El espacio de Halloween y el de Todos Santos

Bolivia abre cada vez más espacio a una celebración importada mientras sus propias tradiciones quedan relegadas entre las generaciones más jóvenes. No se trata de prohibir ni de combatir otras culturas, sino de preguntarnos por qué nos cuesta tanto transmitir el valor de las nuestras

Cada final de octubre, los disfraces, las calabazas, las máscaras y las fiestas de Halloween ocupan más vitrinas, colegios, comercios y espacios de ocio en Bolivia. La celebración se ha convertido en una oportunidad comercial y en una actividad atractiva para muchos niños, que encuentran en ella juegos, dulces y fantasía. Nada de eso resulta extraño en una sociedad comerciante por excelencia y abierta a influencias externas. Lo que sí merece una reflexión es la facilidad con la que una tradición importada – de valores ciertamente extraños - gana protagonismo mientras otra, profundamente arraigada en nuestra cultura, pierde presencia en la vida cotidiana de las generaciones más jóvenes.

Todos Santos no es simplemente una fecha del calendario ni una costumbre que deba conservarse por nostalgia. Es una manera de comprender la muerte, recordar a quienes ya no están y mantener vivos los vínculos familiares más allá de la ausencia. Las mesas preparadas para recibir a las almas, las tantawawas, los alimentos compartidos, las oraciones y las visitas a los cementerios forman parte de un lenguaje cultural que transmite memoria, afecto y pertenencia. En torno a estos ritos, los niños aprenden que la muerte no tiene por qué ser un asunto del que se huye o se habla en susurros, sino una experiencia humana que puede afrontarse desde la familia, la comunidad y la tradición.

Halloween propone otra relación con estas fechas. Sus versiones actuales, extendidas internacionalmente por la industria del entretenimiento, suelen girar alrededor del disfraz, el susto, los personajes fantásticos y el consumo. No es necesario atribuirle una maldad intrínseca ni negar que algunas familias lo vivan como una diversión inocente. Pero tampoco hay que confundir el atractivo comercial con la profundidad cultural. Una celebración puede entretener durante unas horas sin aportar necesariamente el mismo significado que una tradición construida a lo largo de generaciones.

El problema, por tanto, no es que los niños se disfracen o salgan a pedir dulces. Es que, en demasiadas ocasiones, la celebración importada se presenta con entusiasmo y recursos, mientras Todos Santos queda reducido a una actividad espesa o a una costumbre que los adultos cumplen sin conseguir transmitir su sentido. A veces parece que necesitamos una campaña, un disfraz y una decoración comercial para interesarnos por una fecha, pero no encontramos la misma energía para explicar a nuestros hijos por qué preparamos una mesa para nuestros difuntos o qué significa compartir alimentos en su memoria.

Esa diferencia debería preocuparnos. La cultura no se transmite automáticamente por haber nacido en un lugar; necesita tiempo, conversación y participación. Si las nuevas generaciones dejan de conocer sus rituales, sus relatos y sus símbolos, no será porque una celebración extranjera los haya vencido, sino porque los propios adultos dejamos de darles un lugar. Las tradiciones sobreviven cuando se practican, no cuando se invocan con solemnidad una vez al año.

También corresponde a las escuelas, los medios de comunicación, las instituciones culturales y los municipios asumir su parte. Todos Santos puede abordarse con creatividad, sin convertirlo en una lección rígida ni en una obligación religiosa. Hay espacio para enseñar su historia, recuperar las recetas familiares, visitar cementerios con respeto, escuchar a los mayores y explicar el significado de las ofrendas. No se trata de enfrentar a los niños con una elección entre dos fiestas, sino de evitar que conozcan mejor los símbolos de una cultura global comercializada que los de su propio entorno.

Bolivia es un país diverso, con tradiciones que varían entre regiones y comunidades. Esa diversidad no debe convertirse en una excusa para uniformar las costumbres, pero sí en una razón para conocerlas y cuidarlas.

Halloween seguirá teniendo espacio, como tantas otras expresiones culturales. La cuestión es qué hacemos nosotros con nuestra herencia. No hace falta prohibir una celebración para defender otra, ni censurar a quienes disfrutan de los disfraces. Hace falta recuperar el sentido de Todos Santos y ofrecerlo a los niños con la misma dedicación con la que les presentamos cualquier novedad. Porque una tradición que no se transmite acaba convertida en una postal del pasado, y una sociedad que deja de contar a sus hijos quiénes fueron sus muertos corre el riesgo de perder también una parte de sí misma.


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