Los tiempos del gobierno
Las pugnas de poder ya han hecho aparición mientras se espera un plan estructurado para enfrentar la situación económica
Esta semana se ha cumplido el primer mes de gobierno de Rodrigo Paz en Bolivia. Una efeméride precoz que no da de momento para tener un contexto completo de la dirección y el propósito real que quiere darle, aunque se adivina.
El primer mes se ha ido prácticamente en nombramientos. El ritmo lento ha llamado la atención en diferentes esferas y no parece que sea una buena señal, aunque se entiende: en estos tiempos de hemerotecas digitales, detrás de cada cargo hay una potencial bomba de relojería que hay que escudriñar, más después de 20 años de gobierno del MAS, con quien al final quien más quien menos ha tenido alguna relación.
Lo más notorio ha sido el giro en las relaciones internacionales. Era de manual. Rodrigo Paz tenía que sacudirse cualquier “estigma masista”, con el que se intentó erosionar su campaña en la segunda vuelta, y para ello no había nada más efectivo que una buena pelea vía twitter con Nicolás Maduro que precipitara la expulsión del ALBA. Esto sucedió en paralelo a la entusiasta apertura hacia Estados Unidos, con recepción por todo lo alto de un subsecretario, la reposición de embajadores, la eliminación del pedido de visas y la invitación a Starlink para empezar operaciones en Bolivia, y aunque se habló de la DEA, no se concretó.
Paz nunca prometió un cambio radical ni una revolución; las redes (pero también la crisis) hacen que la gente tenga cada vez menos paciencia.
En el plano diplomático, llegaron los alemanes y recordaron el contrato del litio y Paz quiso darle mucha relevancia al encuentro con Israel, alineándose en ese eje para gozo de Trump y Javier Milei. En cualquier caso, el choque con el Vicepresidente le ha impedido tener una agenda más intensa y salir del país.
El pulso con Lara ha marcado también el carácter del gabinete, construido con tecnócratas cercanos a Samuel Doria Medina; vieja guardia mirista y muchas concesiones al poder agroindustrial y minero, que aparentemente serán claves en la recuperación económica. Lara se ha quedado “sin nada” y Paz le ha mostrado la puerta de salida si no se acomoda, por lo que el vicepresidente parece que ha repensado su estrategia, pero todo puede convertirse en un problema más allá. El mensaje de Lara es claro: lucha frontal a la corrupción.
El otro gran tema de momento “administrado” es el de los dólares. A priori se ha resuelto el asunto del combustible – es pronto para afirmar esto – y el gobierno busca instalar la narrativa del robo masivo del anterior gobierno para justificar cualquier medida impopular, pero la estrategia tiene demasiados huecos y de momento todo se patea hasta después de las subnacionales – y la cosecha de verano -. Las medidas son más simbólicas que efectivas. Paz dijo en campaña que lo que urgía era repatriar los dólares de los exportadores bolivianos. En su discurso de investidura les recordó que no bastaba con ser boliviano, sino que había que estar en Bolivia. La subvención se queda y la exportación se abre mientras los precios siguen subiendo. Es una apuesta de fondo, y de momento solo llevamos un mes.
Paz nunca prometió un cambio radical ni una revolución; las redes (pero también la crisis) hacen que la gente tenga cada vez menos paciencia. Es tiempo de gobernar con sabiduría.


