La voluntad de diálogo
El Gobierno puede querer anular la interlocución de la COB, pero difícilmente va a poder imponer su voluntad solo con fuerza policial y Gaceta Oficial
La estrategia de erosionar al interlocutor en una negociación es una estrategia antigua de resultado incierto, porque esencialmente revela las intenciones en la primera mano. Se supone que en una negociación ambos interlocutores deben ceder para llegar a algún tipo de acuerdo y se concentran en el diálogo, pero si una de las partes está más preocupada en anular precisamente a su interlocutor y en liquidarlo ante la opinión pública, pues evidentemente que difícilmente se llegará a un acuerdo.
Para las burbujas digitales es un fenómeno habitual, pero de escaso impacto en la vida real. La Central Obrera Boliviana (COB) tiene todos los elementos para convertirse en tren en las redes, principalmente porque durante 20 años olvidaron su misión de proteger al trabajador y se dedicaron a administrar sus privilegios y otras muchas cuestiones, hoteles incluidos, que nada tenían que ver con su verdadera función. Los salarios astronómicos de algunos liberados; las diferentes dádivas y los turbios roles asumidos durante la gestión del Movimiento Al Socialismo (MAS) la convierte en caricatura, y quizá solo que el Gobierno quiera utilizarlo como argumento para proteger su decreto – no tiene nada que ver que un liberado gane mucho para que a los demás se les congele el sueldo – puede darles una redención.
La COB tiene que purgar muchos pecados y es corresponsable de no haber aprovechado la mejor época de bonanza del país para fortalecer una incipiente industria y a sus profesionales. En sus afanes por subir salarios y garantizar estabilidad a los bien colocados, se olvidaron de modernizar las relaciones laborales, de fortalecer la formación profesional, la conciliación, de exigir mayor inversión productiva y de poner los medios para que los trabajadores se desarrollen en plenitud. El “doble aguinaldo”, que liquidó la capacidad de reinversión de muchas empresas pequeñas y medianas, pasó por ser su “mayor conquista” en una época que coronó con un promedio salarial medio miserable y una enorme masa laboral informal.
Con seguridad esta COB, aun con su dirigencia renovada, todavía tenga que hacer muchos méritos y mucha pedagogía – y también desprenderse de muchas dádivas – para tener cierta cualidad de interlocución, pero otra cosa distinta es liquidar el mecanismo de diálogo social y permitir que solo los Gobiernos, en función de sus pálpitos, tomen las decisiones que les convengan en cada momento.
Vivimos en un país altamente sindicalizado, con organizaciones para todo que eligen a sus representantes para proteger esencialmente sus formas de supervivencia: no se puede decir derechos, tampoco privilegios, son organizaciones que controlan cuantos puestos van dentro del mercado y cuántos fuera; cuantos vehículos tiene determinada línea de taxi trufi; cuánto cuesta la carrera desde el aeropuerto, etc. Organizaciones que negocian colectivamente en aras de la convivencia y no son solo sindicatos laborales; las entidades patronales, empresarios, profesionales y demás también se articulan para llegar al Estado y participar en la definición de las reglas. Es la esencia de este país. Su potencia.
El Gobierno puede querer anular la interlocución de la COB, pero difícilmente va a poder imponer su voluntad solo con fuerza policial y Gaceta Oficial. Cada desprecio abre una nueva reflexión entre sus votantes. Nadie firmó nunca un cheque en blanco en este país.


