Los salarios
Todos los salarios están al alcance de la demagogia. Los muy altos y los muy bajos, pero ninguna economía se mueve con salarios de hambre
Hay un falso debate que el populismo, de izquierda y derecha, eleva a menudo a categoría de análisis y discusión, como si de ello dependiera la estabilidad del Estado. Se trata del debate de los salarios, o más específicamente, de los salarios de los que ganan “mucho”.
“Mucho” hay que entrecomillarlo, porque que un ministro gane 2.500 dólares al cambio oficial o un concejal más o menos mil, como un secretario de una Gobernación, es sin duda un error de apreciación notable.
O un expresidente.
El debate tiene que ver con la nueva política. Con esa política populista que lo que hace es mover emociones, principalmente las más primarias, y sí, la envidia es sin duda una de ella.
Hay mucha literatura escrita sobre la teoría de los salarios, sobre eso de vender el tiempo, y del valor que cada uno le da al mismo; también sobre lo que cuesta la responsabilidad, y sobre todo, la productividad. Cuánto se debe pagar a una persona que trabaja por tres y cuánto tiempo en realidad podrá hacerlo. Hay quienes consideran que un buen sueldo fomenta la vagancia por falta de incentivos – y señalan a los funcionarios públicos – y quienes ya han aprendido que trabajando nadie se hace rico.
Todos los salarios están al alcance de la demagogia. Los muy altos y los muy bajos; hay a quien le indigna más un salario mínimo de 3.300 bolivianos – algo más de 10 dólares al día – que el hecho de que un gerente de banco gane 15 veces más que un cajero sin colocar un solo crédito.
Hay una falla en el sistema: muchos prefieren que les bajen el sueldo a los que ganan mucho a que les suban a los que ganan poco. Siendo como son en este país, proverbialmente bajos.
Hay salarios que requieren de la observación general, porque son públicos. Obviamente un diputado, un asambleísta y un concejal representan la voluntad popular y tiene que tener una remuneración para dedicarse en cuerpo y alma a esa remuneración, pero quien no pone una ley o para durmiendo debe dar explicaciones.
Hay quien dice que los salarios altos ahuyentan la corrupción, algo que ha quedado mil veces demostrado que no es tan así. Hay quien dice que los salarios bajos la fomentan, porque de algo hay que vivir. Hasta hay quien tolera la coima del “paco” porque pobrecito.
Hay quien se ha aprovechado de ciertas normas y ha convertido sus salarios en atracos. Pasa ahora en la COB, pasó alguna vez en las U. Por lo general los que ganan mucho no cobran, sino que facturan, y no todo. Muchos son consultores en línea.
Las discusiones sobre el impacto de los salarios en la economía son viejos y obvios. El que gana poco gasta poco. El que gana mejor gasta un poco más. Todos intentan ahorrar, aunque el banco no te de ni las gracias. No hay economía que arranque con salarios de miseria.
El siglo XXI está acabando por llevarse por delante la división internacional del trabajo y el propio concepto del acuerdo social que durante décadas ha garantizado la prosperidad de los pueblos. Vivimos tiempo de unilateralidad, de dependencia, con las redes sociales y sindicales semidestruidas y donde la explotación se presenta como libre decisión. Sálvese quien pueda.
Capaz no sea tiempo de hablar de salarios, pero si de sociedades, si de objetivos, si de misiones, si de destinos, si de convivencia, sí de prosperidad, sí de pobreza.


