Depurar la Policía
Las medidas anunciadas por el nuevo Comandante suenan bien, pero siguen dejando la carga de responsabilidad en un ciudadano desprotegido y vulnerable
La Policía Boliviana es, cabeza con cabeza con la Justicia, y a mucha distancia del resto – incluso de las Asambleas Departamentales – la institución peor valorada del país. El asunto es de por sí dramático y abona lo que es una suerte de anarquía social, donde los llamados a proteger al ciudadano se convierten en el ogro del que huir, y la gente no actúa correctamente por la interiorización de la norma o un sentido elevado del civismo, sino en buena medida, por no verse enredado en ninguna historia que implique la presencia de uniformes verdeolivo o togas judiciales.
Es curioso que en esa circunstancia que evidencian todos los sondeos, Bolivia haya elegido como vicepresidente a un expolicía, y no importa que su historia sea particular y que haya alcanzado popularidad precisamente denunciando los hechos que suceden al interior de la institución de la que fue expulsado. La desconfianza es el común denominador.
Desde que fue electo, Lara trata de ser consecuente con las promesas de campaña, que en su caso – pues ha sido honesto al decir que hay temas que desconoce y que para eso están los expertos en los que se deposita la confianza – se reducen a la lucha contra la corrupción. De devaluaciones y tipos de cambio flotantes no sabe cualquiera, pero saber quién está intentando meter la mano en la caja o buscando beneficios personales, sí.
El asunto parece revolucionario, pero es más vergonzante. Instruir a los policías que no coimeen y admitir que hay comisarías con el único objetivo de delinquir
Inicialmente le cayó el Ministerio de Justicia, a los dos días denunció que había presiones para quitárselo y puso nombre y apellido a aquellos que lo rondaban. Para defenderse pidió la cabeza del comandante de la Policía Augusto Russo y cierto acceso y coordinación a la toma de decisiones referidas a la institución. Una semana después el ministro de Gobierno Marco Antonio Oviedo lo dilapidó públicamente sentenciando a “su” ministro de Justicia Freddy Vidovic.
Russo cayó porque tocaba relevo y Lara impidió que alguien de la confianza de Oviedo – mirista de la vieja guardia – asumiera Justicia, pues Paz decidió cerrar el Ministerio en una mañana. No fueron tablas, pero tampoco nadie puede confirmar si el nuevo comandante, Mirko Sokol, fue sugerido y avalado por el propio Lara.
De momento Sokol ha fijado muy claramente las prioridades de su gestión muy en la línea de las promesas de campaña de Paz y Lara: lucha frontal a la corrupción: ha emitido un comunicado “prohibiendo” pedir dinero; ha cerrado las comisarías de tránsito irregulares que no contaban con “aval institucional”, ha instruido que todos los expedientes sancionatorios tendrán un número que se tramitará en ventanilla única y ha incluido a un Inspector de Policía en los operativos de Diprove.
El asunto parece revolucionario, pero es más vergonzante. Instruir a los policías que no coimeen y admitir que hay comisarías con el único objetivo de delinquir, mientras que lo demás se queda exactamente igual: en la soledad de la noche, en un callejón oscuro, cuando la Policía da el alto, no importan las ventanillas únicas sino la voluntad del ciudadano de someterse a la Ley o de buscar atajos. Y puede ser peor.
Hace falta una reforma estructural de la Policía y sin duda, por algo se empieza. Sin embargo, es necesario poner el foco en la actividad del agente más que en la responsabilidad del ciudadano, que siempre es vulnerable y teme enfrentarse al Estado que, con tranca o no, siempre cuesta demasiado.


