede acelerar algunas inversiones, también en lo relativo a biocombustibles.
En lo político, la “impaciencia brasilera” es contagiosa a la esfera regional desde hace varios años: la menor tolerancia social a las crisis, la mayor volatilidad del electorado y el desgaste acelerado del oficialismo, todo ello “planificado” desde estrategias comunicacionales, han tenido a Brasil como campo de pruebas y se ha extendido por el resto.
Pase lo que pase, Brasil seguirá siendo un socio clave para el país en cuestiones netamente económicas (gas, comercio, inversión), pero también sociales (migración, seguridad, etc.)
En conjunto, lo que ocurre en Brasil no es solo una coyuntura electoral: es un anticipo de cómo los shocks globales, la fragilidad social y la política de corto plazo están redefiniendo la gobernabilidad en la región. Bolivia, con menos margen de maniobra, haría mal en ignorar esa señal.
Para seguir: Perú en ebullición
La tensión en Perú va en aumento. La atomización de las candidaturas ya preveía la continuidad de un sistema controlado desde el parlamento, con un gobierno sometido a los designios de los poderes que operan tras bambalinas. Pero va a más.
El 12 de abril concurrieron decenas de candidatos buscando la Presidencia, aunque la atención estaba sobre dos. Keiko Fujimori partía como virtual vencedora pero muy lejos de ganar en primera vuelta, y después aparecía una pléyade de candidatos situados del centro a la ultra derecha con aspiraciones de llegar, entre ellos el alcalde de Lima, López Aliaga.
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Bajo el radar de los grandes medios y encuestadoras, pero no tanto del pueblo llano, había pasado Roberto Sánchez Palomino de Juntos por el Perú, psicólogo social y parlamentario en la última legislatura, que también fue ministro de Pedro Castillo y que, sin alinearse con él, sí expresa las raíces populares del vecino país.
En cuanto empezó a llegar el voto rural, como pasaba en este lado, Sánchez fue despuntando en un conteo que ya va llegando a las dos semanas, convirtiéndolo en un circo, que, además, no parece ser casual.
El agotamiento cívico del Perú es un hecho después de sumar ocho presidentes en dos legislaturas y el voto al mal menor tampoco ha dado buenos resultados. Hasta hace poco el “establishment” apostaba por cualquiera frente al fujimorismo (Ollanta, Kuczynski) hasta que la izquierda se empezó a colar en las segundas vueltas. Castillo venció con todo en contra, obviamente, salvo el respaldo popular; y todo apunta a que, en una segunda vuelta frente a Keiko, principal instigadora de los años de zozobra, el voto se vuelque sobre Sánchez en la segunda vuelta de julio.
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Como si el ambiente no fuera lo suficientemente tenso, la inestabilidad vuelve a asediar al presidente interino, que se niega a comprar unos cazas F16 a Estados Unidos. El motivo, de por sí “sugerente”, ha activado el procedimiento de vacancia (antes se decía por incapacidad moral, pero ahora ya ni importa) y es posible que la cabeza de Balcázar ruede, estableciendo un nuevo récord en la legislatura con cinco presidentes en cinco años.
El motivo de fondo según algunos periodistas locales, podría ser incluso un intento de cancelar las elecciones, que ya tienen su propio escándalo en el órgano electoral.
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Toca estar atentos y no perderse nada. Perú está demasiado cerca y cualquier problema es contagioso.
Para seguir también: Malvinas
Más breve, le pondremos ojo a lo que está pasando en Malvinas. La “buena onda” de Milei y Trump ya ha inquietado a los británicos, cuyo gobierno laborista no se lleva especialmente bien con su socio histórico. La visión de corto plazo de Trump hace el resto.
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