El alcoholismo, una enfermedad pendiente

El alcoholismo no distingue edades ni clases. En Bolivia, se disfraza de costumbre, pero deja un rastro de dolor que el país ya no puede seguir ignorando.

Cada 15 de noviembre el mundo conmemora el Día Mundial sin Alcohol, una fecha que invita a mirar de frente una de las adicciones más extendidas y normalizadas en la sociedad contemporánea. En Bolivia, donde la cultura del brindis y la reunión social ocupa un lugar central en la vida cotidiana, esta efeméride debería servir para una reflexión profunda: hemos convertido en costumbre lo que, en muchos casos, es un camino directo hacia el deterioro físico, mental y familiar.

El alcoholismo no es un vicio ni una debilidad moral. Es una enfermedad reconocida por la Organización Mundial de la Salud, responsable de más de tres millones de muertes cada año en el planeta, y vinculada a más de 200 trastornos y patologías. En Bolivia, aunque los datos oficiales son escasos y desactualizados, basta observar el impacto del alcohol en los hospitales, en los hogares, en las calles y en las estadísticas de violencia para comprender la magnitud del problema.

El alcoholismo no se combate con sermones, sino con políticas públicas, educación y empatía. Reconocerlo como enfermedad es el primer paso para sanar como sociedad.

El consumo excesivo de alcohol afecta a todas las clases sociales y edades, pero tiene un rostro especialmente preocupante entre los jóvenes. No son pocos los que asocian diversión con embriaguez, o integración con el consumo desmedido. La presión social, la falta de espacios recreativos saludables y la ausencia de educación temprana sobre los riesgos del alcohol refuerzan una espiral peligrosa. A menudo, el entorno familiar no solo tolera el consumo, sino que lo incentiva, repitiendo patrones culturales que ya no deberían tener cabida en una sociedad que aspira a ser moderna y saludable.

El Estado boliviano carece de una política pública integral para la prevención y el tratamiento del alcoholismo. Existen campañas esporádicas y mensajes bienintencionados, pero no un enfoque sostenido que combine educación, atención médica especializada y rehabilitación accesible. En la práctica, se trata como un tema moral o policial, cuando en realidad es un desafío sanitario y social de primera magnitud.

Combatir el alcoholismo exige el mismo compromiso que se pone en la lucha contra otras epidemias: programas en escuelas, atención gratuita a las personas con adicción, campañas sostenidas en medios, control real de la venta a menores, y apoyo psicológico y comunitario a las familias. También requiere de responsabilidad individual y colectiva: no mirar para otro lado, no reír las borracheras ajenas, no justificar la violencia ni la irresponsabilidad bajo la excusa del “estaba tomado”.

Bolivia debe dar un paso más allá de la tolerancia social que ha hecho del alcohol una práctica permitida, incluso celebrada. No se trata de prohibir, sino de transformar la mirada: entender que el consumo abusivo no es parte del carácter nacional, sino una herida social que debemos cerrar con educación, empatía y atención médica.

El Día Mundial sin Alcohol no es un llamado moralista, sino una invitación a salvar vidas. Reconocer el alcoholismo como una enfermedad es el primer paso para curarla; negarlo, el camino más corto hacia su perpetuación.


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