San Roque necesita volver a encontrarse consigo mismo

El Encierro volvió a demostrar la enorme fuerza de la Fiesta Grande, pero también sus límites. Es tiempo de evaluar, acordar mínimos y ordenar el crecimiento para que San Roque pueda brillar sin perder su esencia

La Fiesta Grande de San Roque terminó como tenía que terminar: con emoción, con fe y con miles de tarijeños compartiendo una tradición que forma parte de nuestra identidad. Pero también terminó dejando una pregunta que ya no puede seguir postergándose: ¿estamos preparados para el tamaño que ha adquirido nuestra fiesta?

El Encierro fue emotivo, multitudinario y profundamente tarijeño. Pero también fue caótico. Los horarios se desbordaron, las procesiones perdieron por momentos su ritmo, la aglomeración hizo difícil incluso acompañar al Santo y la organización volvió a mostrar que algunas cosas ya no funcionan con las dimensiones actuales de la celebración.

No se trata de buscar culpables ni de convertir una fiesta en un expediente de reproches. Tampoco de añorar una San Roque más pequeña que probablemente ya no volverá. Se trata de reconocer una realidad: la Fiesta Grande ha crecido mucho y necesita crecer también en organización.

La cantidad de promesantes, visitantes y actividades hace que aquello que antes podía resolverse con voluntad y experiencia hoy requiera planificación. Si son miles los chunchos que participan, si las calles quedan abarrotadas y si el interés turístico y mediático crece cada año, no podemos seguir confiando solamente en que las cosas “saldrán”.

Este Encierro debería servir para sentarnos a conversar.

Hay asuntos que pueden parecer menores, pero que terminan afectando el conjunto: los horarios, los recorridos, las paradas, la ubicación de las mesas, los espacios para el público, la presencia de medios e influencers, la circulación, la seguridad y, por supuesto, el comportamiento de los propios promesantes.

No hace falta llenar San Roque de reglamentos ni convertir una tradición popular en una estructura burocrática. Pero sí hacen falta mínimos compartidos.

Unos horarios que se respeten. Una procesión que pueda avanzar al ritmo que corresponde. Espacios razonables para quienes participan y quienes acompañan. Reglas claras de convivencia. Autoridad suficiente para hacerlas cumplir. Y, sobre todo, disposición de todos para entender que participar en la Fiesta Grande implica también asumir responsabilidades.

La discusión sobre la disciplina no debería confundirse con autoritarismo. Una fiesta de esta magnitud necesita organización y autoridad, pero también diálogo y legitimidad. Si existen mecanismos de disciplina, deben ser conocidos, razonables y acordados con quienes sostienen la tradición.

Pero ojo, San Roque no puede convertirse únicamente en un enorme acontecimiento turístico. El turismo es bienvenido y puede ser una fuente extraordinaria de oportunidades para Tarija, pero el visitante debe encontrar una fiesta que tiene alma, no un espectáculo construido exclusivamente para el visitante.

Porque detrás del color, de las fotografías y de las redes sociales está la promesa. Está la fe. Está la música. Está el encuentro con el Santo. Está una tradición que generaciones enteras han cuidado antes que nosotros.

La multiplicación de los participantes es una buena noticia si significa que la devoción crece, pero si cada vez hay más personas y cada vez menos posibilidad de cumplir el rito como corresponde, debemos preguntarnos qué estamos haciendo.

La respuesta no tiene que ser cerrar la fiesta ni limitarla artificialmente. Tiene que ser organizar su crecimiento.

Tarija tiene además una responsabilidad particular desde que San Roque fue reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Ese reconocimiento no es solamente una medalla para exhibir. Supone conservar las condiciones que hacen que la tradición tenga sentido y pueda transmitirse a las siguientes generaciones.

Por eso, terminado el bullicio, toca evaluar sin susceptibilidades. Escuchar a los promesantes, a la Iglesia, a los organizadores, a las autoridades, a los vecinos, a los expertos en patrimonio y también a quienes viven la fiesta desde fuera. No para decidir quién tiene la razón, sino para acordar cómo hacerla mejor. San Roque merece que podamos disfrutar de su crecimiento sin que ese crecimiento termine asfixiándolo.

Ojalá que el próximo septiembre encuentre a Tarija con más visitantes, más promesantes y más devoción. Pero también con mejores recorridos, mejores tiempos, mayor disciplina y una organización capaz de estar a la altura de lo que hemos construido.

La Fiesta Grande no necesita ser más grande. Necesita ser mejor. Y para eso hace falta algo que también forma parte de nuestra tradición: escuchar, aprender de los mayores, corregir los errores y ponerse nuevamente de acuerdo.

Que San Roque nos dé salud, fe y memoria. La memoria suficiente para entender que preservar una tradición no significa dejarla exactamente como está, sino hacer todo lo necesario para que pueda seguir siendo ella misma dentro de cincuenta, cien o doscientos años.

 


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