El fantasma del dólar en el nuevo gobierno
Más allá de la coyuntura y las narrativas alarmistas, el dólar sigue siendo la principal preocupación en un Estado donde el crédito internacional está difícil y las divisas se quedan en el extranjero
El problema del dólar sigue siendo el central en Bolivia y economistas de todas las tendencias mantienen un pulso severo para tratar de imponer sus recetas. Una receta que finalmente deberá dictar el ministro Gabriel Espinoza, quien en última instancia asumirá las consecuencias si sale mal y no tanto si sale bien, que entonces se lo adjudicará el presidente: hasta hoy se discute quien tuvo mayor influencia en el decreto 21060 que, al final, leyó Víctor Paz Estenssoro.
De momento el Gobierno administra un tiempo que se ha ganado en las ánforas. Nadie puede exigir resultados inmediatos y eso que en algún momento se han puesto la soga al cuello sobre todo con el diésel y la gasolina, que de momento sigue entrando regularmente y que ojalá no se haga problemas para explicar los mecanismos de adquisición. Hablar de corrupción y develar los casos que han sumado un supuesto desfalco de 15.000 millones de dólares seguramente dará aún más margen de acción, pero lo inmediato sigue siendo el dólar.
La situación hoy no es la más crítica de los últimos meses cuando llegó a cambiarse por 18 bolivianos, pero no deja de ser grave. Hay 3.000 millones de dólares en Reservas Internacionales (RIN) y el tipo de cambio paralelo ha bajado cuasi milagrosamente, impulsado entre otras cosas por: la situación internacional – la FED bajó de nuevo los tipos -, por el efecto del cambio del gobierno hacia uno menos beligerante con los mercados, que siempre aflojan, y muy probablemente porque los grandes sectores exportadores han puesto algo de buena voluntad y han repatriado parte de esos 7.000 millones de dólares que el propio Rodrigo Paz Pereira denunció en campaña que estaban fuera del país y que se comprometió a “incentivar su retorno”.
De momento todo parece que fluye por la vía de la negociación y el pacto, los Ministerios se acomodan a estas lógicas y los decretos van tomando forma, pero el problema sigue ahí: el Estado no produce dólares ni lo hará en el corto plazo, pues cualquier estrategia de hidrocarburos o de litio requiere un tiempo de maduración y socialización, y los dólares privados siguen fluyendo hacia el extranjero sin que se reduzca el impacto en las subvenciones al carburante y la energía.
Acudir al préstamo internacional va a exigir sacrificios, desde la aprobación de normas de lucha contra el blanqueo que fueron rechazadas furibundamente hace pocos años por la población y la oposición, hasta probables incrementos de impuestos (el más injusto de ellos, que es el IVA) y alguna devaluación. Todas estas medidas, que en campaña se han “naturalizado” y que se suelen tratar como la solución a todos los problemas no dejan de ser de alto riesgo, pues castigan sobre todo a los más pobres – que no producen dólares ni han tenido formas de salvaguardar sus patrimonios – y que generarán una deuda que se acabará pagando entre todos.
Bolivia votó cambio y eso no se puede negar, ahora toca esperar que los responsables tomen las mejores decisiones para el conjunto de la nación, si es que las peleas por las cuotas y el poder así se lo permiten.


