La batalla del pan
Que las personas de más bajos recursos paguen el costo de la corrupción de otros no es un mensaje coherente
“Con el pan no se juega” es una de las máximas de la cultura latinoamericana que trasciende la literalidad. El precio del alimento fundamental en la dieta de las personas con menos recursos por su bajo coste, su alto aporte calórico y su versatilidad. Con una pequeña inversión se puede alimentar a muchas personas y este es el asunto clave en un país como el nuestro.
El pan, en sus formas más básicas (harina de trigo, agua, levadura y sal), es uno de los alimentos procesados más baratos de producir y adquirir, y también transportar. Se trata básicamente de un alimento cuasi sagrado que eligió el propio Jesucristo y que reúne a las familias a su alrededor.
El problema en Bolivia es que además se ha administrado demasiado mal: unos departamentos tenían acceso a la harina subvencionada y otros no
Bolivia no es el único país del entorno que lo subvenciona, de hecho lo hace la mayoría directa o indirectamente. Las ayudas a los productores de trigo en Europa es, por ejemplo, mayúscula, y casi toda la política agroproductiva en Rusia y Ucrania se destina a ello.
El problema en Bolivia es que además se ha administrado demasiado mal: unos departamentos tenían acceso a la harina subvencionada y otros no sin dar mayores explicaciones ni argumentos. Sobre esa piedra fundamental de la desigualdad se han dado más o menos procesos de corrupción más o menos institucionalizada, que sobre todo han generado más malestar.
Hay algunas grandes preguntas sin responder, como la bajísima producción de trigo apto para la producción de pan en el país que obliga a la importación. Una situación que se sigue justificando con argumentos de antaño que han quedado obsoletos ante el avance de la biotecnología, que incluso sin entrar en los asuntos transgénicos, han logrado desarrollar semillas que se adecúan a cualquier superficie mínimamente apta para dar rendimientos adecuados.
En estos tiempos donde se reparten maestrías de economía en TikTok, el pensamiento dominante es que todas las subvenciones son malas y que por ende, deben ser eliminadas, dejando que “la mano invisible del mercado” ordene por sí mismos los precios. El último “experimento” en Tarija no salió del todo mal. Hubo amenaza de subir precios por parte de las panificadoras cuando la harina de contrabando – mejor que subvencionada – se disparó de precios como todo en la Argentina. Roto el acuerdo social se habilitaron hornos públicos y se multiplicó el pan casero, aunque sin imputar mano de obra y otros conceptos. Los panificadores acabaron cediendo y volvió el precio del pan a un boliviano (el doble que en La Paz), pero su peso nunca volvió a ser el mismo ni siquiera ahora que ha bajado. En cualquier caso lo de producir pan ad honorem tampoco era sostenible.
La batalla del pan no ha terminado. El Gobierno se mantiene firme en la retirada, las grandes comercializadoras calculan ganancias y los consumidores tienen poca representatividad en el nuevo esquema. Iván Arias y Samuel Doria Medina han abogado por sostener la subvención mientras que el gobierno ha ratificado su retirada, pero bajo un argumento que genera distorsiones: el hecho de que haya habido corrupción no justifica que los consumidores deban cubrir el costo, sino que la medida debería ser el resultado de un análisis de viabilidad, asumiendo las consecuencias.
Es tiempo de valientes.


