Ningún niño debería trabajar
La pobreza explica el trabajo infantil, pero no lo justifica. Cuando una familia necesita los ingresos de sus hijos para sobrevivir, el Estado ha fallado en su deber de protección
Cada 12 de junio, el mundo recuerda una verdad incómoda: millones de niños siguen trabajando cuando deberían estar estudiando, jugando, aprendiendo y creciendo. No se trata únicamente de una estadística ni de una preocupación lejana. También es una realidad boliviana.
Y no cualquier realidad.
Bolivia arrastra desde hace años una de las singularidades más controvertidas del debate internacional sobre derechos de la niñez: haber optado por regular determinadas formas de trabajo infantil en lugar de concentrar todos sus esfuerzos en erradicarlas. Quienes defendieron esa posición argumentaron que respondía a las particularidades económicas y sociales del país. Que miles de familias dependen de los ingresos generados por sus hijos. Que ignorar esa realidad equivalía a legislar de espaldas a la pobreza.
Es un argumento comprensible. Pero precisamente porque es comprensible resulta también profundamente preocupante.
La pobreza explica el trabajo infantil. No lo justifica.
Cuando una sociedad acepta que un niño debe trabajar para garantizar la subsistencia familiar, lo que en realidad está reconociendo es el fracaso de sus mecanismos de protección social. Ningún niño debería verse obligado a elegir entre estudiar o contribuir al sustento de su hogar. Ninguna familia debería depender del esfuerzo económico de sus hijos para llegar a fin de mes.
Por supuesto, la realidad es compleja. En muchas zonas rurales los niños participan desde temprana edad en actividades familiares, agrícolas o comunitarias que forman parte de procesos culturales y de aprendizaje. No toda colaboración familiar constituye explotación. El problema surge cuando esas actividades interfieren con la educación, afectan la salud, limitan el desarrollo o colocan a menores en situaciones de riesgo físico o psicológico.
Y ese problema sigue existiendo.
Miles de niños bolivianos continúan desempeñando actividades en mercados, minas, campos agrícolas, talleres, transporte o comercio informal. Muchos abandonan la escuela de forma prematura. Otros combinan jornadas laborales con estudios en condiciones claramente desventajosas. Algunos terminan atrapados en ciclos de pobreza que se reproducen de generación en generación.
Bolivia debe dejar de debatir cómo regular el trabajo infantil y concentrarse en crear las condiciones para que deje de ser necesario. Ningún niño debería trabajar para subsistir.
Por eso el debate no debería centrarse únicamente en si el trabajo infantil está permitido o prohibido en determinados supuestos legales. La verdadera pregunta es qué está haciendo el Estado para que deje de ser necesario.
La Asamblea Legislativa Plurinacional tiene una responsabilidad evidente. Después de años de discusiones ideológicas y normativas, es momento de evaluar con honestidad los resultados obtenidos y revisar el marco legal vigente a la luz de los estándares internacionales de protección de la niñez.
Pero la responsabilidad principal corresponde al Gobierno nacional. Combatir el trabajo infantil exige políticas públicas sostenidas: mejor educación, mayor cobertura social, incentivos para la permanencia escolar, apoyo a familias vulnerables, empleo digno para los adultos y presencia efectiva del Estado en los territorios más afectados.
Nada de ello es sencillo ni produce resultados inmediatos. Sin embargo, cualquier estrategia seria de desarrollo debe comenzar por garantizar que los niños puedan ser niños.
Bolivia enfrenta enormes desafíos económicos y sociales. Pero pocos son tan decisivos como este. El futuro de un país no se mide únicamente por sus cifras de crecimiento ni por sus exportaciones. También se mide por la capacidad de proteger a quienes todavía no pueden defenderse por sí mismos.
En este Día Mundial contra el Trabajo Infantil conviene recordarlo. La pobreza no puede convertirse en una excusa permanente. El objetivo debe seguir siendo el mismo que inspira a las principales convenciones internacionales: que ningún niño tenga que trabajar para sobrevivir.
Porque cuando un niño trabaja, toda la sociedad fracasa un poco.


