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Mediterráneo: ¿Cuándo la cesión a la amenaza es suficiente?
Este texto forma parte del boletín de análisis que conecta la coyuntura internacional con los sucesos nacionales y que cada viernes (por eso va desfasado lo de Irán) distribuye el director Jesús Cantín. Si quieres recibirlo directamente en tu correo, suscríbete
Estimados y estimadas
Esta semana hablamos de la política internacional en clave de concesiones. Pero también de la local. En un tiempo donde las emociones se regulan por TikTok, todos los pasos deben ser tomados en cuenta.
Un artículo de Pablo Batalla Cueto para El Orden Mundial titulado: Apaciguar a los matones nunca funciona ponía el dedo en la llaga en un tiempo en el que la política internacional se basa sobre todo en exabruptos, atropellos y hechos consumados.
Batalla partía del ejemplo más manido y evidente de todos: el de Adolf Hitler, que pidió los Sudetes, Renania, Austria y la mitad de Polonia, se lo dieron e igualmente estalló la Segunda Guerra Mundial, sin embargo recorre también otros ejemplos míticos, como los intentos de la Inglaterra Medieval de contener a los vikingos mediante el pago de tributos que acabó en ocupación como recuerdan las nuevas series noveladas; Constantinopla y los turcos; la expansión del imperio mongol y el propio Pizarro que traicionó todos y cada uno de los acuerdos alcanzados con sus interlocutores incas para someter esta parte del mundo.
El artículo sirve para interpretar los dos temas de la semana que profundizaremos hoy: la operación anti narco que acabó con “El Mencho” en México y que varios analistas interpretan como una concesión de Sheinbaum para aplacar los deseos de Trump; y también las negociaciones de “paz” entre Ucrania y Rusia, donde básicamente Rusia no muestra ninguna voluntad de ceder en una negociación implacable que no solo parece que va a sonar a victoria, sino que además no cierra las aspiraciones globales de la “Rusia imperial” que siempre existió y que Putin ha reforzado como estrategia política hegemónica en su país.
Las negociaciones solo sirven cuando tienen punto de arranque y punto de llegada, ambas partes la reconocen y en ese marco, se dan las concesiones. Pero no siempre funciona.
Por ejemplo, Rodrigo Paz y Edmand Lara hicieron un acuerdo para ganar las elecciones, y al parecer, no pactaron nada después de entonces, porque se supone que todo estaría claro. Paz le quitó el único ministerio que le dio, le quitó la posibilidad de ser presidente reinterpretando el significado de ausencia y apostando por la gobernanza digital y esta semana le ha recortado todas las funciones asignadas y su presupuesto. Lara protesta y trata de mantenerse en pie, pero en cualquier caso, nada garantiza que ya habrá sido suficiente, pues el objetivo de Paz y su equipo puede ser incluso la desaparición de la institución. Nadie la sabe.
Esto tiene también reverso. El sábado 7 de marzo por ejemplo los presidentes latinoamericanos amigos de Donald Trump están citados para una Cumbre en Florida que Paz “ha aceptado”, pero de la que se desconoce la agenda y sobre todo, el objetivo, aunque se da por hecho que es una suerte de conjura contra China, para expulsarla de la región (donde por cierto empieza a crecer también India, que tiene otros acuerdos multilaterales de interés).
Paz ha empezado cediendo sin contemplaciones para dejar en claro su giro en política internacional: relaciones restauradas, Starlink, DEA, donaciones, apoyo incondicional a Israel, mirar para otro lado cuando las cosas se ponen serias en el Caribe, etc., pero la “contraparte” no está todavía clara. (Considerar que los endeudamientos con CAF, BID o FMI es para agradecer a EEUU no clasifica).
Hay un ejemplo bien cercano y bien gráfico: La Argentina de Milei tomó el mismo camino, con muchísima más fanfarria: viajes, motosierras, intervenciones en foros ultra, etc. En campaña por las legislativas Trump pidió el voto para Milei y exhibió algunos de esos mecanismos (Swap) para garantizar el rescate de divisas en casos de emergencias.
Lo cierto es que le costó poco. Unas semanas después llegó el acuerdo de Libre Comercio (que no es tan libre) que los libertarios defienden a capa y espada y los sectores productivos recelan: se abren sectores estratégicos como la minería, pero también la agroindustria, a las empresas norteamericanas creando incertidumbre…
Bolivia tiene sin duda muchos recursos que interesan a Donald Trump y las empresas norteamericanas, mientras mantiene una fuerte presencia de inversiones chinas. Ante la inminencia de la cumbre, desde gobierno se han filtrado también conversaciones con China para asegurar inversiones y, sobre todo, con Brasil.
En cualquier caso, el marco de la negociación sigue sin estar claro por la parte de Bolivia. Sí por la parte de Estados Unidos: American First. Y Trump se refiere a su América, no a la de Bud Bunny
Los cárteles de México y la presión de EEUU
¿Qué pasó?
Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), fue abatido en un operativo del Ejército mexicano con respaldo de inteligencia de Estados Unidos.
- Lea también: Qué se sabe de la operación que llevó a la muerte de "El Mencho", el narcotraficante más buscado por México y EE.UU.
El CJNG es hoy una de las organizaciones criminales más poderosas del mundo. Surgido en 2007 como escisión vinculada al Cártel de Sinaloa y al Cártel del Milenio, logró una expansión territorial acelerada bajo un modelo altamente centralizado en torno a su líder. Esencialmente controla producción y tráfico de fentanilo hacia Estados Unidos, extorsión en zonas agrícolas y mineras, y posee una estructura paramilitar con alta capacidad de fuego.
- Lea también: Nemesio Oseguera, un fugitivo global
La respuesta fue inmediata: bloqueos, incendios de infraestructura y ataques armados en 20 de los 32 estados mexicanos, con más de 60 muertos y 25 agentes de la Guardia Nacional asesinados en Jalisco, pero quizá eso sea lo de menos en términos políticos.
¿Y ahora qué?
La mano de Estados Unidos detrás de la operación fue visible. Ofrecía 15 millones de dólares por información sobre El Mencho que condujera a su captura y la participación de la Fuerza de Tarea Conjunta Interagencial contra los Cárteles (JIATF-CC), creada este año por Washington, fue nítida.
En términos políticos, aparentemente, el golpe fortalece a la presidenta Claudia Sheinbaum frente a Donald Trump, quien había endurecido el discurso: declaró al CJNG organización terrorista y redefinió el fentanilo como amenaza de seguridad nacional, no solo sanitaria, lo que de alguna forma pretendía allanar el camino para una intervención directa similar a la perpetrada en Venezuela.
- Aquí lo dice El Universal: Mayoría califica como positivo abatimiento de “El Mencho”, revela encuesta; “es el parteaguas de Sheinbaum”: De las Heras
La operación – aparentemente - demuestra voluntad de confrontación con los cárteles y puede frenar —también aparentemente — cualquier tentación intervencionista estadounidense.
Pero muchos analistas muestran dudas en temas estructurales. Por ejemplo, señalan que la estrategia de “decapitación” de líderes suele producir tres efectos no precisamente agradables para la convivencia:
- Fragmentación interna: el CJNG, altamente vertical, carece de sucesión clara. El clan financiero de Los Cuinis pierde influencia frente a jefes regionales.
- Escalada violenta: disputa por el control territorial, similar a la crisis que siguió a la detención de Ismael Zambada en el Cártel de Sinaloa.
- Mayor volatilidad política: el aumento de violencia alimenta el argumento de Washington para una intervención directa.
- Lea también: El Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) una organización dedicada a vender servicios de violencia superlativa al mejor postor
En síntesis: la eliminación del capo no desmantela una red del tamaño del cártel de Jalisco y más bien, puede atomizarlo y multiplicar focos de violencia menos controlables. Pero, además, como señalábamos en la apertura: nadie garantiza que esto sea suficiente para Donald Trump, que pronto reformulará exigencias.
¿Y qué hay de lo nuestro?
Más allá de estrategias comunicacionales, es inevitable evaluar el impacto en Bolivia cada vez que se habla de narcotráfico, por mucho que el mercado del consumo en Estados Unidos esté modificando sus patrones respecto a la cocaína.
Bolivia históricamente ha enfrentado el narcotráfico como problema de interdicción y control de cultivos, pero sin el grado de militarización mexicana. Ni siquiera cuando la DEA operaba libremente. La experiencia muestra que concentrar la política en capturar “capos” no necesariamente desarticula economías criminales si no se atacan las redes financieras, la corrupción institucional y la captura territorial propiamente dicha.
Aunque las exigencias del GAFI para sacar a Bolivia de la lista gris de países que facilitan el blanqueo están sobre la mesa, el Gobierno no las ha puesto en agenda; varios temas relacionados al crimen organizado en los últimos meses - desde las 32 maletas al asesinato de Mauricio Aramayo que provocó cambios en el Senasag – han seguido salpicando a las instituciones, y la irrupción en el Chapare y otras zonas rojas se da prácticamente por descartada más allá de la situación de Evo Morales, por lo que de momento se entiende que se mantendrá la política bajo el argumento de que la intervención violenta engendre más grupos y más violencia.
A pesar de ello, la redefinición estadounidense del narcotráfico como amenaza de seguridad —y no solo sanitaria— abre la puerta a doctrinas más agresivas en la región. Si Washington consolida el criterio de “terrorismo transnacional” aplicado a cárteles, cualquier país productor o de tránsito como es el nuestro está dentro del radar, con o sin cooperación soberana. Los acercamientos entre ambas administraciones tienen la lucha contra el narcotráfico en la agenda o al menos el control del negocio, algo que tendrá consecuencias políticas.
Porque hay una cuestión evidente: En un contexto de restricciones fiscales y menor disponibilidad de divisas, el narcotráfico adquiere peso macroeconómico indirecto. México muestra cómo economías ilícitas consolidadas pueden terminar disputando poder territorial y político al Estado, pero en Bolivia es el propio Estado el que necesita divisas y hace tiempo que este tipo de criminalidad es un asunto estructural, no necesariamente manejado como problema.
México logró un golpe simbólico y táctico. Pero enfrenta ahora el dilema estratégico: ¿más violencia y fragmentación o consolidación estatal?
Para Bolivia, el mensaje es doble: la operación puntual no sustituye a una política integral, pero esta está mutando hacia un “enfoque de seguridad hemisférica” controlada por Trump.
Lo ocurrido no es un episodio aislado mexicano. Es parte de una redefinición continental del problema. Y conviene que La Paz lo observe con atención antes de que la discusión deje de ser teórica.
Rusia en Ucrania: Desgaste y límites
¿Qué pasó?
Esta semana se cumplieron cuatro años desde que Vladímir Putin lanzó la invasión a gran escala de Ucrania en 2022 probablemente con el objetivo de desmontar el Orden Mundial establecido hasta entonces desafiando a la OTAN y modificando grandes flujos comerciales, principalmente energéticos, al mismo tiempo que dinamitaba la agenda verde de la ONU.
Políticos y analistas señalaron en un principio que el objetivo era “una campaña rápida que forzara un cambio político en Kiev”, a quien le habían prometido un ingreso en la OTAN a cambio de desplegar el escudo antimisiles en las barbas de Putin. Cuatro años después, el conflicto se ha transformado en una guerra de desgaste donde todos los grandes acuerdos mundiales están en revisión.
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¿Y ahora qué?
Según el Institute for the Study of War, Rusia controla alrededor del 20% del territorio ucraniano. Sin embargo, en 2025 apenas avanzó un 0,8% adicional. Moscú no ha logrado consolidar completamente el control del Donbás, su objetivo estratégico central.
En paralelo:
- Las bajas rusas comienzan a superar la capacidad de reclutamiento (30.000–35.000 hombres mensuales).
- El esfuerzo bélico absorbe el 7,3% del PIB, que sigue creciendo por encima del 4% anual gracias a la inversión en Defensa.
- Se agravan déficits fiscales, tensiones presupuestarias regionales y el impacto de precios energéticos más bajos.
- La ayuda occidental a Kiev no desapareció con el retorno de Donald Trump, sino que mutó: Europa financia ahora armamento estadounidense.
Si el tema se aborda como una guerra territorial clásica en la que el cansancio occidental haría caer a Ucrania, el tema no le ha salido del todo bien a Putin, aun reconociendo que va ganando.
- Lea también: La tentación militarista de Europa
Si se considera que la estrategia de Putin va mucho más allá y se trataba de desafiar a las otras potencias occidentales – Europa y Estados Unidos, que atraviesan su peor relación diplomática en décadas – y fortalecer relaciones con China e India, el asunto le va bien.
- Lea también: Kazajstán y el neoimperialismo ruso
Rusia enfrenta tres escenarios posibles, ninguno sencillo:
a) Prolongación del desgaste
Moscú podría continuar apostando a la erosión gradual de Ucrania y a la fatiga política europea, aunque los analistas señalan que el equilibrio demográfico y económico empieza a ser un límite estructural y apenas quedan mercenarios que reclutar.
b) Escalada limitada
Una intensificación militar o el uso de herramientas híbridas (ataques energéticos, ciberoperaciones) para forzar negociaciones desde una posición de fuerza, pero con un margen estrecho: la economía rusa muestra síntomas de sobrecalentamiento militar.
c) Negociación forzada
Si la presión económica y las bajas continúan creciendo, el Kremlin podría verse obligado a aceptar un alto el fuego imperfecto. En cualquier caso, Ucrania rechaza concesiones territoriales y considera que ceder consolidaría la agresión – algo que a Trump no le importa especialmente – y Rusia no se va a retirar por acuerdo.
La clave es el tiempo, pero en función del objetivo. La resolución de la guerra de Ucrania amenazará a Europa de todas las maneras y sea cual sea y se seguirá abriendo la brecha al menos con el Estados Unidos de Donald Trump, muy inclinado siempre hacia los líderes autocráticos… y ese puede ser perfectamente el objetivo.
- Lea también: ¿Por qué la paz entre Rusia y Ucrania sigue tan difícil de alcanzar tras cuatro años de guerra?
¿Qué hay de lo nuestro?
Aunque la guerra se libra a miles de kilómetros, sus efectos estructurales tocan a Bolivia en al menos tres planos.
En lo energético, Rusia financia su guerra en parte con renta energética. Cuando los precios del petróleo caen – como quiere Donald Trump para financiar su aventura reindustrializadora de Estados Unidos -, su margen fiscal se reduce. En Bolivia hemos cambiado de enfoque tras el fiasco del “corazón energético” y hoy por hoy, con exportaciones en extinción, al gobierno le convienen precios bajos asumiendo riesgos.
En cualquier caso, el conflicto consolidó una lógica de bloques. Estados Unidos sondea nuevos bloques; Europa reforzó su coordinación y autonomía; Rusia profundizó su alineamiento con China y otros actores. Para Bolivia, tradicionalmente defensora del no alineamiento retórico, el desafío es evitar quedar atrapada en polarizaciones que afecten comercio, financiamiento o acceso a tecnología.
Rusia no ha perdido la guerra, pero el conflicto dejó de ser (si alguna vez lo fue) una ofensiva de expansión rápida y pasó a ser una prueba de resistencia económica y demográfica. La pregunta ya no es si Moscú puede avanzar más territorio, sino cuánto tiempo puede sostener el costo acumulado sin comprometer su estabilidad interna.
Para seguir: Las guerras del Oriente Próximo, Medio y Lejano
Mientras escribía este Mediterráneo, Bolivia acaba de sufrir una de las mayores catástrofes aéreas de su historia – al menos 15 muertos y seis heridos graves – tras el fallido aterrizaje de un Hercules militar que se salió de la pista e invadió la avenida colindante al aeropuerto de El Alto. El añadido: iba cargada de plata nuevita para poner en circulación.
Antes de eso, y no por evocación, han saltado las alarmas con Alemania desaconsejando viajar a Israel y las embajadas de EEUU y Reino Unido evacuando personal diplomático de Irán, por lo que se prevé bombardeo inmediato. Otro viernes largo.
Antes de eso, Pakistán había declarado “guerra abierta” con Afganistán, otro país que evoca aviones.
La intervención de Estados Unidos en el país controlado por los talibanes se justificó tras el ataque con aviones a las Torres Gemelas de Nueva York y tras 20 años de ocupación, Biden ordenó la retirada de sus tropas ante la inminente llegada a Kabul del mismo talibán fortalecido. Los aviones despegaban con afganos aferrados al tres de aterrizaje que cayeron al vacío. Tan inolvidable como repulsivo.
Las tensiones vienen de lejos, y eso que Pakistán fue de los pocos países que reconoció al régimen Talibán en los 90. La excusa oficial es una ola de atentados en la frontera que vienen de lejos – Trump se lo anotó en su lista de conflictos apagados que le acreditaban como premio Nobel –.
- Lea también: ¿Por qué Pakistán y Afganistán están enfrentados?
La respuesta pakistaní ha sido contundente, porque entre otras cosas, se trata de dos ejércitos diametralmente opuestos que no tienen nada que ver: Pakistán es potencia nuclear y mantiene pulso regional con el país más poblado de la tierra y Afganistán tiene apenas media docena de aeronaves de la era soviética.
- Lea también: 5 claves para entender la "guerra abierta" entre Pakistán y Afganistán (y qué tiene que ver con ella el Talibán)
Como hace tiempo nada es casual, bien parece el enésimo movimiento geopolítico a la espera de reacciones. Toca seguirlo.
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