La exportación, los precios, los sueldos

La cuestión es un poco el huevo y la gallina: si se libera la exportación y se da garantías de que va a ser así, los empresarios invertirán para abastecer el mercado y tener excedente, pero eso rara vez pasa

La economía no es una ciencia exacta, aunque los nuevos gurús de las redes sociales hayan desarrollado recetas aparentemente infalibles para todos los contextos y en todas las situaciones y por ello refuten su propio origen categórico, lo cierto es que se trata de una ciencia social compleja, en tanto estudia al sujeto más extraño de la tierra, que es el ser humano; no puede hacer experimentos objetivos y sus leyes no son universales, ya que dependen de contextos y múltiples factores.

Por lo general existen muchos dogmas, y ahí es donde instala la política. Hay formas de creer que en determinadas situaciones una medida puede funcionar de tal manera, pero que en realidad sucede lo contrario o al revés. Incluso hay gente incluso bien formada que defiende al mismo tiempo una medida y su contraria.

En Bolivia se suma el hecho de que una gran parte del costo de producción – combustible y energía – viene subvencionado por el Estado

En Bolivia se suelen evidenciar estas contradicciones en los asuntos de los precios particularmente, en la carne y el pollo, pues suele suceder que mientras uno se “solidariza” con los exportadores de carne y piden libertad total, al mismo tiempo se quejan de que el precio de la carne en el mercado interno es muy elevada. No se trata en este editorial de dar lecciones de economía o estimular una posición, sino tal vez, centrar el tiro.

Por lo general se argumenta que la libre exportación de algo, en este caso carne, incentiva la producción y por tanto, la mano invisible del mercado acomoda los precios de forma autónoma. El asunto tiene miga, pues eso no pasaría en ningún caso de un día para otro, pues el producto necesita su ciclo y los ganaderos su tiempo para hacer inversiones. Aquí se suma la necesidad de tener un “marco jurídico estable”, es decir, que no te suban un día los aranceles porque sí y al otro día te los bajen y cosas así.

La cuestión es un poco el huevo y la gallina: si se libera la exportación y se da garantías de que va a ser así, los ganaderos invertirán, pero la realidad indica que eso rara vez pasa. Por ejemplo, cuando la FAO celebró el año Mundial de la Quinua los precios se cuadruplicaron y Perú quintuplicó su producción. En Bolivia se convirtió en otro producto inaccesible.

Por lo general los precios del mercado interno se acomodan al del mercado de exportación, porque… ¿Por qué no lo haría? En una coyuntura mundial donde hay gran voracidad porque muchos países han sacado a muchas personas de la pobreza, no hay producción disponible que no encuentre mercado. Eso no pasa.

En Bolivia se suma el hecho de que una gran parte del costo de producción – combustible y energía – viene subvencionado por el Estado, aunque después se retribuya poco y haga más atractivos los márgenes de ganancia.

Ahora, los precios ya están tensionados al máximo y cualquier medida  probablemente afecte más al margen de ganancia que al bolsillo de los ciudadanos, salvo que se trasladen de forma irracional y con prácticas monopólicas esos márgenes a los bolsillos de los ciudadanos. Ahí ya se estaría hablando de otra cosa.

El problema de que “no alcance”, en realidad, tiene que ver más con los salarios que con los precios, y ese es otro factor complejo en el que se suma la falta de competitividad y de oportunidades en un mercado laboral no solo informal, sino probablemente muy inmoral.


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