Los tiempos de Paz

Bolivia no necesita gestos de imbatibilidad ni épica del ajuste. Necesita coherencia, sensibilidad y tiempo

La política boliviana volvió a recordar esta semana una lección tantas veces ignorada en este país: los tiempos del ajuste no se imponen, se construyen. Y cuando se los fuerza, cuando flota en el ambiente que hay unos que están poniendo más y otros menos, la realidad suele responder con crudeza.

El domingo al filo de la medianoche el presidente arengaba a los suyos para convencerse de un éxito que no había sucedido. El Decreto Supremo 5503 se abrogaba después de apenas una semana de movilizaciones en serio que había empezado con un “paso atrás ni para el impulso”.

Son tiempos de control de daños y depurar responsabilidades, porque el golpe al ejecutivo ha sido duro. El Ejecutivo intenta ahora instalar la narrativa de una “victoria parcial” por haber salvado la retirada de la subvención a los combustibles, que lo implica es un incremento generalizado de los costos y precios, algo que no puede hacer feliz a nadie por mucho que se repita que “el Estado – ese gigante de caras dispares – se haya ahorrado 10 millones de dólares al día. No cabe festejo en estas circunstancias, y lo único que revela la insistencia en el argumento es la desconexión preocupante con el ánimo social. No hay triunfo posible cuando un país entero se moviliza, cuando los bloqueos se multiplican y cuando la autoridad se ve obligada a retroceder. Nadie gana en esto. La política no se mide en consignas firmes, sino en capacidad de leer el momento.

Rodrigo Paz tiene todo el derecho del mundo a llevar a la práctica sus promesas, que para eso ha ganado las elecciones

Nunca fue la COB o la resistencia del masismo, sino sectores urbanos y rurales mucho más amplios – campesinos, interculturales, universidades, transportistas, maestros, gremiales, ecologistas, familias al fin – las que han buscado los espacios para manifestar su protesta y su rechazo. Criminalizar esa protesta o etiquetarla como “masista” es una simplificación que ya no funciona.

La secuencia de errores ha sido extensa. Técnicos, políticos y comunicacionales. Un decreto tipo “ómnibus”, mal redactado, corregido a escondidas en la Gaceta, con artículos inexistentes y anexos fantasma, difícilmente podía sostenerse. Pero más grave aún fue la decisión política de imponer su propio nacimiento y no acudir al legislativo. Invocar una emergencia poco convincente para eludir procedimientos constitucionales claros, especialmente en asuntos tan sensibles como la entrega de recursos naturales y estratégicos vía “Fast Track”, han contribuido a la catástrode. Reformas de esta magnitud exigían ley, debate parlamentario y socialización previa. No atajos.

Tampoco ayudó la torpeza comunicacional. En un contexto donde el precio de los combustibles concentra toda la sensibilidad social, alguien creyó que bastaría con pedagogía vertical y descalificación del disenso. Bastó una semana para demostrar lo contrario. El movimiento popular en Bolivia tiene memoria, olfato y capacidad de resistencia. Y no responde bien a los discursos de polarización ni a la lógica binaria de “conmigo o contra mí”.

El desgaste político recae, inevitablemente, sobre el presidente. Fue él quien presentó el decreto, quien lo defendió con vehemencia y quien ahora carga con el costo del retroceso. La ruptura con los aliados que le dieron la victoria, principalmente Edmand Lara, y el giro acelerado hacia posiciones más conservadoras han erosionado puentes con el bloque social que lo llevó al poder. Gobernar también es cuidar esas alianzas, no dinamitarla en nombre de una supuesta audacia técnica.

El pulso, conviene decirlo, no ha terminado. El DS 5516, que lo sustituye, está en revisión. Los acuerdos alcanzados son frágiles y los bloqueos preventivos persisten. El tema de la subvención, lejos de estar cerrado, sigue siendo una herida abierta. Y la confianza, una vez dañada, no se recompone con comunicados ni gestos tardíos.

Tal vez sea este el momento para que el Gobierno haga una pausa real. Rodrigo Paz tiene todo el derecho del mundo a llevar a la práctica sus promesas, que para eso ha ganado las elecciones. Tal vez debe ajustar el calendario y los enfoques. La paciencia no es debilidad; es una virtud política en tiempos de crisis. Escuchar a la población, atender sus necesidades concretas y honrar los compromisos de campaña no retrasa las decisiones: las legitima. Bolivia no necesita gestos de imbatibilidad ni épica del ajuste. Necesita coherencia, sensibilidad y tiempo. Porque cuando se gobierna contra la gente, la gente siempre termina pasando la factura.


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