Cambio flexible: la trampa de la calculadora y los verdaderos ganadores

Las crisis cambiarias no solo modifican el precio del dólar: redistribuyen riqueza. La pregunta clave no es cuánto perdió el salario, sino quién ganó mientras el trabajador siguió cobrando lo mismo

Cada vez que Bolivia atraviesa una crisis cambiaria reaparece el mismo debate. Alguien toma un salario en bolivianos, lo divide entre el antiguo tipo de cambio y luego entre el nuevo precio del dólar. La conclusión suele ser inmediata: los trabajadores perdieron un tercio de su poder adquisitivo. En respuesta, otros economistas levantan la mano para corregir el cálculo y recuerdan que el salario debe medirse por la inflación y por la cantidad de bienes que puede comprar dentro del país, no por su equivalencia en dólares.

Ambos argumentos contienen una parte de verdad. Pero ambos corren el riesgo de dejar fuera la pregunta verdaderamente importante.

No se trata de discutir si un trabajador perdió exactamente el 37%, el 20% o el 10% de su capacidad de compra. Tampoco basta con demostrar que dividir el salario entre el precio del dólar es un ejercicio técnicamente insuficiente. La cuestión de fondo es otra: ¿quién gana cuando una moneda pierde valor?

Las devaluaciones y las depreciaciones nunca son fenómenos neutrales. No afectan a todos por igual ni al mismo tiempo. Son, ante todo, mecanismos de redistribución de riqueza. Mientras millones de asalariados siguen cobrando el mismo sueldo en bolivianos y los jubilados reciben la misma pensión, otros sectores ven revalorizarse de inmediato su patrimonio. Quienes poseen dólares, exportan bienes, tienen activos dolarizados o ingresos vinculados a la divisa extranjera incrementan automáticamente el valor de sus recursos medidos en moneda nacional.

Reducir el debate a una operación matemática desvía la atención del problema central: las depreciaciones benefician primero a quienes poseen activos dolarizados y dejan a los asalariados esperando compensaciones

Los trabajadores, en cambio, quedan atrapados en un compás de espera. Su salario permanece inmóvil mientras la economía comienza a reajustarse. Después llegarán, con mayor o menor intensidad, el encarecimiento de las importaciones, el aumento de los costos de producción y la inflación. Cuando finalmente los precios reflejen la nueva realidad cambiaria, el deterioro del salario real será evidente. Pero la redistribución ya habrá ocurrido.

Por eso resulta engañoso reducir el debate a una discusión estadística. Es cierto que el poder adquisitivo interno se mide por la inflación y no por la simple conversión a dólares. Sin embargo, también es cierto que el trabajador no vive aislado del mercado internacional. Los medicamentos, los equipos médicos, los celulares, la tecnología, la maquinaria, los repuestos, buena parte de los alimentos industrializados e incluso numerosos insumos de producción dependen, directa o indirectamente, del valor del dólar.

El problema no es la calculadora. El problema es creer que basta con corregir una operación matemática para disipar el impacto social de una crisis cambiaria.

Cuando una moneda pierde valor, no solo cambian las equivalencias monetarias; también cambian las relaciones de poder dentro de la economía. Algunos sectores fortalecen su posición patrimonial mientras otros ven deteriorarse lentamente su capacidad para ahorrar, invertir o simplemente mantener su nivel de vida. Esa diferencia rara vez aparece en los gráficos sobre inflación, pero determina quién soporta el costo del ajuste y quién logra convertir la incertidumbre en una oportunidad.

Las discusiones económicas suelen obsesionarse con la precisión de los indicadores. Es una exigencia necesaria. Pero existe un riesgo cuando el rigor técnico termina ocultando la realidad social. Una explicación correcta desde la teoría puede convertirse en una coartada para ignorar las consecuencias distributivas de una política o de una crisis.

La verdadera pregunta, entonces, no es cuánto marca la calculadora. La verdadera pregunta es quién termina pagando la factura.

Porque detrás de cada depreciación hay una transferencia de riqueza. Y mientras los mercados ajustan con rapidez el valor de los activos, los salarios, las pensiones y los ingresos de la mayoría casi siempre llegan tarde.

En ese desfase se encuentra el verdadero costo de las crisis cambiarias. Y también la obligación de la política: impedir que los trabajadores vuelvan a ser, una vez más, quienes financien silenciosamente los desequilibrios de toda la economía.


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