El debate de los bloqueos

Superar la lógica de los bloqueos implica, sobre todo, dignificar la política y ponderar la democracia, y que se asuman las responsabilidades sobre los errores

Cada vez que en Bolivia hay un conflicto político que deriva en perjuicio social se reabre el debate sobre la funcionalidad de los bloqueos en ese tipo de contextos.

El debate se puebla a menudo de falacias y dobles raseros, pues en función de quién los asume, hay bloqueos “criminales” o bloqueos “inevitables”; en ocasiones perjudican al pueblo, y en otras ocasiones, son el pueblo mismo frente al abuso de poder.

En estos tiempos de política comunicada en tiempo real, hay quienes creen que la verdad está en sus burbujas de redes, pero lo cierto es que de entre todas las opciones de “lucha popular” para presionar al Gobierno – nacional, departamental, municipal o barrial - para que cambie su decisión (o se vaya), el bloqueo es por demás la más efectiva, y en cada ocasión, vuelve a quedar más que en evidencia.

En Bolivia el bloqueo es objeto de tesis y quienes participan de la vida sindical o vecinal conocen los pequeños detalles que lo convierten en exitoso

En Bolivia el bloqueo es objeto de tesis y quienes participan de la vida sindical o vecinal conocen los pequeños detalles que lo convierten en exitoso: resistir hasta que la presión cambia de lado; garantizar suministros a los bloqueadores y, sobre todo, su descanso oportuno, y otros muchos detalles que lo han convertido casi en una ciencia. Solo en este siglo se ha usado para sacar a Goni, para implementar un régimen autonómico en la Constitución, para tumbar “gasolinazos” u otras medidas impopulares o para sacar a Evo Morales.

Por lo general, cuando el bloqueo se generaliza, al gobierno le quedan normalmente dos opciones, dar marcha atrás o entrar a sangre y fuego, que tampoco suele salir bien como se evidenció en 2003, en Chaparinas, en Sacaba y en tantas otras ocasiones. El gobierno de Luis Arce, frente a Evo Morales, ha sido tal vez el gobierno más exitoso a la hora de enfrentar bloqueos – quizá lo único que supo hacer -, pero la condición que justificaba la intervención era precisamente la falta de legitimidad de las protestas, que eran más particulares que nacionales.

Prohibir bloqueos por Ley es un contrasentido que solo añadiría “burocracia” a la resolución de un conflicto. La Constitución Política del Estado ya establece principios fundamentales que protegen tanto el derecho a la protesta como la libre locomoción y es en la gestión concreta del conflicto donde los mandos políticos y policiales deben tomar las decisiones oportunas con sabiduría e intervenir cuando corresponda, y en eso, el verdeolivo debe también aprender que hay más técnicas que tirar gas y meter bala para lograr el objetivo.

El debate sobre los bloqueos es en realidad maniqueísmo puro, pues lo ideal es que la política sea capaz de resolver los problemas antes de que se llegue al extremo de la movilización. Esto pasa cuando se cumplen las promesas de campaña, cuando se piensa en los más vulnerables a la hora de formular políticas, cuando se socializan las medidas y se asume de forma activa la explicación y la construcción común de las decisiones.

Superar las lógicas de los bloqueos es también superar la lógica de la chicana. Superar implica, sobre todo, dignificar la política y ponderar la democracia, que los parlamentarios y autoridades eleven el nivel de la discusión y del acuerdo y que además, se asuman las consecuencias y responsabilidades de los errores sin llegar “a las últimas consecuencias”.


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