Un año después, ya no alcanza con pedir prestado

El cambio de ministro no puede limitarse a ratificar una estrategia que hasta ahora no ha resuelto la escasez de dólares, el problema de los combustibles ni la pérdida de poder adquisitivo. Bolivia necesita decisiones audaces, no simplemente más deuda

El ascenso del viceministro Christian Morales Burgos a ministro de Economía puede leerse de muchas maneras, pero hay una particularmente importante: el Gobierno ha decidido ratificar el rumbo de su política económica. Y precisamente por eso corresponde preguntarse si ese rumbo está funcionando.

Ya se acerca el primer año de gestión y los problemas fundamentales siguen prácticamente donde estaban. Faltan dólares, persiste la presión sobre los combustibles, el costo de vida se ha elevado y las familias de menores ingresos continúan absorbiendo buena parte del costo del ajuste.

Los precios suben, los salarios están congelados, los ingresos pierden capacidad de compra y las pequeñas actividades económicas tienen cada vez menos margen

Mientras tanto, la receta que aparece una y otra vez es acudir al financiamiento externo. Los préstamos pueden ser necesarios. Ningún país serio renuncia por principio al crédito cuando necesita financiar una transición o una inversión. Pero un préstamo no es una política económica. Es un instrumento. Y si se utiliza para tapar agujeros sin modificar las causas que los producen, simplemente permite ganar tiempo a cambio de aumentar las obligaciones futuras.

Bolivia necesita algo más para salir del hoyo tantas veces diagnosticado. Necesita decisiones capaces de modificar el comportamiento de los actores económicos y recuperar rápidamente la circulación de dólares. Necesita mirar sin prejuicios experiencias anteriores y recuperar incluso herramientas que en determinados momentos demostraron eficacia, adaptándolas naturalmente a las circunstancias actuales.

El país ya utilizó mecanismos extraordinarios para enfrentar crisis de divisas. Por ejemplo, el tan mentado Decreto Supremo 21060 estableció, entre otras medidas, mecanismos de entrega obligatoria de divisas al Banco Central, algo que fue clave para salir de la hiperinflación por mucho que los nuevos discursos económicos hegemónicos traten de olvidarlo. Obvio que no se trata de copiar mecánicamente una receta de hace cuatro décadas, porque la economía actual es diferente, pero sí de recordar que en momentos excepcionales se requieren instrumentos excepcionales.

¿Por qué no discutir, por ejemplo, mecanismos temporales y técnicamente diseñados para que determinados sectores exportadores liquiden una parte de sus divisas a través del sistema financiero nacional? ¿Por qué no establecer incentivos y obligaciones combinados que permitan recuperar reservas sin destruir los incentivos para producir y exportar? La pregunta no debería ser si una medida es políticamente cómoda. Debería ser si funciona.

El Gobierno tiene además otras herramientas a su alcance: acelerar la devolución de impuestos a los exportadores, facilitar el ingreso de capitales, combatir de manera efectiva el contrabando, reducir el gasto improductivo, priorizar la inversión que genere divisas y establecer reglas claras para que el ahorro nacional pueda financiar producción.

Pero para eso hace falta abandonar la lógica de administrar la emergencia semana tras semana. El problema no es solamente que falten dólares. Es que Bolivia necesita volver a generarlos. Y esa diferencia es fundamental.

Un país que se endeuda para importar combustibles mientras pierde capacidad productiva está comprando tiempo, no solucionando su problema. Un país que consigue préstamos para sostener el gasto corriente puede evitar una crisis inmediata, pero difícilmente construirá una economía sostenible.

Por eso el nuevo ministro tiene una oportunidad, aunque llegue al cargo como continuador del equipo económico: demostrar que la continuidad no significa inmovilismo.

La población, especialmente la más vulnerable, ya está pagando el ajuste. Los precios suben, los salarios están congelados, los ingresos pierden capacidad de compra y las pequeñas actividades económicas tienen cada vez menos margen. No parece justo pedirle a esa misma población que espere indefinidamente mientras el Estado busca nuevos créditos.


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