Mediterráneo: El fantasma de la violencia y la segunda vuelta
Este texto forma parte de la Newsletter Mediterráneo que cada viernes distribuye el director Jesús Cantín, conectando los sucesos internacionales con la coyuntura nacional. Si quieres recibirlo completo directo en tu teléfono, suscríbete
Estimados y estimadas
Los absolutismos generan contradicciones, y mártires. La libertad de expresión y el totalitarismo de la violencia caminan a menudo peligrosamente unidos de la mano. Charlie Kirk consideraba que “las muertes por armas de fuego valen la pena por la preservación de los derechos de la segunda enmienda” y acabó muerto de un balazo en el centro de estudios más grande de Utah.
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Kirk era uno de los grandes apoyos de Donald Trump y clave en su campaña en Estados como Arizona. Las investigaciones siguen en marcha y presuntamente se ha detenido al autor, pero no importa tanto, pues cada uno ya ha decidido quién es el culpable y qué es lo que hay que hacer a partir de ahora. Vaya por delante nuestra condena rotunda.
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El nivel de violencia política se ha desbordado en casi todas las partes del mundo, también en Estados Unidos. En Nepal los ministros fueron arrastrados por el piso; en Francia, más civilizados al parecer, se ordenaban por colores respetando horarios laborales; en la sede parlamentaria chilena una diputada asegura que los bolivianos tienen problemas cerebrales por nacer en la altura, Rusia manda drones a la otra parte de Ucrania por accidente. Los consensos se rompen, las posibilidades descartadas se vuelven a ponderar, la compasión es debilidad, las muertes ya no escandalizan a nadie. Ni de 60.000 en Gaza, ni de un activista ultra en USA. Como si todos se lo hubieran buscado.
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No es seguro en qué momento estamos en Bolivia, aunque sí la dirección. Hay quien quiere convencerse de que la influencia de las redes y su limitación a determinados estratos sociales o nichos nos mantienen en lógicas del siglo XX “opresor-oprimido” y sus derivadas racistas, sin que en esencia haya cambiado demasiado nada. Otros advierten de que hay cambios más profundos dentro de la organización territorial y social alineados a los asuntos cotidianos: lobos solitarios educándose políticamente en las realidades paralelas de las redes que han difuminado los encuadres de pertenencia y las aspiraciones.
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Lo que está claro es que se grita muchísimo, aunque violencia fuera “la de antes”. En un país en el que se han acumulado episodios denigrantes y vergonzosos de violencia política y donde el debate de ideas no es precisamente moneda corriente ni siquiera en los parlamentos, los nuevos “procesos participativos” – likes en TikTok y compartir algún meme en WhatsApp - no parecen suficientes para llegar a nadie.
Por el otro lado, la realidad se parece cada vez más a lo que se proyecta en las redes – cada vez menos sociales – y no a lo que se vive en las calles, ni siquiera en la propia familia. La batalla de relatos está en su momento álgido en el país, la realidad vendrá después.
Nadie tiene las claves, y mientras las poses violentas y totalitarias sigan ganando elecciones por todo el mundo la dirección parece única. De momento hoy hablamos de cuatro temas – además de Kirk – que ilustran todo este paseo de la democracia por el filo de la navaja, apurando sus límites y forzando sus resortes: la condena de Bolsonaro en Brasil por Golpe de Estado; el derribo del gobierno de Nepal; el duro golpe multifactorial para Javier Milei y las exploraciones del nuevo Orden Mundial de Rusia. Saludos y no duden en sugerirme temas o lecturas en [email protected]
Bolsonaro, condenado
¿Qué pasó?
Por primera vez en la historia, un tribunal ha condenado por golpe de Estado a un expresidente y a militares de alta graduación. Jair Messias Bolsonaro, capitán retirado del Ejército, de 70 años, ha sido condenado a una pena de 27 años por liderar una conspiración golpista para no entregar el poder a su rival, Luiz Inácio Lula da Silva, tras perder las elecciones en2022. La primera sala del Tribunal Supremo ha decidido, por cuatro votos a uno, en Brasilia, que Bolsonaro perpetró cinco delitos, incluidos los de intento de golpe de Estado, intento de abolición democrática del Estado de derecho y liderar una organización criminal.
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¿Y ahora qué?
Ni la presión de Donald Trump, que castigó con aranceles del 50% a Brasil exigiendo textualmente “un juicio justo” para su amigo ha podido doblar la mano de la Justicia brasilera, que el jueves acabó decantándose por la culpabilidad del expresidente.
En el juicio ha quedado claro que no se trató de una asonada improvisada en la explanada de Brasilia, sino que hubo coordinación institucional y militar para tratar de retener el poder pese a los resultados de las elecciones. Mucha dosis.
Lula ganó por la mínima: 50,9% a 49,10% aunque las encuestas le habían venido dando márgenes mucho más altos. Bolsonaro cuestionó desde meses antes la validez del voto electrónico y llevó la campaña hacia los habituales términos apocalípticos.
El problema para Lula, que según los medios brasileros buscará la reelección el año que viene, es que buena parte de la población cree que es un juicio político y le resta.
Está por ver si Bolsonaro retornará a la cárcel, e incluso si llegará a pisarla. Varios grupos parlamentarios (cuyos líderes aspiran a ser designados sucesores por Jair Messías) están trabajando en una Ley de Amnistía, que puede salir.
Algunos cronistas brasileros señalan la fobia de Bolsonaro ala cárcel, otros advierten de su mal estado de salud, con todo, será quien nombre sucesor, si no es él mismo.
Lula no está en sus mejores momentos, tampoco físicos. Su alianza “por la democracia” fue tan amplia – del centro derecha liberal a la extrema izquierda – que su gestión está trabada y la proyección internacional no le sirve electoralmente.
Una victoria de Bolsonaro o su sucesor, tras una sentencia por golpismo… abre evidentemente muchas puertas hacia destinos desconocidos.
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¿Y qué hay de lo nuestro?
Brasil, dicen los candidatos, va a volver a ser un socio prioritario, lo que debería llevarnos a preguntarnos cuando se perdió esa prioridad. La respuesta está en YPFB Chaco y Petrobras, aunque el gobierno de Luis Arce no le ha dado mayor importancia – como acostumbra - . YPFB hace buenos negocios rematando el gas que queda en los ductos ya amortizados que conectan al mercado liberalizado de Brasil y poco más. Muy poco más. Lula no acabó bien con Evo, pero tampoco parece haber llegado a más con Arce.
La cuestión de Nepal
¿Qué pasó?
Después de dos semanas de protestas, la “Generación Z” –como los mismos movilizados se denominaron – tumbó al gobierno de la República Democrática Federal del Nepal conformado por dos partidos adscritos al socialismo democrático, el Partido Comunista Marxista Leninista y Congreso Nepalí, más centrista.
¿Y ahora qué?
La tumbada fue literal: las imágenes de ministros arrastrados por el piso han dado la vuelta al mundo, aunque queda por ver si se sostendrá el régimen – todo apunta a que sí – y se elige un nuevo gobierno entre los siete partidos con representación parlamentaria, o todo deriva en un cambio más profundo.
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Aunque la mano de China aparece por todo lado en lo que se refiere a intereses compartidos y hay quien apuesta a que se trata de la enésima operación orquestada desde el Pentágono para desestabilizar la región y seguir dando quebraderos de cabeza a los BRICS en este momento definitorio (la reconciliación de China e India y su cierre de filas con Rusia además de la resistencia de Brasil a las amenazas preocupa en Washington), no hay pruebas concluyentes de ello.
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Nepal abolió la monarquía en 2008, pero su economía sigue siendo cuasi feudal. Es uno de los países más pobres del mundo – el 165 según la OCDE – y su economía se sostiene a base de remesas, opio y turistas cegados por el Everest. La corrupción florece en el país desde siempre, pero en los últimos meses cobraron fuerza en las redes campañas de denuncia e indignación asociadas a un fenómeno mundial – los Nepo Cool, hijos de ricos que alardean de su riqueza heredada en las redes – que se ha arraigado en el país con los NepaKids, precisamente los hijos de los políticos de ese país.
Que incidencia habrán tenido los algoritmos de Meta, X, etc., alineados a sus propios intereses, para insuflar los ánimos de protesta es algo que no se investigará, pero la respuesta del gobierno fue cortar las redes y la movilización estalló. Con las cosas del entretener no se juega.
¿Qué hay de lo nuestro?
Ciertamente a los bolivianos se les pueden dar pocas lecciones de cómo se levanta un país para derribar un gobierno, pues lo ha hecho en varias ocasiones y con gobiernos de distintos signos. Lo que sí invita a la reflexión es el activo de la protesta. En Bolivia hace tiempo que no son exactamente los jóvenes los que toman los caminos – se ha visto en todas las convocatorias de Morales en esta legislatura – y cada vez se aprecia más la disociación de tendencias en la comunidad entre los que construyeron un imaginario común y los que lo han disfrutado, a su manera.
El algoritmo orienta hacia determinados intereses. Eso lo saben en China, en Rusia, en India y en Estados Unidos, donde se ordenó desguazar TikTok hasta que Donald Trump consideró que también le beneficia ese algoritmo (¿por qué será, no?).
Prohibir no suele ser una buena idea, como acaban de demostrar los nepalíes, por lo que la última baza para la “no alienación” pasa por la educación con espíritu crítico y el sentimiento de pertenencia… pero ya parece tarde para todo.
Los límites de Milei
¿Qué pasó?
Javier Milei recibió una sonora derrota en la elección de legisladores de la provincia de Buenos Aires, algo así como si en Bolivia se eligieran por separado a los asambleístas del Gobierno Autónomo de Santa Cruz. Es una elección menor, pero fue el presidente el que la planteó como un plebiscito en la cancha del peronismo, el distrito más poblado del país: 47-33.
¿Y ahora qué?
La cifra tiene trampa. La participación fue la menor de la serie con apenas un 60%, 15% menos que la última vez. El peronismo perdió un 11 por ciento de los votos y La Libertad Avanza sumó un 15% más, eso sí, teniendo en cuenta que acudía unido al PRO de Mauricio Macri.
El análisis de Milei y su equipo, mucho menos bien avenido de lo que intentan mostrar en su proyección comunicacional, es simple: perdieron por el impacto del escándalo de corrupción – que no niegan, sino que lo vinculan a “espionaje peligroso” y no por la gestión económica, que siguen considerando brillante y por lo tanto “profundizarán”.
Es verdad que las provincias gestionan buena parte del presupuesto y son quienes atienden las emergencias sociales más cercanas a la población. Es verdad también que Milei se guardó el veto a la Ley de Emergencia Universitaria hasta después de esa elección.
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Es verdad que la inflación se ha detenido, pero es verdad que el empleo no ha mejorado y que el poder adquisitivo de los jubilados, que son muchos y muy importantes, se está esfumando.
La corrupción golpea fuerte en proyectos políticos que aparecen como regeneración integral y hablan más de lo moral que de lo ideológico: el Capitán Lara debe aprender de esto, pero también JP Velasco. Si esto coincide en el tiempo con la primera vez que se hace trampas al solitario: el Estado sosteniendo el peso argentino por la vía intervencionista tras repetir innumerables veces que no lo haría y mofarse de ello, levanta una contradicción central.
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Aún así, las elecciones importantes son las del 26 de octubre, donde se distribuirán nuevos equilibrios en el legislativo, y las grietas aún no se han evidenciado demasiado. Milei también perdió las PASO y salió reforzado de las importantes, por lo que no procede cantar victoria antes de tiempo, ni hacerse el harakiri.
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¿Qué hay de lo nuestro?
La hoja de ruta de Javier Milei estuvo clara desde el principio: sufrimiento y recortes para dolarizar. Las hojas de ruta de Paz y de Tuto no se parecen ni de lejos a lo propuesto por Milei aunque ambos hagan guiños discursivos que entienden sus fanáticos. Lo curioso es que en el riesgoso viaje al centro que ambos han emprendido, también hacen guiños al otro lado: bonos, subsidios, programas sociales, etc.
En cualquier caso, en la primera vuelta quedó claro que la economía no es el clivaje, como posiblemente tampoco lo fuera nunca en la Argentina, sino una mezcla de identidad y agotamiento, y el pragmático convencimiento de que es necesario probar cosas nuevas, aunque nos dirijan al precipicio. Claro que luego nadie quiere saltar.
La victoria de las hilachas del peronismo reunidas en una sigla también tiene valor didáctico. El pacto fue a mala gana y casi sin mínimos, pero fue pacto: Massa, Kicillof, Máximo Kirchner y hasta Moreno. Se trataba de ganar. En Bolivia nunca lo entendieron los restos de los partidos tradicionales y veremos si lo entienden las múltiples corrientes en que se ha dividido el MAS, que de momento no parece, aunque es pronto.
Para seguir: Rusia y la paciencia
En Polonia ha venido gobernando desde hace unos años una ultraderecha nacionalista con el corazón dividido y pocas ganas de tener amigos, pero sí presencia. No es novedad, sino una tónica general en los países eslavos y de la antigua frontera soviética: Hungría, la Eslovaquia, Rumanía, la propia Rusia. El muy proeuropeo Donald Tusk ganó las elecciones en 2023 por la mínima tras más de una década afianzando la presencia de Polonia en la UE y con el apoyo de todo ese aparato, pero en las legislativas de este año volvió perder. Pasó la moción de confianza de nuevo con un despliegue europeo sin precedentes– necesitan afianzar esa frontera con Rusia – pero las concesiones le obligan ahilar un discurso más fino entorno a las cuestiones patrias.
Rusia es desde siempre el enemigo de Polonia y nadie tenía dudas de lo que pasaría a la primera provocación, por lo que no se puede interpretar de otra manera. Polonia comparte frontera con Ucrania, pero no con Rusia. Aunque la guerra se concentra en el este, los drones exploraban el oeste atacando infraestructuras sensibles. Los bielorrusos, aliados del Kremlin, justificaron que fue accidental luego de que perdieran el sistema de navegación por la distancia. Nadie en la OTAN les cree y obviamente Vladimir Putin debe estar partiéndose de risa.
Un ministro polaco puso el dedo en la llaga: “Putin se está riendo de Trump”, una conclusión a la que llega cualquiera a poco que siga la relación de ambos – y no de ahora, sino desde 2016 cuando le ganó a Hillary con un escándalo relacionado al espionaje ruso -. Trump prometió acabar la guerra en un día, después debilitó a su aliado, lo abroncó en la Casa Blanca, dejó sin aranceles extras a los rusos, le ha negado el acceso a la OTAN y presiona para que Zelenski acepte la pérdida del territorio ocupado, lo que en todos los casos se interpretaría como una derrota no solo de Ucrania, sino de la OTAN y EEUU en general.
Pensarlo es una cosa, verbalizarlo otra. Veremos la reacción de Trump y la de Putin, cuyo objetivo siempre fue voltear el tablero del orden mundial, y tal como avanzan los BRICS, y la extraña diplomacia arancelaria de EEUU, parece estar lográndolo.
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