Paz y los derechos humanos
El manejo acrítico de las relaciones internacionales puede acabar llevando al país a un callejón sin salida (y sin alternativas)
Por lo general, los países occidentales – entre los que se inscribe Bolivia – siempre han priorizado el respeto a los Derechos Humanos – ni siquiera a la democracia - como piedra angular para construir sus relaciones internacionales. Se trataba esencialmente de un mecanismo político que permite entablar relaciones con dictaduras “blandas” o “duras” según quien las juzgue, siempre y cuando se atenga a la mínima exigencia de respeto a los derechos humanos esenciales. Se trataba, esencialmente, de justificar dictaduras buenas y malas.
El mundo de la diplomacia permite, precisamente, sostener ese tipo de relaciones, a veces desiguales y dependientes, a veces obscenas, con cierta dignidad. Si hay dictaduras que pasan por momentos de relativa calma se “fortalecen lazos” y se dice que se contribuye al bienestar de los pueblos, y si alguna vez se pasan de la raya, se hacen comunicados y jaladas de orejas, aunque los negocios sigan fluyendo.
El problema en estos últimos años es que son los países centrales, algunos muy centrales como Estados Unidos e Israel, los que vienen mostrando un desprecio absoluto por los consensos en esa materia, y precisamente por la desigualdad aceptada en las relaciones bilaterales, los países periféricos miran para otro lado aunque a sus pueblos se les corrompa el alma.
La masacre en Gaza, los bombardeos en el Caribe o la expulsión de migrantes en EEUU sin garantías son asuntos a abordar
El gobierno de Rodrigo Paz Pereira ha decidido relativizar los conflictos éticos sobre los derechos humanos en función de intereses pragmáticos. No ha tardado ni dos días en prometer el restablecimiento de relaciones con Israel, cuando todavía se desprende el calor de los cuerpos apilados en Gaza tras una acción de dos años condenada por el grueso de países de Naciones Unidas – salvo Israel, Argentina y Estados Unidos -. Igualmente se está esforzando en la recomposición de relaciones con Estados Unidos cuando la política interna declarada es expulsar migrantes latinos sin contemplaciones, y mientras se siguen bombardeando embarcaciones en el mar Caribe acusadas de narcotráfico, con toda su carga y sus tripulantes a bordo sin ninguna posibilidad de juicio justo y cuando, obviamente, son personas muy lejos de ser los verdaderos capos del narco continental. De nada de esto se ha hablado aún.
El presidente Rodrigo Paz es en última instancia el encargado de definir la política exterior del país que, posteriormente, ejecuta su Canciller. Por necesidades internas y externas, Paz no dudó en alinearse rápidamente con el eje Washington – Buenos Aires de la forma más visible posible. La sucesión de visitas a Estados Unidos incluso en campaña y en el periodo de transición, que harían sonrojar a cualquier nación soberana, se leyó entre los círculos de poder boliviano como una prueba de algodón: Rodrigo Paz despejaba todas las dudas sobre una posible alianza secreta con el masismo.
La cereza de la torta fue la reunión con el director general del Ministerio de Relaciones Exteriores israelí, Eden Bar Tal, a quien se le prometió el restablecimiento de relaciones diplomáticas.
Más allá de la operación estética, los resultados son escasos. Los 3.100 millones de dólares anunciados son recursos de la CAF, antes Corporación Andina de Fomento y ahora Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe con sede en Panamá y donde Estados Unidos no tiene acciones ni poder de decisión.
Las reuniones con el BID, con el FMI y sobre todo, la fotografía con el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, dejan clara cuál es la línea y provocar una pelea con Nicolás Maduro le permite sumar ciertos respaldos, pero hasta ahí.
La llegada del subsecretario Cristopher Landau al acto de posesión del fin de semana fue tratada como evento de alto rango. El hoy canciller acudió a su recepción sin haber sido aun posesionado, se anunció la inmediata exención de visas para ciudadanos estadounidenses que lleguen a Bolivia – sin reciprocidad, obviamente -, se anunció la licencia para la empresa privada de satélites de internet Starlink y, prácticamente, la inmediata llegada de la DEA al país. A cambio se recibieron algunas medicinas.
En un tiempo geopolítico inestable, las alineaciones espontáneas y desaforadas no parecen ser lo más recomendable, y aunque los otros jugadores del tablero internacional como China y Rusia no han hecho verdaderamente nada por conservar su influencia en Bolivia con un gobierno “enemigo” de Estados Unidos, la posibilidad de que estas gestiones se conviertan en resultados inmediatos son escasas: el retorno al CIADI y las normativas del grupo GAFI contra el blanqueo de capitales siguen esperando.
Lo importante, si es que los asuntos morales y la consecuencia no son suficientes, sería no quedar atrapado en una incongruencia, además a cambio de nada.
Es urgente que Paz Pereira y sus colaboradores internacionalistas bajen de la nube de la transición y empiecen a ordenar el discurso público desde su lugar, sin someterse a presiones y sin buscar titulares. Es posible que seamos demasiado pequeños para organizar nuestro tren, pero también lo somos para subirnos a cualquier vagón solo porque pasaba por ahí.
Bolivia, Bolivia, Bolivia, Bolivia, Bolivia, Bolivia, siempre Bolivia.


