La autonomía como salvaguarda

En una Bolivia marcada por la asfixia económica y el agotamiento del modelo centralista, las elecciones subnacionales dejan de ser un trámite proselitista para convertirse en la última trinchera de la gestión eficiente. Tarija requiere gobiernos con la solvencia técnica y coraje político

Bolivia transita ya la nueva legislatura nacional bajo un signo de incertidumbre y urgencia. El cierre de un ciclo de veinte años, caracterizado por una hegemonía centralista que administró la abundancia con discrecionalidad, ha dado paso a una realidad cruda: el modelo se ha agotado porque los recursos que lo sostenían se han esfumado. En este escenario, la promulgación del Decreto 5503 y las medidas de "shock" económico no son solo ajustes de cifras; son el reconocimiento de que el Estado central ya no puede —ni podrá— ser el gran proveedor de soluciones para cada rincón del país.

Es precisamente en esta coyuntura de crisis donde la Autonomía Departamental deja de ser una bandera reivindicativa para convertirse en una necesidad de supervivencia. La próxima legislatura nacional será el tablero donde se discuta lo que por décadas se ha postergado: un verdadero Pacto Fiscal, la redistribución de competencias y la gestión directa de los recursos menguantes. Sin embargo, para que esa discusión no termine nuevamente en el archivo de las promesas rotas, Bolivia necesita un contrapeso sólido desde las regiones.

"Un gobierno departamental débil, sumiso a las lógicas de poder central o carente de planes técnicos, condenará a Tarija a la irrelevancia. La autonomía es, hoy más que nunca, la última trinchera frente a la crisis".

Tarija, históricamente el departamento que sostuvo el erario nacional con sus hidrocarburos en los últimos 25 años, se encuentra hoy en una encrucijada vital. El ciclo que comienza demandará de nuestras autoridades subnacionales algo más que la gestión de la escasez; demandará capacidad de negociación, visión estratégica y, sobre todo, la firmeza necesaria para sacar la cara por los tarijeños frente a un centralismo que, en momentos de crisis, suele intentar salvarse a costa de las regiones.

La importancia de las próximas elecciones subnacionales radica en la idoneidad de quienes ocuparán la Gobernación, las Alcaldías y la Asamblea Legislativa Departamental. No es tiempo de "chicanas" ni de improvisaciones de laboratorio. El "baño de realidad" que ha supuesto el ajuste económico obliga a elegir gobiernos que entiendan que la autonomía es la herramienta para proteger la salud, garantizar los servicios básicos y fomentar una productividad que ya no puede depender exclusivamente del gas.

Un gobierno departamental débil, sumiso a las lógicas de poder central o carente de planes técnicos, condenará a Tarija a la irrelevancia y al abandono. Por el contrario, un gobierno con vocación de servicio y conocimiento real de nuestra población podrá convertir este momento de crisis en una oportunidad para consolidar un modelo propio, estable y sólido, que proteja a los más vulnerables sin asfixiar la iniciativa privada.

La autonomía debe ser ejercida con responsabilidad, pero también con audacia. La próxima legislatura nacional debe encontrar en Tarija un interlocutor que no pida permiso para desarrollarse, sino que exija el cumplimiento de la Constitución y la Ley de Autonomías. Es imperativo que la política propiamente dicha regrese al centro de la escena, desplazando al cálculo electoralista que tanto daño ha hecho a la institucionalidad.

Ojalá que el electorado tarijeño, consciente de lo que se juega en este cambio de rumbo, apueste por la capacidad de gestión y la defensa de lo nuestro. El futuro de la autonomía no se decidirá solo en La Paz; se decidirá en las ánforas de cada municipio y comunidad, donde se elija a quienes tengan el temple de defender nuestra identidad y nuestro derecho a un futuro digno.


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