La democracia después de votar

Los ciudadanos no votan solo personas; votan programas, compromisos y expectativas. Cuando un gobierno se aleja de ellos, la crítica y la participación siguen siendo plenamente legítimas

Hay una curiosa costumbre que se ha ido instalando en buena parte del debate público boliviano. Cada vez que llegan las elecciones, la democracia se convierte en el valor supremo. Se organizan foros, seminarios, observatorios, campañas de sensibilización y proyectos financiados para fomentar la participación ciudadana. Se habla de inclusión, pluralismo, deliberación y control social. Se multiplican los discursos sobre la importancia de escuchar a la gente.

Después se cuentan los votos, se proclaman los resultados y, como por arte de magia, la democracia parece desaparecer durante los siguientes cinco años.

De pronto, quienes reclamaban participación pasan a considerar que cualquier cuestionamiento es una amenaza a la gobernabilidad. Quienes defendían la deliberación ciudadana empiezan a hablar de la necesidad de "dejar gobernar". Y quienes llenaban páginas enteras sobre democracia participativa descubren las virtudes de las decisiones tomadas en círculos cada vez más reducidos.

Bolivia atraviesa precisamente uno de esos momentos.

La democracia no consiste únicamente en depositar una papeleta en una urna cada cierto tiempo. Tampoco en otorgar un cheque en blanco a un gobierno para que haga exactamente lo contrario de lo que prometió durante la campaña electoral. La legitimidad de origen es importante, pero en cualquier democracia madura debe complementarse con una legitimidad de ejercicio basada en la coherencia, la transparencia y la capacidad de mantener abiertos los canales de participación ciudadana.

La democracia no termina cuando se cuentan los votos. Exige rendición de cuentas, diálogo permanente y gobiernos capaces de escuchar incluso las voces que les resultan incómodas.

Los ciudadanos no votan solamente personas. Votan programas, compromisos, prioridades y expectativas. Cuando las políticas implementadas se alejan sustancialmente de aquello que se ofreció durante la campaña, resulta perfectamente legítimo que aparezcan cuestionamientos, críticas y demandas de explicación.

Más aún cuando las decisiones estratégicas se adoptan desde gabinetes políticamente homogéneos, con escasa presencia de sectores sociales diversos y con mecanismos de consulta cada vez más débiles. Gobernar para todos no significa únicamente administrar un país donde existen diferentes sensibilidades; significa incorporar esas sensibilidades al proceso de toma de decisiones.

Resulta llamativo observar cómo determinadas organizaciones, fundaciones y actores que durante años promovieron la democracia participativa mantienen hoy un silencio tan disciplinado como llamativo. Pareciera que la participación es una virtud cuando sirve para fiscalizar a unos gobiernos y una incomodidad cuando interpela a otros.

La democracia, sin embargo, no debería depender de simpatías ideológicas ni de afinidades coyunturales. O se defiende siempre o se convierte simplemente en una herramienta retórica.

Por supuesto, participación tampoco significa que cada decisión deba someterse a una consulta permanente ni que cualquier grupo tenga derecho a bloquear indefinidamente el funcionamiento del país. La democracia exige equilibrio entre representación, deliberación y capacidad de gestión. Pero precisamente por eso necesita instituciones sólidas, espacios de diálogo efectivos y gobiernos dispuestos a escuchar más allá de sus círculos de confianza.

La crisis política que atraviesa Bolivia tiene múltiples causas, pero una de ellas parece evidente: demasiados ciudadanos sienten que su papel terminó el día de las elecciones. Que después de votar dejaron de ser protagonistas para convertirse en espectadores de decisiones tomadas lejos de ellos.

Ninguna democracia se fortalece ignorando esa percepción. Al contrario. Cuando las instituciones dejan de ofrecer canales de participación creíbles, las tensiones terminan trasladándose a las calles, a los bloqueos y a la confrontación permanente.

Quizá sea momento de recordar algo elemental. La democracia no es un acontecimiento electoral. Es una práctica cotidiana. Exige escuchar, rendir cuentas, corregir errores y mantener abiertas las puertas de la participación incluso cuando resulta incómoda.

Especialmente cuando resulta incómoda.


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