El poder y la muerte de Aramayo
La muerte de Mauricio Aramayo exige una investigación a fondo que fortalezca al Estado frente a la influencia de los negocios ilícitos
El ataque a Mauricio Aramayo de hace una semana supone un hecho extraordinario que obliga a exigir una investigación a fondo que transparente exactamente todo lo que sucedió.
El ataque se produjo en las céntricas calles de Tarija, una ciudad cada vez menos tranquila: en diciembre se registró también un asesinato de características similares, y hay al menos otros dos recientes sin que se haya esclarecido.
La reconstrucción de los hechos deja poco lugar a las dudas. El vehículo particular de Aramayo, mano derecha del presidente en Tarija durante muchos años, fue alcanzado por una motocicleta por el lado del conductor y descerrajó tres disparos que acabaron con su vida. La certeza, el hecho de que fuera en movimiento y otras características de la huida permiten afirmar que se trató de un trabajo profesional cumplido por sicarios para ese fin.
El hecho de que solo hayan transcurrido dos meses desde que se instaló el gobierno de Paz Pereira y que ya haya una víctima mortal, da cuenta tanto de la magnitud de los intereses en juego como del escaso valor que se le viene dando a la vida.
Aramayo era una persona querida en Tarija. Desde muy joven se comprometió con la política vecinal desde donde conectó con Rodrigo Paz Pereira. Lo acompañó por donde fue, sobre todo de chofer, donde aprendió a hacer política hasta convertirse en hombre de confianza. Aramayo fue central en la campaña y poco después de la posesión, fue nombrado director regional del Senasag, una de esas carteras clave pero oscura. Renunció pronto porque su pasión era precisamente llegar a ser autoridad y todos lo daban por seguro como candidato a concejal en la lista de Patria.
El gobierno desde el primer día ha señalado que la causa de la muerte de Aramayo está relacionada con el rechazo de la víctima a entrar en los circuitos de la corrupción. El propio presidente Paz Pereira, amigo personal, ha sido rotundo en ese sentido aplastando las hipótesis maliciosas que incluso el vicepresidente Edmand Lara se prestó a difundir con quien sabe qué fines.
El fiscal General Enrique Mariaca ha ahondado en la tesis, aunque con matices en el enfoque. Hablar de una “pugna de poder” casi siempre implica una lucha por alcanzar un oído al que poner de uno u otro lado. Mariaca dijo el martes que los autores intelectuales están cercados, por lo que se espera que pronto se acabe con todas las especulaciones y se ofrezca un relato contundente de lo sucedido.
El hecho de que solo hayan transcurrido dos meses desde que se instaló el gobierno de Paz Pereira y que ya haya una víctima mortal, según el gobierno, directamente relacionada a los cambios, da cuenta tanto de la magnitud de los intereses en juego como del escaso valor que se le viene dando a la vida.
La violencia en el ajuste era quizá esperada. La influencia de grupos de poder mal habido en el país está documentada desde siempre y el contrabando y el narcotráfico han anidado en gobiernos desde el siglo pasado. No por ello debe dejar de indignar.
Es preciso encontrar la justicia debida para Mauricio Aramayo, y que su legado sea sin duda un Estado más fuerte y menos vulnerable. Que sea un justo homenaje para quien fue una buena persona que quería servir a su pueblo.


