Hombres que escuchan su tiempo
El Día Mundial del Hombre no debería ser una chacota, sino una oportunidad para revisar críticamente la masculinidad y avanzar hacia nuevos modelos
Cada 19 de noviembre, el mundo observa —con más ironía que convicción— el Día Internacional del Hombre. Lo que nació en 1992 por iniciativa del académico Thomas Oaster para reflexionar sobre la salud masculina y los modelos positivos de masculinidad, se ha convertido con el tiempo en una fecha difusa, a medio camino entre la reivindicación legítima y el meme.
Una de las últimas acciones de la Asamblea legislativa saliente fue precisamente erigir un Día Nacional del Hombre”, pero en lugar de utilizar el día internacional, se le hizo coincidir con el martirio y muerte de Tupac Katarí, el 15 de noviembre, que como fue sábado pasó inadvertido.
El debate de las autoridades fue una sarta de calamidades y chistes, sin ningún tipo de argumento, ni empatía, ni apenas una triste idea sobre en qué consistía el tema. La salida estaba cerca, pero dio cuenta, por enésima vez, del escaso nivel de los parlamentarios en un país con problemas serios de desigualdad estructural y violencia de género.
Pensar el país desde la igualdad implica trabajar también con los hombres: en las escuelas, en los cuarteles, en los sindicatos, en los barrios
El debate internacional propone enfoques interesantes. La Organización Panamericana de la Salud y la OMS han insistido en que es necesario incorporar la salud del varón en las agendas públicas: enfermedades prevenibles, problemas de salud mental, tasas de suicidio más altas, consumos problemáticos, paternidades ausentes o precarias. Pero el desafío no se agota en la dimensión sanitaria. El objetivo de fondo es replantear la masculinidad en clave positiva, responsable y corresponsable con la vida comunitaria.
En Bolivia, esta reflexión es urgente. La violencia machista no disminuye y las estadísticas muestran que los modelos tradicionales de masculinidad generan daño no solo a mujeres y niñas, sino también a los propios hombres. La presión por demostrar fuerza, invulnerabilidad o autoridad deriva en silencios destructivos, incapacidad de pedir ayuda, dificultades para vincularse afectivamente y una reproducción constante de comportamientos violentos. No se trata de “culpar” a los hombres, sino de comprender que muchos de los mandatos que cargan son parte del problema.
Por eso, el lema de 2023 —“modelos masculinos positivos a seguir”— es un buen punto de partida. Necesitamos referentes que rompan con la lógica del dominio y abracen la del cuidado: padres presentes, jóvenes que gestionan sus emociones sin vergüenza, hombres que entienden que la igualdad no es una amenaza, sino una condición para vivir mejor. Tarija y Bolivia tienen ejemplos, pero faltan políticas públicas que los amplifiquen.
El nuevo Gobierno tiene aquí una tarea clave. Pensar el país desde la igualdad implica trabajar también con los hombres: en las escuelas, en los cuarteles, en los sindicatos, en los barrios. Programas de salud mental masculina; campañas para promover paternidades activas; formación en resolución pacífica de conflictos; espacios donde los varones puedan cuestionar sus propios aprendizajes sin miedo al ridículo. La igualdad no avanza solo educando a niñas y mujeres; necesita también que los hombres revisen su rol y sus prácticas.
El Día Internacional del Hombre puede ser un aliado si se lo toma en serio. Si sirve para desarmar prejuicios, desmontar violencias y construir nuevas formas de relación basadas en el respeto. No es competencia del Día de la Mujer ni su versión “equilibrada”: es un complemento necesario para una sociedad que busca convivir sin miedo.
Al final, el reto es simple y profundo: que los hombres escuchen su tiempo y estén a la altura de él. Porque los cambios que Bolivia necesita pasan, inevitablemente, por transformar también la manera de ser hombre.


